Photobucket

El Blog

Calendario

     Marzo 2009  >>
LMMiJVSD
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31      

Sindicación

Alojado en
ZoomBlog

3

Por Tachikoma - 24 de Marzo, 2009, 0:24, Categoría: Departamento de sanidad

     

      Hace ya un buen rato que el sol se ha puesto, dejándonos sumidos en una oscuridad casi total solo rota por el tenue brillo que nos llega desde las hogueras del campamento. Hago una pausa en mi relato para beber agua de una botella que me ofrece mi entrevistadora mientras aprovecho para ordenar mis ideas. Tara mira hacia el infinito, con aire pensativo, y al rato su voz corta el silencio.

-Entonces, ¿los médicos no sabían nada? ¿No hubo avisos de epidemias en Asia, ni nada por el estilo?

-Nada de nada –respondo- El cine moderno nos ha metido en la cabeza que algo así sólo puede ocurrir por culpa de virus descontrolados y esas cosas, pero la realidad ha resultado ser bien distinta. Ocurrió de la noche a la mañana, y en todo el mundo al mismo tiempo. A día de hoy seguimos sin tener una explicación: no hay  ningún virus, radiación cósmica o lo que sea. Como ya sabes, ni siquiera se trata de una enfermedad contagiosa, cualquier cadáver se reanima haya sido mordido o no. Es como si simplemente hubiera dejado de haber sitio en el infierno.

-Bonita forma de describirlo.

-Lo he sacado de una peli.

               En ese momento, algo capta nuestra atención. Un vehículo del ejército llega por la carretera y se detiene justo en la entrada del Parador. Dos hombres bajan y entran en el edificio, para salir al poco tiempo cargando un par de sacos que meten en el maletero del vehículo. En menos de un minuto han vuelto a desaparecer.

-¿Qué fue eso?-pregunta Tara, intrigada

-Eran residuos del hospital. Cada día se genera un montón de basura potencialmente peligrosa para la salud del campamento, así que se la llevan a un lugar bien alejado para quemarlo todo.

-Ah -responde, no muy convencida -Es que... me pareció que uno de los sacos se movía, o algo.

Mi pulso se acelera, y espero que mi voz suene natural al responder.

-Pues yo los vi bastante quietos los dos.

-No sé, me ha dado esa sensación, pero está demasiado oscuro. Da igual.

               Tras un breve silencio en el que Tara se queda mirando fijamente hacia las ventanas del Parador, me quejo del frío que hace y propongo caminar un rato para entrar en calor. Ella está de acuerdo, así que nos levantamos y saco de un bolsillo de mi chaqueta una pequeña linterna. A la chica parece hacerle gracia ver cómo le doy vueltas a la manivela que hace que mi linterna pueda funcionar sin pilas. Cuando creo que ya está lo suficientemente cargada la enciendo y comenzamos a caminar, procurando no tropezar en el pedregoso terreno.

-Entonces, ¿volviste a entrar en el hospital?-pregunta Tara, tras poner en marcha la grabadora

-Sí. En aquel momento no pude evitar tener la sensación de que estaba a punto de cometer un tremendo error, pero no podía evitarlo: había hecho una promesa y ahora me sentía obligado a cumplirla.


               "Hay ciertos detalles que uno tiene que tener en cuenta antes de meterse de cabeza en un edificio lleno de muertos vivientes. Lo más importante es que hay que llamar la atención lo menos posible. En cuanto una de esas cosas te ve y comienza a gemir  atrae a todas las que se encuentren cerca, y a pesar de lo que digan algunos bravucones, es casi imposible enfrentarte a más de uno al mismo tiempo sin llevarte algún mordisco. Lo segundo es que tienes que evitar que te agarren; una vez hacen presa  no hay forma de quitártelos de encima. Por eso es tan importante no llevar el pelo muy largo ni ropa demasiado suelta. Otra cosa importante es llevar encima algún objeto lo suficientemente contundente o afilado como para machacarles los sesos. Las armas de fuego son menos útiles de lo que parece, entre el ruido que hacen y lo poco que dura la munición al final siempre te acaban dejando tirado en medio de una situación muy delicada.

               Con todo esto en mente, lo primero que hice fue quitarme la bata y dejarla por ahí. Luego examiné el entorno en busca de algo que pudiera usar como arma. En la recepción del hospital había muchos ancianos con muletas y bastones que podrían haberme venido de maravilla, pero no creo que hubieran estado dispuestos a dármelos voluntariamente. ¿Te imaginas? <<Disculpe señor, ¿me podría dejar su bastón? Es que tengo que cargarme un par de zombis>>. También pensé que en la cocina restaurante podría conseguir algún cuchillo, pero rápidamente deseché la idea por la misma razón. Cuando ya empezaba a perder los nervios, reparé en que la pared en la que estaba colgado el desfibrilador portátil estaba acordonada, y que el cordón estaba sujeto por unas barras metálicas con una peana en la base. Sin pensarlo más, desaté la cinta y levanté uno de los soportes y lo sopesé. Era demasiado pesado como para ser un arma cómoda, pero serviría hasta que pudiera encontrar algo mejor.

               Creo que la imagen de un estudiante de medicina blandiendo una barra de metal antes de volver a entrar en el hospital debió de tener un efecto poco tranquilizador en la multitud que se agolpaba en la entrada, pues el jaleo se volvió más intenso. <<No les queda nada>>, pensé en aquel momento, intentando escudarme psicológicamente ante la crueldad del destino que les esperaba en caso de que la situación no se controlara rápidamente.

               Armándome de valor, finalmente me decidí a internarme en aquél laberinto de pasillos y escaleras en el que tan fácil era perderse en cualquier momento. Mientras subía hacia la sexta planta, el eco de varios disparos resonó por todo el hospital, rápidamente seguido del escándalo de la alarma de incendios. Un tropel de médicos y enfermeras comenzó a bajar en estampida, obligándome a apartarme antes de que me arrollaran. Parecía que aquella marea de gente no iba a terminar nunca, y por más que me fijara, la persona a la que yo estaba buscando no se encontraba entre la multitud. ¿La habrían cogido? En aquél momento, recé para que se hubiera puesto enferma y no hubiera venido ese día. No me sentía capaz de hacer lo correcto si la encontraba sujetándose la herida de un mordisco.

               Cuando por fin cesó el flujo de gente, seguí subiendo. Casi me caigo escaleras abajo al resbalar con algo que resultó ser un reguero de sangre dejado atrás por alguno de los que huían. Ese detalle me puso muy nervioso, significaba que el camino de vuelta podría ser más peligroso que el de ida. Aun así, seguí subiendo hasta llegar a la planta sexta, ya jadeando por el esfuerzo. Me extrañó mucho no encontrar ninguna de esas cosas siguiendo el rastro de la estampida de gente, pero muy pronto, una serie de golpes resolvió el misterio. Al doblar la esquina y entrar en el pasillo en el que se encontraban todas las habitaciones de los ingresados, vi a tres pacientes machacar la puerta de una de las habitaciones. Las tres eran mujeres muy ancianas, una de ellas extremadamente delgada y casi sin pelo ni dientes, las otras dos bastante obesas. Aporreaban la puerta distraídamente, como si no tuvieran ganas o fuerzas, pero tan obsesionadas con llegar al otro lado que ni siquiera repararon en mi presencia hasta que no les grité.

               Inmediatamente, las tres se giraron y comenzaron a avanzar hacia mí, con los brazos extendidos y emitiendo unos asquerosos gemidos guturales mientras boqueaban como peces fuera del agua. Mientras caminaban, pude fijarme en que sus batas tenían varios agujeros en la zona del pecho. Al parecer, los disparos provenían de quienquiera que estuviera al otro lado de la puerta, probablemente los dos guardias civiles que había visto subir antes. Parece que no se les había ocurrido probar a disparar directo a la cabeza, y habían decidido encerrarse en la habitación a la espera de refuerzos. Puede que hubiera alguien más con ellos dentro, tenía que comprobarlo.

               La mujer huesuda fue la primera en alcanzarme, pues iba considerablemente más rápido que las demás al tener que arrastrar menos peso. Alcé la barra por encima de mi cabeza y le golpeé con todas mis fuerzas con la parte de la peana. El fuerte chasquido que sonó me hizo pensar que había conseguido partir el cráneo, y efectivamente, la señora cayó desplomada. Sólo por si acaso, y llevado por el frenesí asesino en el que me había sumido la adrenalina, seguí golpeándola en el suelo hasta que su cabeza no era más que una especie de pulpa rojiza con trozos de hueso desperdigados por el suelo. El hecho de que no sangrara me alivió considerablemente, pues hasta el momento aún albergaba la duda de si eran de verdad lo que yo creía que eran o estaba equivocado. Sin ningún lugar a dudas, esa gente estaba total y completamente muerta.

               Aún estaba con la mirada perdida en los restos de mi primera víctima cuando las otras dos me alcanzaron. Venían las dos muy juntas, así que no podía deshacerme de ellas de una en una. Intenté levantar la barra de nuevo, pero los brazos me fallaron. En lugar de atacar, comencé a retroceder hasta llegar a la sala de espera, donde tendría el suficiente espacio como para evitarlas y correr de nuevo hacia el pasillo. Al llegar a la puerta, grité a los de dentro que me dejaran pasar. No recibí respuesta alguna, y las dos señoras comenzaban a acercarse peligrosamente de nuevo. Intenté girar el picaporte y para mi sorpresa, la puerta se abrió. Al ver a aquellas tres machacar la puerta de esa manera me había dado por pensar que estaba trancada desde dentro, pero no. Afortunadamente, estos no eran de los que sabían manipular objetos.

               Nada más entrar, uno de los guardias civiles salió corriendo a recibirme, pistola en mano. <<¡Entra ya de una vez, joder!>>. No hacía falta que me lo dijera dos veces. Cerré la puerta detrás de mí y dejé la barra metálica en el suelo mientras recuperaba el aliento. Detrás de mí, comenzaron de nuevo los insistentes golpes.  Una vez me tranquilicé, inspeccioné la habitación. Delante de mí el policía se guardaba la pistola de nuevo en la cartuchera. En una de las camillas estaba tumbado su compañero, gravemente herido a juzgar por el enorme charco de sangre que le rodeaba. En la otra camilla había sentadas dos personas con bata. Una de ellas era el Doctor Reinier, que se sujetaba una mano envuelta en unos paños ensangrentados. La otra era ella, Victoria, a quien yo había venido a sacar de este infierno. Me siguió mirando unos segundos con expresión incrédula antes de levantarse corriendo a abrazarme. <<No me lo puedo creer>> me decía, en un tono de voz que reflejaba la angustia que estaba pasando. << Está pasando de verdad, ¿no? ¿Cómo podías saberlo? Dios mío, ¡sácame de aquí!>>

               Su cara estaba más pálida que de costumbre. El miedo que emanaba de su mirada me hizo sentir culpable de haberla hecho escuchar durante todos estos años mis locuras acerca de cómo la humanidad iba a ser devorada por los muertos vivientes. Por supuesto, todo eran bromas, pero a ver cómo se lo explicaba yo ahora. A ver con qué cara le decía que todo iba a salir bien y que no era para tanto. Lo único que me quedaba era recordarle que ella me había hecho prometerle, quizás en broma también, que la salvaría si algún día nos atacaban  los zombis. Ahora, por mi honor, pensaba cumplir mi promesa. Y si no, haber tenido la boca cerrada".


Permalink :: 32 Comentarios :: Comentar | Referencias (0)

Blog alojado en ZoomBlog.com