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Por Tachikoma - 16 de Marzo, 2009, 22:44, Categoría: Departamento de sanidad

Hoy ha sido un día duro. Los ha habido mucho peores, desde luego, pero el de hoy ha sido horrible. Este clima no es el ideal para los enfermos, y eso está pasando factura. Hoy han muerto dos señoras mayores, una por problemas respiratorios y otra por una infección generalizada de causa aún no determinada. Lo bueno es que ya no tendremos que escuchar los insistentes lamentos de esta última resonando por los pasillos del improvisado hospital.  Sí, puede sonar cruel, pero lo cierto es que estaba empezando a afectar enormemente a los ánimos del personal. Luego están las seis horas diarias de charlas teóricas a las que nos someten a los estudiantes en uno de los salones del Parador. Nunca se me ha dado bien atender en clase, pero saber que estás viviendo el maldito fin del mundo, cuanto menos, distrae. Nos dicen que ahora somos más imprescindibles que nunca, que somos la primera línea de defensa contra la extinción de la humanidad, pero lo que veo en mis largas horas de guardia es que con todos nuestros antibióticos y nuestros cuidados intensivos no estamos haciendo nada más que prolongar la agonía a la que estamos sometidos. Y si no, que se lo pregunten a las dos señoras de esta mañana. Sí, están muertas, pero eso hoy en día ya no supone un obstáculo tan grande, ¿verdad?

Tras intercambiar las quejas de costumbre me despido de mis compañeros y me dirijo a la entrada del Parador, donde me han pedido que me encuentre con alguien que quiere hacerme unas preguntas. Malditas las ganas que tengo ahora mismo de atender a nadie. A saber qué quiere. Espero que sea rápido.

Al salir al exterior, vuelvo a notar el intenso frío del que estaba protegido gracias a la calefacción del edificio (alguna ventaja tenía que tener, somos los únicos a los que nos permiten gastar combustible en calefacción, por el bien de los enfermos). El sol se está poniendo, dando al cielo ese colorido tan especial que uno no puede apreciar bien desde la ciudad. Es una hora del día bastante melancólica, en la que hemos perdido el sol pero aún no podemos ver las estrellas. Por algo será que es la hora del día en la que mayor es el índice de suicidios entre los supervivientes. Busco con la mirada y ahí encuentro a mi entrevistador, envuelto en un abrigo militar que parece hecho para alguien dos o tres veces más grande. Al acercarme, veo que se trata de una chica bastante joven. Y bastante mona, también. Quizás no me venga mal pasar un ratito hablando con ella, en estos días en los que uno no ve nada más que cosas desagradables a donde quiera que mire.

-Hola, ¿eres el médico con el que iba a hablar?

-Bueno, sí. Estudiante, no soy médico aún –respondo, mientras me acerco a darle los dos besos de saludo –Me llamo Alejandro.

-Encantada de conocerte. Yo soy Tara.

-¿Tara? ¿Eso qué es, guanche?

-No -responde medio molesta –es el nombre de la diosa de la Tierra según mitos paganos. Y desde luego, suena mejor que "Josefina Cabeza de Vaca"

-¿Te llamas Josefina Cabeza de Vaca?

-Eso pone en mi DNI –responde riéndose.

-Vale, Tara suena bien. Vamos a sentarnos por ahí, ¿vale? Estoy molido. ¿Qué querías preguntarme?

-Estoy intentando recoger las historias de los supervivientes. Ya sabes, dónde estaban cuando todo empezó, que hicieron… todo eso. Pondré la grabadora, si no te molesta, para transcribirlo más tarde.

-No habrá ningún problema, claro. ¿Llevas mucho recopilando historias? – ella niega con la cabeza mientras nos sentamos en el suelo. No es el sitio más cómodo pero sí el que más cerca tenemos.

-No, la tuya es la primera. Necesitaba un comienzo interesante, ya sabes, para demostrarle a la gente que no ando con demasiadas chorradas.

-Bien, pues empiezo.  ¿Está grabando ya? Vale.  


  

"No a todos nos cogió por sorpresa. Algunos sabíamos que ese día llegaría. No sabíamos cuándo, ni siquiera si estaríamos allí para verlo, pero algo en nuestro interior nos decía que acabaría pasando. Pero eso no quiere decir que estuviéramos preparados. Por muchas películas que uno vea, por muchos libros que te leas, no puedes estar preparado para algo así.

        Mi historia, como la de casi todos, empieza ese martes por la mañana. La noche anterior había dormido fatal. ¿Sabías que todo el mundo durmió fatal aquella noche? No sé si sería el calor o algo más, pero nadie pudo conciliar el sueño tranquilamente. A la mañana del martes, nada más salir a la calle se veía que no iba a ser un día normal. Una intensa calima teñía el cielo de un color anaranjado. El polvo en suspensión se te metía por todas partes, dejándote toda la garganta seca y dolorida. Recuerdo coger el autobús hacia el hospital universitario, donde hacía mis prácticas de segundo ciclo de medicina desde las ocho de la mañana. Nada más llegar me llamó la atención la gran cantidad de ambulancias y coches de la policía que había a la entrada. No era la primera vez que lo veía, pero esas cosas siempre te dejan pensando en qué habrá ocurrido.

        El cambio de guardia de aquella mañana fue bastante peculiar. Todos los médicos que estuvieron de guardia por la noche contaban casos de pacientes histéricos y violentos, y más de uno venía con alguna venda, refiriendo haber sido mordidos por gente que hasta hacía unas horas estaban en cama y sin fuerzas para ponerse en pie. Por más que lo discutieron, ni los médicos más viejos y experimentados pudieron dar una explicación convincente a un fenómeno que muchos tildaron de "curioso".  Por supuesto, a estas alturas mi imaginación estaba rebosando de historias de zombis y muertos vivientes arrancando ferozmente las ristras de chorizo que hacían las veces de tripas en muchas de las películas que yo solía ver. Ya estaba pensando en las caras que pondrían mis amigos al hablarles del tremendo brote de pacientes zombis en el hospital, cuando vi al primero.

Era un varón de 52 años, con sida, al que habían operado de hace una semana de cáncer de colon izquierdo (lo sabía porque yo había estado en la operación). La operación no había resuelto gran cosa, y el pobre hombre estaba en las últimas. En tan solo una semana había perdido una cantidad brutal de masa corporal, y la última vez que le vi parecía apenas un esqueleto recubierto de piel, postrado en su camilla y enchufado a los goteros. Mi sorpresa fue mayúscula cuando esa mañana, al ir a la planta le vi salir de su habitación, deslizando torpemente los pies por el suelo, medio desnudo (las batas para pacientes sólo tapan por delante) y arrastrando su gotero, aún conectado a las vías que le habían cogido. Recuerdo que mi corazón se aceleró mientras pensaba algo así como "¡tío, es igual que un zombi!". La escena dejó de resultarme graciosa cuando una de las enfermeras fue corriendo a sujetarle para devolverle a su habitación y el paciente se le tiró encima y le arrancó media cara de un sólo mordisco. Las demás enfermeras empezaron a gritar histéricamente, y tras una pausa en la que me quedé abobado viendo cómo aquél tipo tan débil y delgado masticaba el trozo de piel y carne que acababa de arrancar, me lancé sobre él y apreté lo más fuerte que pude su cuello con mis manos, procurando dejarlo inmóvil de cara al suelo con mi rodilla sobre su espalda. Desde luego, su debilidad era sólo aparente, el tío empezó a revolverse y a lanzar dentelladas para intentar cogerme, pero afortunadamente los de seguridad aparecieron a tiempo y se encargaron de él. El subidón de adrenalina hace que recuerde vagamente lo que pasó a continuación, pero sé que dejaron al tipo atado y amordazado en su camilla y se llevaron corriendo a la enfermera a los quirófanos para tratar la horrible herida que le había quedado en media cara. Recuerdo haberme fijado, mientras jadeaba por el esfuerzo y la tensión, en que podía ver unas cuantas de sus muelas a través del agujero en la mejilla. También recuerdo ver a uno de los guardias de seguridad sujetándose la mano con un pañuelo lleno de sangre.

Mientras estaba ahí, en medio del pasillo, pisando el charco de sangre y observando todo lo que ocurría a mi alrededor con cara de tonto, me embargó una enorme sensación de urgencia. Todo me parecía tan irreal...pero sabía lo que estaba ocurriendo. Estaba dispuesto a creérmelo. Y sabía lo que tenía que hacer. Bajé corriendo las escaleras hasta llegar a la primera planta, donde estaba la salida. Por el camino puede escuchar varios gritos, pero no me detuve a ver qué pasaba. Al pasar por delante de la cafetería vi un grupito de policías salir corriendo y dirigirse hacia el interior del hospital, arma en mano. Fuera, en la calle, había un montón de gente con expresión preocupada, intentando llamar por teléfono, preguntando, gritando. Muchos se abalanzaron sobre mí a acosarme con preguntas, supongo que al ver mi bata. Procuré tranquilizarlos y decirles que no entraran en el hospital, que se quedaran fuera y esperaran a que la situación estuviera controlada. Pero no podía decirles lo que estaba pasando. Podía intentar hacérselo a entender a una persona, a dos, pero no a una masa de gente nerviosa y asustada.

Ya estaba corriendo hacia la parada del autobús para huir hacia  mi casa y cerrar puertas y ventanas cuando me dio por pensar en lo que había ocurrido. Si de verdad había llegado el día en el que los muertos vivientes se alzaran y reclamasen la tierra, todo el mundo en ese hospital iba a morir.  Yo no podía hacer nada por impedirlo, no podía ayudarlos a todos.  Pero había alguien ahí dentro a quien tenía que salvar."


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