Photobucket

El Blog

Calendario

     Marzo 2009  >>
LMMiJVSD
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31      

Sindicación

Alojado en
ZoomBlog

4

Por Tachikoma - 29 de Marzo, 2009, 23:01, Categoría: Departamento de sanidad

      Un cegador destello interrumpe mi relato. Intento cubrirme los ojos con las manos, dolorido y sobresaltado, mientras oigo unas voces delante de mí.

-¡Eh, los de ahí!-gritan -¡Deténganse ahora mismo! ¡Las manos en alto!

        Aunque de mala gana, procuro obedecer con la mayor diligencia. Las patrullas nocturnas del ejército tienen órdenes de ser especialmente precavidas, todo por el bien del campamento. Pequeños incidentes como este son el precio de vivir en el único lugar seguro de toda la maldita isla, y quién sabe si del mundo.

-Hablad –dice uno de los soldados al acercarse, apuntándonos con su rifle –Decid algo ya, joder

-¡Cerebro! –gimo yo, imitando a los clásicos zombis de ciertas películas.

-¿Alejandro? –Dice el soldado mientras baja apresuradamente el arma –tío, no tiene ni puñetera gracia.

        Ya recuperado del deslumbramiento de las linternas, consigo ver a los componentes de la patrulla. Son dos tipos con los que me llevo bastante bien, Carlos y Simón. No es que sean los típicos militares prepotentes e idiotas de las películas de los americanos, pero cuando tienen que ponerse serios, lo hacen. Cuando están fuera de servicio, en cambio, son la gente más simpática y agradable que hay. Se los presento a Tara, quien se mantiene en un discreto silencio, no sé si porque está molesta con la interrupción o por pura timidez.

-¿Qué tal vais? -les pregunto.

-Bien, bien –responde Carlos, el que me había estado apuntando.- Mira, no os alejéis mucho del campamento a estas horas, ¿vale?

-Al menos no esta noche –añade Simón, en un tono nada tranquilizador.

-¿Qué pasa esta noche? –asalta rápidamente Tara.

-Que estamos nosotros de guardia.

-Sí tío –dice Carlos –No nos hagáis currar más de la cuenta.

        Tras un breve silencio en el que nadie parece tener nada más que decir, nos despedimos para seguir cada uno nuestro camino. Antes de separarnos, Simón me da un codazo al pasar por mi lado, mientras susurra por lo bajo algo así como "que te aproveche". Creo que ha malinterpretado totalmente el hecho de haberme encontrado con una chica a estas horas de la noche y tan lejos del campamento. Cuando ya se han alejado lo suficiente, Tara intenta reiniciar la conversación.

-¿Amigos tuyos?

-Sí.

-¿Qué te dijo el tipo aquél?

-Nada importante.

        Seguimos caminando un minuto más, en silencio. De pronto me detengo y miro al cielo. La luna está a punto de esconderse tras el horizonte. Dejo que el aire frío llene mis pulmones lentamente y tras soltarlo decido sentarme en el suelo. Tara hace lo mismo.

-¿Te has fijado en el cielo a estas horas? –le pregunto

-Sí –me responde, mientras bosteza -¿por qué lo dices?

-Me refiero a justo este momento, cuando desaparece la luna tras las montañas.

-En realidad no suelo quedarme despierta hasta tan tarde

-Pues mira

        Me echo hacia detrás, tumbándome en el áspero suelo, y ella me imita. Mientras esperamos intento fijarme disimuladamente en la chica. Está muy oscuro y la abundante ropa de abrigo que lleva me impide apreciar bien su figura, pero parece que está bastante bien. Cuando gira su cabeza vuelvo a alzar la mirada rápidamente hacia el cielo, con el pulso acelerado. Llevo demasiado tiempo sin pasar un rato a solas con una chica, y me está costando mantener la sangre fría. Está tan cerca que podría olerla perfectamente si no fuera por lo mal que le sienta el aire frío a mi nariz. Aunque la situación comienza a ponerme tenso, me alegra ver que todo lo por lo que he pasado no ha acabado con esa parte de mí.

        La luna por fin desaparece, y con ella el manto de blanquecina luz que velaba el cielo nocturno. En un instante, el firmamento aparece ante nuestros ojos en toda su magnitud, como nunca podríamos haberlo visto en nuestras antiguas vidas. Estrellas, planetas, nebulosas, estrellas fugaces, una infinidad de figuras luminosas sumergidas en un océano de un negro infinito. Tara emite un sonido de satisfacción al verlo, y su rostro adquiere una preciosa sonrisa natural, la primera que le veo desde que la conocí hace apenas unas horas.

-¿Qué es eso? –pregunta al cabo de unos minutos, señalando uno de los puntos.

-¿El qué? –respondo, arrimándome más a ella con la excusa de ver mejor a dónde señala.

-Eso que se mueve, tan despacito. No parece una estrella fugaz.

-Debe de ser un satélite artificial.

Inmediatamente, la sonrisa desaparece de su rostro para dar lugar a una expresión  algo melancólica. Aunque su mirada sigue fija en el cielo, parece estar mirando al vacío.

-Es algo triste, ¿no crees? Tan lejos como pudimos haber llegado, y ahora parece que vamos a acabar tal y como empezamos. Escondidos en las montañas, huyendo de los depredadores. Como salvajes en la edad de piedra. Fuimos capaces de añadir nuestro propio puntito luminoso a todo ese firmamento que parece inalcanzable, y ahora míranos, apagándonos poco a poco. Dentro de poco, el único monumento que quedará de lo que fuimos es esa cosa, girando eternamente sin propósito. Y no habrá nadie para llorarnos.

La verdad es que no sé qué responderle. Por mi propia salud mental procuro no darle demasiadas vueltas a esas cosas, aunque reconozco que este paisaje nocturno invita a la reflexión. Te hace sentir insignificante, como un grano de arena más en el desierto. Tras un breve silencio tan solo se me ocurre decir:

-Bueno, no te preocupes. Ese satélite no estará en órbita para siempre, tarde o temprano acabará desintegrándose contra la atmósfera.

        La chica entra progresivamente en un ataque de risa tonta. Al verla, no puedo evitar reírme con ella. Tras un rato riéndonos como idiotas se gira hacia mí con una expresión decidida en el rostro, y alzando la grabadora dice solemnemente:

-Tenemos una historia que contar. Debe quedar registro de lo que hemos vivido.

        La verdad es que lo último en lo que tengo ganas de hacer en este momento es recordar. Trago saliva,  y tras mirarla fijamente  a los ojos durante un rato, me giro hacia el cielo estrellado y reanudo mi relato.

  

  
 

        "Así que ahí estábamos todos, encerrados en aquella habitación de paredes blancas y con dos camas, mirándonos sin decir nada. El guardia civil que aún estaba de una pieza se sentó en una silla y resopló, inquieto. Su compañero, inconsciente, respiraba lenta y pesadamente en su camilla, totalmente cubierto de sangre. El Dr. Reinier se observaba fijamente la mano herida, pensativo. Victoria me miraba con expresión anhelante, como esperando a que yo tomara una decisión. Y fuera, aquellos monstruos seguían aporreando la puerta una y otra vez, sin ceder al desaliento. Saqué mi teléfono móvil del bolsillo con la esperanza de poder contactar con alguien.

-Ni lo intentes –dijo el policía –Las líneas están ocupadas.

        Antes de darme por vencido al menos tenía que intentarlo, y así lo hice. Efectivamente, en la pantalla del móvil apareció un mensaje de <<error de conexión>> en cuanto pulsé el botón de llamada.

-¿Y tu emisora? –pregunté.

-Ya he dado el aviso, pero resulta que no somos los únicos con problemas.

        Me paseé por la habitación, barajando nuestras posibilidades. Lo peor iba a ser convencerles de abandonar al policía herido y al Dr. Reinier. El constante martilleo en la puerta no me ayudaba nada a concentrarme en elaborar un plan.

-Les vacié el jodido cargador a esas viejas -dijo de pronto el guardia civil.

-Tenías que haberles disparado en la cabeza –respondí yo.

-¿Qué te crees que son, putos zombis? –gritó el agente, alterado.

-Creo que eso está bastante claro –interrumpió el doctor, abriendo la boca por primera vez desde mi llegada pero sin dejar de mirar su mano.

-Y una mierda –dijo el agente.

        El guardia civil se levantó de la silla y salió al pequeño balcón, donde permaneció medio minuto antes de volver a entrar.

- Mira, no me puedo creer que estéis pensando en chorradas en un momento como este, ¿de qué vais?

- Murió esta mañana

- ¿De qué coño estás hablando?

- La señora que me mordió –respondió el médico, dirigiendo su ojerosa mirada al policía -murió esta mañana. Ingresó con una neumonía, que acabó complicándose hacia una sepsis. Esta mañana entró en un severo fallo multiorgánico y murió, delante de mis ojos. No tuvimos tiempo de llevarla a la morgue, ya que media hora después un auxiliar vino corriendo a avisarme de que el cuerpo estaba convulsionando. Llegué a tiempo para verla levantarse de la camilla y ponerse en pie. Llevaba semanas sin poder ni siquiera moverse para ir al baño. Y ahora mírela.

- Pero entonces, su herida... –comenzó Victoria.

- Solo es un mordisco. –interrumpió el doctor –Basta con limpiar un poco la herida y tomar antibióticos.

- Pero si es como en las películas...-dije yo.

- Esto no es una película, señorito.

-Lo que quiere decir Alejandro –indicó Victoria – es que la mordedura de esas cosas podría haberle transmitido...algo. Podría convertirse en una de esas cosas si no hacemos algo.

-No tenemos evidencia ninguna de que se trate de una enfermedad infecciosa –respondió el médico, alzando el tono de voz.

        Nadie respondió. La negación es un mecanismo natural de defensa psicológica, y en este caso estaba más que justificado. No podía hacer nada por convencerle salvo esperar a que él mismo se rindiera ante la evidencia.

-Tenemos que salir de aquí. –dije, al cabo de un rato – Ahí fuera ya sólo quedan dos, podemos encargarnos de ellas prácticamente sin problemas.

-Pues yo digo que de aquí no se mueve nadie hasta que no vengan a sacarnos –interrumpió el guardia civil, señalando a su compañero – No podemos dejarle solo en este...

        No llegó a terminar la frase. El policía herido empezó a agitarse en la camilla, emitiendo unos angustiosos estertores y poniendo los ojos en blanco, como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico. De pronto se quedó rígido como una tabla y dio un escalofriante alarido.  Todos nos quedamos de piedra, mirando fijamente en silencio durante largos minutos. El cuerpo yacía inmóvil, en la camilla, sin signos de vida.

-Prepara tu pistola –le dije al guardia civil cuando conseguí salir de mi estupor

-¿Qué? –respondió, atónito.

-La pistola, ¡sácala! –gritó Victoria –rápido!

        Lo que vino a continuación no fue inesperado, pero fue bastante espeluznante. El cadáver del policía comenzó a agitarse de nuevo, esta vez de una forma más sutil y siniestra. Primero los brazos, después las piernas. Una sacudida recorrió todo el cuerpo, haciendo que se arquease sobre la camilla. Finalmente, y tras permanecer unos segundos totalmente inmóvil, se incorporó e inspeccionó la habitación con su mirada ausente.

La impresión que causa ver un cadáver en movimiento es bastante extraña. La ausencia de respiración y otros movimientos espontáneos como parpadear o tragar saliva hace que parezcan artificiales, como figuras hechas en cera. Además, sus miembros suelen estar rígidos, lo que hace que se muevan de una forma muy forzada, como si fueran marionetas. Su mirada no es maligna y penetrante como suele verse en muchas películas; al contrario, rara vez suelen mirarte a los ojos, y su expresión es bastante indiferente, como si se tratara de sonámbulos. En conjunto, todo su aspecto sumado al desagradable gemido que emiten da lugar a una imagen bastante sobrecogedora.

El cadáver reanimado se levantó torpemente de la  camilla y comenzó a caminar arrastrando los pies hacia el guardia civil, que le miraba estupefacto.

-¡Dispárale, vamos! –gritamos todos los que contemplábamos la escena.

        Al final, el guardia civil reaccionó a tiempo y apoyó el cañón de la pistola en la frente del muerto. Antes de apretar el gatillo, murmuró una disculpa. El estampido que vino luego nos dejó sumidos en una total sordera durante un minuto. Un desagradable pitido era el único sonido que podía escuchar a través de mis oídos. El olor a pólvora llenó la habitación y me provocó un ataque de tos. El cuerpo del cadáver permaneció unos segundos de pie antes de desplomarse al suelo, con todos los sesos desparramados a su alrededor. Una de sus piernas aún se agitó un instante antes de quedar inmóvil, esta vez para siempre. En aquél momento me di cuenta de que un disparo no era algo tan emocionante y limpio como en las películas de acción.

        Al cabo de varios minutos, cuando recuperamos de nuevo la audición, el médico dijo tajantemente:

-Tenemos que bajar al quirófano. Hay que cortar este brazo antes de que sea demasiado tarde.

-Eso no suele funcionar – dije yo.

-¿Por qué, porque lo dicen tus películas? ¡Al cuerno con tus películas! ¡Despierta ya de una vez! Maldito crío...

        Siempre tuvo un carácter bastante desagradable. Lo bueno es que por fin todos se habían dado cuenta de la gravedad de la situación. Lo malo era que, en lugar de ponernos a salvo, íbamos a acabar metiéndonos de lleno en la boca del lobo. Y es que sólo me faltó una mirada a Victoria para saber que su estricto código moral iba a obligarnos a acompañar al doctor hasta el final."

        Hago una pausa en mi historia para ordenar las ideas. A mi lado, un repentino ronquido rompe el silencio de la noche. Tara se ha quedado profundamente dormida, con la grabadora encendida. Con una sonrisa, se la apago y pienso si despertarla o no. Hace frío, pero la ropa de abrigo que llevamos es muy efectiva. Todo está muy tranquilo. Sigo mirando las estrellas mientras pienso en lo bien que se está aquí arriba, lejos del infierno que dejamos detrás, y antes de que me dé cuenta mis ojos ya se han cerrado.

Permalink :: 28 Comentarios :: Comentar | Referencias (0)

Blog alojado en ZoomBlog.com