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Por Azufre_Antimonio - 15 de Abril, 2009, 22:58, Categoría: Departamento de información

Por primera vez en varias semanas  me despierto de golpe. Ha sonado una bocina relativamente cerca, así que me visto a toda prisa y salgo de la cabaña aún sin saber muy bien lo que estoy pensando.

Todo el mundo del campamento han tenido la misma reacción que yo: vienen los agricultores, lo que significa que tendremos más comida y el estómago dejará de rugirnos.

Miro a mi alrededor viendo la repentina actividad a la que nos hemos sometido de golpe. Sonrío emocionada y vuelvo a entrar en la cabaña para despertar a los que siguen durmiendo como lirones. Me acerco a la cama de Giselle y me acuclillo a su lado.

Una tremenda barriga de embarazada es lo primero que ve en ella. La sábana cubre a la bella mujer creando la enorme montaña que a todo el mundo le gusta contemplar.

Tan sólo hay tres embarazadas en todo el campamento, pero Giselle es la que más tiempo lleva encinta: unos siete meses. Eso significa que en dos meses o así tendremos a una nueva criaturita corriendo entre nosotros, cosa que nos emociona a todos. Pensar que la extinción se puede remediar nos hace ponernos de fantástico humor.

La despierto dulcemente y le cuento lo que ha pasado. Ella también sonríe, aún con las legañas pegadas, al pensar que por fin volveremos a tener algo más de comida. A pesar de que por estar embarazada tiene una alimentación de lujo en comparación con la que tenemos los demás, le agrada pensar en la buena cena que podremos disfrutar esta noche.

Volvemos a salir y vemos en el campamento una agitación que no se logran todos los días, pues la gente corre de un lago para otro y todos estamos nerviosos. De pronto, unos cuantos comienzan a correr hacia la entrada del campamento haciendo que los demás les sigamos. Podemos oír como los niños gritan de emoción, y cuando vemos aparecer los grandes camiones estallamos en vítores.  Aplaudimos a nuestros héroes.

Son dos camiones grandes, de obras, modificados con el paso del tiempo y las rutinas de viajes. Están totalmente recubiertos de alambre y rejas, y, para impedir que los muertos se cuelguen de ellos, cada uno tienen una barrera parecidas a la de los quitanieves rodeándolo por todos lados.  Detrás llevan unos remolques de techo abierto, donde militares y francotiradores descansan con una sonrisa en la boca, cansados pero satisfechos por haber mantenido a los zombis fuera del perímetro de seguridad mediante tiros en la cabeza.

El conductor es un militar, y pronto se descargan los remolques, que lentamente se abren. Miro alrededor y descubro que todos estamos como perros abandonados delante de una suculenta comida: no nos lo podemos creer. Las risas de los niños vuelven a sonar con fluidez entre todos nosotros.

Sólo de uno de los camiones salen los agricultores: 7 hombres y mujeres que nos han salvado la vida. La mayoría de ellos superan los 40 años, salvo un joven de unos treinta y pocos y una chica rubia, Sara, que ronda los veinte. Lucen una sonrisa cansada, orgullosos por los aplausos que se oyen desde la multitud que se agolpa a sus pies.

Pronto los agricultores son absorbidos por la masa que quiere escuchar sus relatos del mundo fuera del campamento. Me adentro yo también en el gentío buscando a Sara, pero en vano.

En total hay tres grupos de agricultores que se van turnando para trabajar en la base donde se cultiva todo, más abajo de las Cañadas. En un principio se pensaba sembrar en el propio terreno del campamento, pero pronto se vio que era imposible: con el cambio de temperatura, la dureza del suelo estéril y las nevadas de invierno no se podía hacer crecer nada.

Así que se diseñó un refugio más pequeño que pudiera albergar a unas 15 personas -entre militares y labradores- a lo sumo con una gran extensión de cultivo utilizando las antiguas tomateras y plataneras tan abundantes en Tenerife. Cada dos o tres semanas, dependiendo de las necesidades del campamento base, se manda un camión que recoge los alimentos y trae a los agricultores de vuelta. Al par de días, sale otro grupo para sustituirlos labrando la tierra. Cierto que es un trabajo muy duro y que los viajes son muy peligrosos, pero para eso se han diseñado esos camiones tan imponentes.

Empieza a sonar una música que sale de uno de ellos. Me giro y veo que el militar que lo conducía ha puesto un CD para hacernos más ameno el cargar con las cajas de los alimentos.  Me pongo en una fila después de haber visto que Sara ha parecido esfumarse –no le gustan las concentraciones, así que no me extraño –y me limito a cargar yo también cajas de comida en la que abundan las frutas y verduras. Hay que trasportarlas hasta el Parador, donde se meten en las grandes cámaras frigoríficas de las cocinas para que duren el máximo tiempo posible.

A medida que me alejo oigo como Coti y su "Otra vez"  se van haciendo más débiles hasta que apenas puedo escucharlo. Cuando la radio era algo normal en el día a día, las canciones de ese hombre me parecían cansinas y repetitivas; sin embargo, ahora que hace meses que apenas oigo ningún tipo de música, saboreo cada nota y mis oídos se regocijan de ello.

Cuando ya hemos logrado descargar los dos camiones, la gente se empieza a dispersar para volver a sus quehaceres de todos los días, a su monotonía de siempre. Yo decido hacer lo mismo y me dirijo a mi caseta donde debería asearme un poco. Que el campamento huela a podrido y a muerte no significa que yo haya decidido oler igual.

Cuando entro en la caseta –entrar es un decir porque no tenemos puerta sino sólo un agujero por el que pasar –me veo a una chica rubia cambiándose dentro y sonrío: Sara. Me paro detrás suyo y carraspeo.

Se gira y me mira con gesto indiferente. Después de todos estos meses he aprendido a diferenciar su cara de indiferencia real y la de indiferencia fingida, por lo que descubro gratamente que se alegra de verme.

-Hola Josefina –me dice tranquilamente. Hace una bola con la ropa sucia que traía y se saca el pelo de debajo de la camiseta que se acaba de poner. Me fijo en que tiene uno de los mechones mucho más corto que el resto.

-¿Qué te ha pasado?

-Uno de esos cabrones me agarró de ahí cuando estaba a punto de entrar en el camión –contesta con calma. Pongo cara de terror y ella hace un gesto con la mano para tranquilizarme -. No fue nada, Damián me cortó el mechón en muy poco tiempo, ni siquiera le dio tiempo a corderme. Pero me he quedado calva por un lado –silencio. Le cojo el cabello con cuidado y para mi sorpresa ella se deja hacer. Lo observo y veo como el zombi que debió haberse aferrado ahí hizo un buen trabajo: muchos de los pelos están arrancados de raíz, y los que consiguieron sobrevivir apenas miden 20 centímetros.

-Debió de doler un montón… -murmuro. Ella asiente lentamente y se aparta. Le suelto la melena y nos quedamos mirándonos un rato. Cómo he echado de menos a esa rubia gruñona…

-Necesito que me cortes el pelo –me dice muy seria. Asiento con lentitud recordando que, en la época de tranquilidad, me dedicaba a retocarle el pelo a mis amigas.

-Vale, sin problema.

-Ahora –dice muy seria -. No quiero que me vuelvan a coger desprevenida la próxima vez que salga.

Voy a por unas tijeras al taller de costura y vuelvo a dónde Sara ya se ha sentado en el suelo. Me pongo detrás de ella y comienzo a cortárselo con esmero. Pienso que es una verdadera lástima estropear un cabello tan bonito como este, pero lo más sensato es cortárnoslo para evitar desgracias como las que ya le han pasado a ella.

En poco tiempo nos veo rodeadas por una multitud que se pregunta el motivo por el que jugamos a ser esteticistas.  Sara les va soltando con cuentagotas todo lo ocurrido de camino para aquí, con lo que en un corto espacio de tiempo me veo con una cola de personas que requieren un corte de pelo.

Como las cosas no se hacen gratis y yo tengo una de las pocas tijeras que hay en el campamento, me dedico a hacer trueque con todos ellos: cortar el pelo a cambio de una porción de comida, una chaqueta más abrigada…

Fácil, sencillo, y para toda la familia. A esto nos hemos tenido que rebajar en estos tiempos de necesidad.

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