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Por Azufre_Antimonio - 16 de Marzo, 2009, 22:21, Categoría: Departamento de información

Desde hace unas semanas todo lo que me rodea huele a muerte, a suciedad y a grasa putrefacta. Y no es sólo la isla en general la que contamina el ambiente con su olor, sino que ya se ha alojado en nuestra piel, en nuestro pelo y en nuestra ropa. La peste, tan nauseabunda se mete por la nariz hasta las entrañas y parece calar incluso en los huesos.

Por suerte, ya hace días que no vomito ni lo necesito. El ser humano es capaz de adaptarse hasta a los cambios más bruscos. En mi caso, ya ha desactivado el sentido del olfato.

Ya no me queda nada más que una grabadora que conseguí rescatar de una de las múltiples tiendas antes de que se incinerara y un montón de cintas de audio vírgenes dispuestas a ser llenadas con historias, para contarle al mundo lo que han vivido muchos de los supervivientes de mi campamento y que, como a mí, no les queda nada de lo que antes había abundado en su vida.

Aunque lo intentemos, no creo que nada vuelva a la normalidad. Aquí intentamos pasar los días como si fuera simplemente un campamento de verano, intentando seguir con la vida diaria, dudo que lo consigamos. Por mucho que nos esforcemos, no debemos olvidar que ellos son muchos más.

No sabemos nada del mundo exterior, no sabemos qué diablos ha pasado desde hace semanas… y dudo que lleguemos a saber algo de lo que ocurra fuera de las Cañadas.

Giro la cabeza y me fijo en la entrada de la tienda. Desde ahí consigo observar como un grupo de niños pasa corriendo ruidosamente enfrente de ésta. Hace días que no oigo una risa. Todo es tan… deprimente.

Tengo una entrevista concertada con el único medico que ha aceptado concedérmela: los altos cargos están demasiado ocupados para pensar en el tee se va apoderando de la población civil. Llevamos mucho tiempo sin tener comunicados de ningún tipo, si exceptuamos los que nos dan todas las mañanas sobre las horas de comida y las actividades organizadas para ese die nos informa de lo que ha pasado exactamente. Todos tenemos miedo, estamos aterrados. Aunque a ninguno de nosotros nos guste admitirlo, estamos hechos polvo: los asmáticos apenas pueden sobrevivir en este sitio tan frio y tan lleno de arena silbante que con sólo pestañear te puedes morir de dolor. Los psicólogos que quedan no dan abasto con los casos más graves, pero aún así siguen trabajando.

Es mi deber, por tanto, informar a la población de lo ocurrido. Necesito dejar constancia de todo, aunque el departamento de información que ha sido organizado con periodistas que han logrado sobrevivir no quieran que lo haga. ¿Acaso tener una titulación es algo tan indispensable como me quieren hacer creer?

En este campamento todas las personas están divididas de forma casi obsesiva en departamentos: sanidad, construcción, alimentación… gente como yo tan sólo es considerada un estorbo para la sociedad

Hemos vuelto a la edad de piedra y parece que nos hemos olvidado de cómo vivíamos en la época en la que ni la televisión ni el ordenador entraban por un cable en nuestra casa.

Lentamente, me bajo de la litera que me asignaron en el campamento, y la estructura de metal chasca con cualquier movimiento que hago. No me quejo, porque sé que muchas de las camas están peor que la mía. A caballo regalado no le mires el dentado, dicen, así que me limito a mirarme a un trozo de espejo que tengo, intentando adecentarme un poco para mi cita con el médico.

Odio no tener maquillaje para arreglarme un poco, pero el pensar que ninguna mujer más lo tiene me hace sentirme un poco mejor. Ya se sabe: mal de muchos, consuelo de tontos.

                        

Salgo de la caseta y me dirijo en dirección al Parador. El sol, aunque pega directamente, apenas puede calentar mi cuerpo. Me encojo debajo de una chaqueta varias tallas mayor de la que necesito, regalo del bondadoso ejército. ¡Qué irónico todo!

En el hotel se ha instalado todo lo referente con la sanidad: desde el pequeño hospital hasta el centro de investigación médica.  No se puede llegar  hasta allí sin un certificado del general, cosa que yo no tengo.

Me paro cerca del cordón policial que rodea las instalaciones, esperando a  un médico mientras rezo para que  no se haya olvidado de mí.

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