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Agosto del 2009

9

Por Tachikoma - 29 de Agosto, 2009, 3:29, Categoría: Departamento de sanidad

Conteniendo la respiración, sujeté el picaporte de la puerta con fuerza. El agente de policía tragó saliva antes de levantar su arma. Victoria se llevó las manos a los oídos. El doctor se limitó a bajar la cabeza y cerrar los ojos.

-¿Preparado? –susurró el policía.

Asentí lentamente, sin poder apartar la vista del cañón del arma que apuntaba directamente hacia mí. El más mínimo error y…

-¡Ahora!

Sin pensar en lo que hacía, abrí la puerta de golpe y me tiré al suelo, apretándome los oídos con ambas manos. Los dos estampidos que siguieron me dejaron sumido en un desorientador silencio, sólo roto por un desagradable silbido agudo. Recuerdo haber empezado a reírme tras pensar que, tal y como estaban las cosas, lo iba a pasar mal si las células muertas de mi oído volvían para acabar con las que aún me quedaban. Mi risa tonta acabó  en cuanto noté algo grande y pesado caer sobre mí, dejándome sin aire de un golpe. En aquel momento supe que estaba perdido. El plan había fallado y una de esas cosas había logrado cogerme. Suelen decir que cuando estás a punto de morir, ves pasar toda tu vida en un instante. Yo simplemente me quedé en blanco, sin saber en qué pensar.


-¿Estás bien?

Apenas pude oír la voz como un eco lejano, pero fue suficiente para devolverme a la realidad. Agité todo mi cuerpo desesperadamente, luchando por quitarme aquél peso de encima. Cuando al fin conseguí darme la vuelta y salir de ahí me arrastré hacia el otro extremo de la habitación, donde me senté contra la pared e intenté recuperar el aliento. Entonces comencé a palpar todo mi cuerpo en busca de la herida fatal que sin duda debía de tener en algún lado. Al no encontrarla, levanté la vista hacia mi agresor. Una inmensa euforia me invadió al ver que el cuerpo se hallaba totalmente inmóvil y que gran parte de su cabeza se encontraba repartida en pequeños fragmentos por toda la habitación. La euforia dio paso a la vergüenza cuando vi todas las miradas posadas en mí.

-Estoy bien –me apresuré a decir, intentando sonar natural- estoy bien. No ha sido nada.

-Venga, vámonos ya –dijo el policía.

        Salimos fuera de la habitación, pasando cuidadosamente por encima de los cadáveres de nuestros atacantes. Victoria gritó una advertencia mientras señalaba al otro extremo del pasillo. El cuerpo de un anciano se arrastraba torpemente hacia nosotros. No tenía piernas con las que ponerse en pie, y aun así abría y cerraba su boca sin dientes como un pez fuera agua, en un patético intento por cogernos.

-Vaya por Dios, don Arcadio –rezongó el Dr. Reinier- con lo que nos había costado sacarlo adelante.

-No podemos dejarlo así –dijo Victoria, sin apartar los ojos del anciano.

-Yo me encargo –respondió el policía.

-¡No! –le detuve – tal y como está no es una amenaza para nosotros, y podemos necesitar las balas ahí abajo.

        Se hizo un silencio incómodo. Todos sabían que tenía razón. Sin decir ni una palabra, nos dimos la vuelta y nos alejamos de allí.




-Bueno, ya hemos salido de esa condenada habitación –dijo el guardia civil - ¿y ahora qué?

-Tenemos que bajar a los quirófanos –respondió Victoria –hay que cortar el brazo del doctor antes de que sea demasiado tarde.

-No lo veo nada claro. Deberíamos preocuparnos primero por salir de aquí, y ya luego los médicos  harán lo que le tengan que hacer con ese brazo.

-Sí, pero ya viste lo que pasó con tu compañero. No podemos arriesgarnos

-¡Y para no arriesgarnos a que a él le pase nada, nos vamos a arriesgar a que nos maten a todos quedándonos aquí dentro! Es absurdo.

-Bueno, a ti nadie te ha preguntado, vete si te da la gana.

        El ambiente empezaba a ponerse tenso. Victoria siempre fue una cabezona que no aceptaba que le llevasen la contraria, pero en este caso estaba cometiendo un grave error de juicio. Y me extrañaba que el doctor Reinier permaneciera en silencio, sin defender una opinión ni la otra. Probablemente estuviera manteniendo su propia discusión interna al respecto. 

-Mira, hacemos una cosa –respondió al fin el guardia civil – los quirófanos están en la planta menos uno, ¿verdad? Os acompaño hasta la planta baja. Ahí ya vemos cómo está la situación en la entrada y decidimos. Quizás ya hayan llegado los de emergencias y estén atendiendo a los heridos.

-Vale. Vayamos por aquí, al ascensor.

-¿Al ascensor? Ni muerto –intervine yo- Bueno, muerto quizás, pero vivo ni hablar.

-¿Y eso ahora por qué? –Victoria comenzaba a exasperarse.

-Tú no has visto muchos zombis por tu pueblo, ¿no? Los ascensores son una trampa mortal. Si te metes en un ascensor y hay un par de ellos esperando abajo se lo has dado todo hecho ya. Se ponen las botas, vamos. Carne en lata.

-Venga, por las escaleras –interrumpió el policía – pero vámonos de una maldita vez.

-Primero necesitamos armas. –Dije – Tú eres el único que va armado.

El guardia civil se llevó la mano al cinturón y desenfundó su defensa extensible. Tras dármela, miró a Victoria y se encogió de hombros.

-Me temo que tú vas a tener que limitarte a chillar.

        Victoria le dirigió una mirada de odio y ya estaba preparando una réplica cuando les detuve, señalando al puesto de control de enfermería.

-Ahí tiene que haber algunas tijeras, aunque sea.

        Tras rebuscar un instante acabamos encontrando unas tijeras bastante grandes, aunque no muy amenazadoras. Victoria las miró fijamente, con aspecto inseguro.

-Servirán –le dije, intentando devolverle la confianza- El truco está en apuñalar con fuerza entre los ojos, justo encima del puente de la nariz, la glabela, ¿te acuerdas?

-El punto más débil del cráneo, sí.

-Y que no te muerdan mientras lo haces. Agárralos por el cuello con la otra mano para inmovilizarlos, si hace falta.

-Vale, sí.

-¿Prefieres la porra?

-No, no, las tijeras están bien.

-Procura mantenerte lo suficientemente lejos como para no tener que usarlas.

-Vale –asintió para sí misma, agarrando las tijeras con fuerza- ¿y usted, Doctor?

-Como para una guerra estoy yo –respondió el médico, señalándose la mano herida –las peleas creo que os las dejo a vosotros.

-¿Vamos o no vamos? –dijo el guardia civil, que se había adelantado unos metros por el pasillo.

-Sí, vamos, vamos –dije yo, haciendo burla  del tono impaciente del policía –que se nos escapa el autobús y a ver luego de dónde sacamos dinero para un taxi. Que yo me lo he gastado todo en el desayuno.

-Mira, chaval –respondió, alterado- que estemos atrapados en un puto hospital lleno de zombis no quita que te pueda soltar una hostia.

-¡Ala, peleas entre supervivientes! Como en las películas…

-Dejadlo ya, ¿no? –Interrumpió el doctor –a ver si por la tontería vamos a acabar todos mal.

        Finalmente, emprendimos la marcha hacia la planta baja. Caminamos despacio, intentando no hacer demasiado ruido, mirando hacia todas las esquinas. Yo me encontraba embargado por una mezcla de emociones contradictorias. Euforia, por haber conseguido sobrevivir hasta el momento; melancolía, porque sabía que aunque consiguiéramos salir de allí, ya nada volvería a ser lo mismo; y pánico, por supuesto, porque nada garantizaba que fuéramos los protagonistas de esta nueva película de terror en la que de pronto estaba atrapado. Ningún guión nos protegía, nadie observaba atentamente nuestras acciones esperando que llegásemos hasta el final. ¿Estaríamos destinados simplemente a formar parte de las malolientes mareas de cadáveres reanimados?




        Un gesto de advertencia del policía me sacó de mis reflexiones. Ya estábamos en la primera planta, y el camino había transcurrido sin incidencias. Sin embargo, justo en el último tramo de las escaleras, lo que por el uniforme parecía un auxiliar de enfermería se tambaleaba torpemente, tratando de bajar los escalones uno por uno. Tras conseguir bajar de esta manera casi hasta el final, un mal paso le hizo caer desplomado al suelo, haciendo un desagradable crujido al golpearse en plena cara. A pesar de haberse destrozado la mandíbula, comenzó a agitar los brazos para deslizarse escaleras abajo.

-Dame eso –dijo el guardia civil, extendiendo la mano hacia la porra que yo llevaba.

        Se la di. Él bajó lentamente hasta colocarse a la altura del muerto, que pareció no darse cuenta hasta que lo tuvo encima. En ese momento, el policía clavó una rodilla sobre su ensangrentada espalda e introdujo el bastón metálico entre sus dientes, inmovilizándolo así completamente. Entonces, tras forcejear un poco, logró colocar la cabeza del cadáver sobre el filo de un escalón.

-¡Corre, ven! –Me dijo, mientras luchaba por mantenerlo en esa posición -¡Aplástalo!

        Tardé unos segundos en entender el plan, pero al final bajé rápidamente y me coloqué enfrente de él. Con cuidado de que no me agarrara el tobillo, levanté el pie y lo descargué con todas mis fuerzas contra la cabeza del muerto viviente. Un escandaloso chasquido resonó por todo el lugar cuando su cráneo reventó contra el bordillo del escalón. El cuerpo se volvió flácido y dejó de resistirse, así que el policía le soltó. Tras pasar un par de veces la porra por la bata del cadáver, me la devolvió.

-Bien hecho.


      

         En aquel momento me invadió una oleada de orgullo. Había conseguido acabar con otro más. Quizás esto no iba a dárseme tan mal, después de todo. Pero entonces escuchamos un grito. Alguien pedía ayuda desesperadamente. Corrimos la distancia que nos quedaba desde las escaleras hasta la entrada principal. Lo que vimos ahí nos dejó desolados.

        La puerta de cristal del hospital estaba totalmente cerrada. Cerca de una veintena de cuerpos sin vida aporreaban el cristal, intentando llegar hasta la gente que se agolpaba al otro lado, aterrorizada. Unos cuantos se encontraban repartidos por el suelo, arrancando pedazos de cadáveres que había por la zona y llenándose las bocas. Uno de ellos masticaba ruidosamente los intestinos de un hombre en una silla de ruedas, con el gotero del suero aun conectado a su brazo.




        En ese momento vimos a un hombre gordo y con bigote salir cojeando hacia nosotros desde la cafetería del hospital, pero antes de que pudiéramos reaccionar un puñado de muertos cayó sobre él, tirándolo al suelo y clavando los dientes por todo su cuerpo. Admito con cierta culpabilidad que la imagen de aquellas cosas desmembrando a aquél hombre indefenso me causó una enfermiza fascinación. La carne separándose de los huesos, las vísceras derramándose sobre el suelo, y todo aquello acompañado de unos gritos que hubieran puesto los pelos de punta a cualquiera. Los demás no compartieron mi curiosidad, y alguien incluso vomitó ahí mismo. Pero yo seguí mirando hasta que algunas de las criaturas repararon por fin en nosotros y comenzaron a avanzar, emitiendo un gemido de alerta.



-No queda más remedio –dijo Victoria, mientras corríamos lejos de ahí –Tenemos que bajar a los quirófanos.

-Estaremos más seguros si subimos a la torre del helicóptero –respondió el policía –Parece que las escaleras no son su punto fuerte. Además, podrían rescatarnos desde allí.

-Fíjate que yo estoy de acuerdo en eso –añadí, intentando que Victoria cambiase de parecer.

-Pues que os vaya bonito –dijo finalmente, alejándose hacia las escaleras sin mirar atrás.

        El doctor vaciló un instante antes de seguirla. El policía resopló y mascullo una serie de obscenidades antes de girarse hacia mí, con gesto desesperado.

-Joder con la señorita. ¿Y ahora qué?

-Nos veo en los quirófanos -respondí, encogiéndome de hombros.



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8

Por Azufre_antimonio - 12 de Agosto, 2009, 20:38, Categoría: Departamento de información

A pesar de todo lo que ha pasado, sigo teniendo esperanzas. Este fue mi fallo siempre, incluso cuando el mundo todavía era mundo y los humanos gobernamos la tierra. Ahora todo está podrido, pero a pesar de estos días tristes y fríos, sigo esperando que todo se solucione.

Me levanto de la cama y miro alrededor: el mismo cuarto de siempre, la misma porquería de todos los días. No sé cuánto tiempo podremos seguir viviendo así, pero tengo claro que aun nos quedan muchos días que aguantar.

En una de las literas descansa Sara, la pequeña gruñona que aún hoy me hace sonreír un poco. Ella ha sido la más dura de todos, la que peor lo ha pasado de los que estamos en esta caseta. No ha querido nunca contar nada, pero el odio de sus ojos, el miedo que se huele en su piel aún está presente. No sé como era su vida antes del día del Juicio Final, porque sólo deja entrever una piel curtida y sufrimiento guardado, pero desde luego ha sido algo que le ha dejado huella.

Salgo de la caseta y vago por el campamento. Aún es pronto, por lo que apenas hay gente despierta. Algunos soldados son los únicos que puedo ver paseando por entre las cabañas, cambiando los turnos y preocupados por todo lo que sus ojos pueden contemplar.

Necesitamos algo que nos de esperanzas, algo que nos recuerde que fuimos hombres alguna vez, que existía una civilización y que nosotros la dominábamos...

Idea

Corro de vuelta a la caseta, camino que de memoria me sé. Entro despacio, intentando no despertar a nadie y me acerco a Sara, que duerme con un aspecto tranquilo que despierta nunca tiene. Le toco ligeramente la cara.

-Sara... tengo un plan -susurro. Sara abre los ojos y por un momento creo que me va a asesinar.

-Déjame dormir -gruñe mientras se da la vuelta. Suspiro.

-Tengo una idea para conseguir comida -digo en voz baja. Sara se vuelve a dar la vuelta y me mira con los ojos bien abiertos. Adora los planes que le aporten estatus social -. Vamos a hablar fuera.

La chica se levanta y ambas salimos en silencio. Andamos hasta alejarnos un poco del campamento sin hablar, y cuando nos sentamos en una roca le empiezo a contar mi plan.

-¿Recuerdas cuando nos trajeron aquí?- le pregunto.

-Más o menos. No juegues a las adivinanzas conmigo porque sabes que me pongo enferma cuando me despiertan, así que andarte con gilipolleces no te conviene -me advierte. Trago saliva nerviosa y desvío la vista.

-Había un montón de coches abandonados de todos los que huyeron hacia aquí. Y también un cordón policial que no los dejaba pasar, así que todos tuvieron que bajarse e ir andando.

-Sí, lo recuerdo. Pero no podemos ir hacia allí, esta prohibido y hay militares por todos lados y lo sabes -dice lentamente. A pesar de todo lo que dice, sus ojos brillan como nunca los había visto brillar, con emoción.Está tramando algo, seguro. Me hace sonreír con burla.

-Pensé que eso nunca te detendría. Piénsalo Sara, allí habrá de todo. Seguro que los que llevaban los coches iban con cargamentos de cosas, y seguro que no han podido traerlas todas.

-Podríamos venderlas aquí... O cambiarlas por cosas... -susurra intentando contener la emoción.

-Exacto. ¿Cuento contigo? -pregunto. Ella se queda callada, pero sus ojos brillan con emoción.

-Sí, claro que sí. Pero primero hay que ver si podemos salir del campamento, y eso nos llevará días.

Hace unos días el cielo se encapotó bajo nuestros pies. El mar, o lo que se ve entre las nubes que cubren la isla, se agita por el viento que la azota. Por suerte nosotros estamos por encima de todas esas nubes, con lo que nos ahorramos la lluvia. Sin embargo, el frío si que se puede notar sin problemas.

Odio el frío casi tanto como el viento que sopla y trae los olores nauseabundos que normalmente se quedan estancados.

Necesito un cambio

Pienso en Alejandro y en cómo lo debe de estar pasando. Con el frío todos los enfermos empeorarían, supongo, así que tengo la excusa perfecta para buscarle y preguntarle como le han ido todos estos días que no nos hemos visto. Sara se está encargando de vigilar los horarios y los cambios de turno de los militares, porque había dicho que yo sería incapaz de hacerlo bien. Tan dulce como siempre, la niña.

Espero tirada en la cama hasta que la tarde pase, lentamente y suspirando por puro aburrimiento. Los días como éste, en el que sólo hay que esperar a que todo pase me recuerdan sin que pueda evitarlo a los días de entre semana de cuando estaba en el instituto.

En su momento tenía planeadas muchas cosas: quería estudiar audiovisuales en Madrid, aunque realmente sólo era una excusa para salir de esta isla. Es irónico que ahora lo único que me haya hecho permanecer con vida sea Tenerife, el sitio del que quería huir desesperadamente. Una vez en Madrid pensaba meterme en alguna residencia de estudiantes. Pretendía sacarme un trabajito de cualquier cosa sin que mi padre lo supiera para ir acumulando dinero y después irme de viajes por ahí. El primer sitio que quería visitar era Londres para ir a ver el musical del Fantasma de la Opera, pero ahora no podrá ser. Mis sueños de viajar, me daba igual si era sola o acompañada, se habían esfumado al igual que mis esperanzas de una vida que mereciera la pena vivir.

Poco antes de que se haga la hora me empiezo a preparar y cojo la grabadora. Me peino un poco los rebeldes mechones y me intento sonreír en el espejo. La falta de dentífrico me da asco y me hace temblar pensando en las consecuencias que eso tendrá para el futuro de mis dientes, pero en las condiciones actuales no se puede hacer nada más.

Salgo y doy un paseo hasta donde nos habíamos encontrado aquella vez. Miro el reloj y veo que aún me quedan unos minutos por esperar. Me da igual mientras aparezca, que con los días que corren eso ya es suficiente. Al cabo de unos minutitos veo salir a una pequeña multitud del Parador y le busco entre el gentío. Cuando le localizo me levanto para que me vea, y en cuanto repara en mí se acerca para saludarme, sonriendo de pronto.

Nos quedamos mirándonos un momento, sin saber como empezar la conversación, pero felices los dos. Separo los brazos del tronco y me señalo.

-Aquí estoy -le sonrío. Él asiente rápidamente.

-Pensé que te habías olvidado de que teníamos una cita pendiente... -dice. Niego con fuerza la cabeza.

-Yo no me olvido de estas cosas, pero he estado un poco atareada todos estos días. Una de las agricultoras es amiga mía, y entre eso y los talleres, las charlas informativas y las películas anti-desánimo me han quitado el tiempo libre totalmente.

-No te preocupes, te entiendo. Yo también he estado muy ocupado con el tema de la oleada de frío. No sé si te habrás enterado, pero hay una epidemia de gripe que está empezando a florecer, así que cuidado con las muchedumbres.

-¿Gripe A? -sonrío burlona. Él se echa a reír conmigo y comenzamos a andar.

-Ojala la gripe A fuera nuestro mayor problema, ¿eh?

La gripe A fue una epidemia de gripe que hizo temblar al mundo hace un tiempo. A pesar de que no era nada más que una gripe un poco más fuerte de lo normal se hizo cundir el pánico entre la muchedumbre, calificándola a veces de la peor epidemia que ha habido en los tiempos modernos. Y, total, con una vacuna a tiempo se podía solucionar...

-Intentaré mantenerme lejos de las multitudes apestosas, pero viviendo como lo estamos haciendo no será nada fácil -le prometo.Él asiente, conforme y nos alejamos un poco del campamento. Me doy cuenta que estamos llendo al mismo sitio donde nos habíamos tumbado la otra vez, y esto me hace ponerme nerviosa sin saber por qué. Tan oscuro, tanto frío, los dos solos... Realmente no sé si quiero que ocurra algo más.

Cuando llegamos nos tumbamos boca arriba, uno al lado del otro y miramos al firmamento sin hablar.

La noche Cañetera -como digo yo- es demasiado oscura. Lógico teniendo en cuenta que ya no hay luz en ningún sitio, pero hace pensar en monstruos, vampiros y zombies. Muy poco antes del maldito día en el que todos los muertos se levantaron, me leí un libro de vampiros de un escritor del norte de Europa con un nombre impronunciable cuyo ambiente recuerda a todo esto: suciedad, barro, lluvias, frío... Vandalismo, hipocresía, estiércol...

Odio este campamento. Tal vez debería haber muerto, por lo menos así se hubiera acabado todo.

-Alejandro... -susurro girándome hacia él. Él gira la cabeza débilmente hacia mí y me mira. Con la oscuridad que nos rodea apenas puedo apreciar el contorno de su nariz.

-Dime, Tara -me contesta susurrando también. Vuelvo a mirar al cielo, avergonzada.

-¿No piensas a veces que hubiera sido más fácil morirse? -pregunto. Él me mira, sorprendido, y continuo - Soy fuerte, o por lo menos intento serlo, pero muchas noches me planteo si ser un monstruo no es muy distinto a lo que somos ahora. La única diferencia entre ellos y nosotros es que nuestro corazón late, y por tanto nos da miedo. Ellos no soportan eso, ellos simplemente... vagan, tienen instintos. No sé si es preferible sentir miedo o no sentir nada en absoluto -me callo. Creo que he hablado demasiado. Alejandro no ha apartado la vista de mí en todo este tiempo, y eso me hace ponerme nerviosa.

-Tal vez tengas razón. Pero por algún motivo los que estamos aquí hemos sido... digamos escogidos para esta misión. Yo no pienso rendirme, a pesar de que yo también tengo la mayor parte de las veces la sensación de no hacer más que retrasarlo todo. Todos moriremos, y cuando muramos va a dar igual si hemos muerto luchando que rindiéndonos, porque todos acabaremos siendo lo mismo. Pero yo quiero que niños tengan la posibilidad de vivir, de vivir y de tener un corazón que les lata, de poder respirar, de poder... No sé, pero creo que no debemos rendirnos porque todo lo que nos queda es ésto, luchar por la libertad de decidir.

-Tienes razón, perdóname -digo avergonzada al cabo de unos largos segundos. Alejandro se ríe suavemente, casi sin ganas podría decirse, y vuelve a mirar hacia las estrellas -. ¿Estas triste?

-Un poco sí, pero da igual. Estaba pensando.

-¿En qué?

-En todo lo que hemos perdido.

-Yo no creo que nos lo mereciéramos...

-Yo si lo creo -dice solemnemente. Le miro, interesada-. La gente en las ciudades iba cada una a su royo, pensando en sus cosas. Pero sólo pensaban en si mismos, en las cosas que les podrían servir para mejorar. La gente apenas tenía chispa, carecía la mayoría de esa chispa de la vida en los ojos. Eran... como muertos andantes, sin sueños, sólo con obligaciones y deberes. Tristes, vacíos y egoístas. Yo creo que todo esto tal vez sea un escarmiento para todos ellos.

-... No lo sé, nunca lo había visto así. Tú en tu vida... ¿eras feliz?

-Me siento más útil ahora, aunque soy más infeliz que antes. Es complicado, no sabría explicártelo. ¿Y tú?

-Yo si era feliz. Mucho. Tenia amigos, familia, un novio cachas, sueños... Ahora casi no me queda nada de eso, sólo un grupo de amigos extraño, un padre marimandón y ningún sueño.

-¿Y tu novio cachas? -pregunta medio en burla. Me giro hacia él y le saco la lengua, sonriendo.

-No era más que una excusa para que me dejaran salir hasta más tarde de las 12 las noches que él venía a recogerme a casa. No le quería, aunque estaba cachas -nos reímos, burlones. Él asiente y volvemos a quedarnos callados, cada uno recordando los momentos en los que habíamos sido felices en nuestra antigua vida.

-Hace frío... -susurro calentándome los brazos con las manos -. No esperaba que bajara tanto la temperatura

Alejando se pega un poco más a mí. Le miro con intriga unos segundos, pero abre su chaqueta y me dice con la mirada que puedo acurrucarme contra él.

-No hace falta, de verdad, si no tengo tanto frío...

-Vas a coger una hipotermia, y como eso te pase no tenemos mucho que hacer aquí arriba. Anda, no seas tonta, a mí no me importa -me dice. Me lo pienso unos segundos, pero un escalofrío decide por mí y me acurruco contra él. Cierra la chaqueta a mi alrededor, abrazándome con unos brazos que en un principio me parecieron más débiles de lo que ahora los noto. Sonrío de la vergüenza y trato de no mirarle a la cara.

-Entonces... ¿qué ocurrió en el hospital?

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