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Por Azufre_antimonio - 12 de Agosto, 2009, 20:38, Categoría: Departamento de información

A pesar de todo lo que ha pasado, sigo teniendo esperanzas. Este fue mi fallo siempre, incluso cuando el mundo todavía era mundo y los humanos gobernamos la tierra. Ahora todo está podrido, pero a pesar de estos días tristes y fríos, sigo esperando que todo se solucione.

Me levanto de la cama y miro alrededor: el mismo cuarto de siempre, la misma porquería de todos los días. No sé cuánto tiempo podremos seguir viviendo así, pero tengo claro que aun nos quedan muchos días que aguantar.

En una de las literas descansa Sara, la pequeña gruñona que aún hoy me hace sonreír un poco. Ella ha sido la más dura de todos, la que peor lo ha pasado de los que estamos en esta caseta. No ha querido nunca contar nada, pero el odio de sus ojos, el miedo que se huele en su piel aún está presente. No sé como era su vida antes del día del Juicio Final, porque sólo deja entrever una piel curtida y sufrimiento guardado, pero desde luego ha sido algo que le ha dejado huella.

Salgo de la caseta y vago por el campamento. Aún es pronto, por lo que apenas hay gente despierta. Algunos soldados son los únicos que puedo ver paseando por entre las cabañas, cambiando los turnos y preocupados por todo lo que sus ojos pueden contemplar.

Necesitamos algo que nos de esperanzas, algo que nos recuerde que fuimos hombres alguna vez, que existía una civilización y que nosotros la dominábamos...

Idea

Corro de vuelta a la caseta, camino que de memoria me sé. Entro despacio, intentando no despertar a nadie y me acerco a Sara, que duerme con un aspecto tranquilo que despierta nunca tiene. Le toco ligeramente la cara.

-Sara... tengo un plan -susurro. Sara abre los ojos y por un momento creo que me va a asesinar.

-Déjame dormir -gruñe mientras se da la vuelta. Suspiro.

-Tengo una idea para conseguir comida -digo en voz baja. Sara se vuelve a dar la vuelta y me mira con los ojos bien abiertos. Adora los planes que le aporten estatus social -. Vamos a hablar fuera.

La chica se levanta y ambas salimos en silencio. Andamos hasta alejarnos un poco del campamento sin hablar, y cuando nos sentamos en una roca le empiezo a contar mi plan.

-¿Recuerdas cuando nos trajeron aquí?- le pregunto.

-Más o menos. No juegues a las adivinanzas conmigo porque sabes que me pongo enferma cuando me despiertan, así que andarte con gilipolleces no te conviene -me advierte. Trago saliva nerviosa y desvío la vista.

-Había un montón de coches abandonados de todos los que huyeron hacia aquí. Y también un cordón policial que no los dejaba pasar, así que todos tuvieron que bajarse e ir andando.

-Sí, lo recuerdo. Pero no podemos ir hacia allí, esta prohibido y hay militares por todos lados y lo sabes -dice lentamente. A pesar de todo lo que dice, sus ojos brillan como nunca los había visto brillar, con emoción.Está tramando algo, seguro. Me hace sonreír con burla.

-Pensé que eso nunca te detendría. Piénsalo Sara, allí habrá de todo. Seguro que los que llevaban los coches iban con cargamentos de cosas, y seguro que no han podido traerlas todas.

-Podríamos venderlas aquí... O cambiarlas por cosas... -susurra intentando contener la emoción.

-Exacto. ¿Cuento contigo? -pregunto. Ella se queda callada, pero sus ojos brillan con emoción.

-Sí, claro que sí. Pero primero hay que ver si podemos salir del campamento, y eso nos llevará días.

Hace unos días el cielo se encapotó bajo nuestros pies. El mar, o lo que se ve entre las nubes que cubren la isla, se agita por el viento que la azota. Por suerte nosotros estamos por encima de todas esas nubes, con lo que nos ahorramos la lluvia. Sin embargo, el frío si que se puede notar sin problemas.

Odio el frío casi tanto como el viento que sopla y trae los olores nauseabundos que normalmente se quedan estancados.

Necesito un cambio

Pienso en Alejandro y en cómo lo debe de estar pasando. Con el frío todos los enfermos empeorarían, supongo, así que tengo la excusa perfecta para buscarle y preguntarle como le han ido todos estos días que no nos hemos visto. Sara se está encargando de vigilar los horarios y los cambios de turno de los militares, porque había dicho que yo sería incapaz de hacerlo bien. Tan dulce como siempre, la niña.

Espero tirada en la cama hasta que la tarde pase, lentamente y suspirando por puro aburrimiento. Los días como éste, en el que sólo hay que esperar a que todo pase me recuerdan sin que pueda evitarlo a los días de entre semana de cuando estaba en el instituto.

En su momento tenía planeadas muchas cosas: quería estudiar audiovisuales en Madrid, aunque realmente sólo era una excusa para salir de esta isla. Es irónico que ahora lo único que me haya hecho permanecer con vida sea Tenerife, el sitio del que quería huir desesperadamente. Una vez en Madrid pensaba meterme en alguna residencia de estudiantes. Pretendía sacarme un trabajito de cualquier cosa sin que mi padre lo supiera para ir acumulando dinero y después irme de viajes por ahí. El primer sitio que quería visitar era Londres para ir a ver el musical del Fantasma de la Opera, pero ahora no podrá ser. Mis sueños de viajar, me daba igual si era sola o acompañada, se habían esfumado al igual que mis esperanzas de una vida que mereciera la pena vivir.

Poco antes de que se haga la hora me empiezo a preparar y cojo la grabadora. Me peino un poco los rebeldes mechones y me intento sonreír en el espejo. La falta de dentífrico me da asco y me hace temblar pensando en las consecuencias que eso tendrá para el futuro de mis dientes, pero en las condiciones actuales no se puede hacer nada más.

Salgo y doy un paseo hasta donde nos habíamos encontrado aquella vez. Miro el reloj y veo que aún me quedan unos minutos por esperar. Me da igual mientras aparezca, que con los días que corren eso ya es suficiente. Al cabo de unos minutitos veo salir a una pequeña multitud del Parador y le busco entre el gentío. Cuando le localizo me levanto para que me vea, y en cuanto repara en mí se acerca para saludarme, sonriendo de pronto.

Nos quedamos mirándonos un momento, sin saber como empezar la conversación, pero felices los dos. Separo los brazos del tronco y me señalo.

-Aquí estoy -le sonrío. Él asiente rápidamente.

-Pensé que te habías olvidado de que teníamos una cita pendiente... -dice. Niego con fuerza la cabeza.

-Yo no me olvido de estas cosas, pero he estado un poco atareada todos estos días. Una de las agricultoras es amiga mía, y entre eso y los talleres, las charlas informativas y las películas anti-desánimo me han quitado el tiempo libre totalmente.

-No te preocupes, te entiendo. Yo también he estado muy ocupado con el tema de la oleada de frío. No sé si te habrás enterado, pero hay una epidemia de gripe que está empezando a florecer, así que cuidado con las muchedumbres.

-¿Gripe A? -sonrío burlona. Él se echa a reír conmigo y comenzamos a andar.

-Ojala la gripe A fuera nuestro mayor problema, ¿eh?

La gripe A fue una epidemia de gripe que hizo temblar al mundo hace un tiempo. A pesar de que no era nada más que una gripe un poco más fuerte de lo normal se hizo cundir el pánico entre la muchedumbre, calificándola a veces de la peor epidemia que ha habido en los tiempos modernos. Y, total, con una vacuna a tiempo se podía solucionar...

-Intentaré mantenerme lejos de las multitudes apestosas, pero viviendo como lo estamos haciendo no será nada fácil -le prometo.Él asiente, conforme y nos alejamos un poco del campamento. Me doy cuenta que estamos llendo al mismo sitio donde nos habíamos tumbado la otra vez, y esto me hace ponerme nerviosa sin saber por qué. Tan oscuro, tanto frío, los dos solos... Realmente no sé si quiero que ocurra algo más.

Cuando llegamos nos tumbamos boca arriba, uno al lado del otro y miramos al firmamento sin hablar.

La noche Cañetera -como digo yo- es demasiado oscura. Lógico teniendo en cuenta que ya no hay luz en ningún sitio, pero hace pensar en monstruos, vampiros y zombies. Muy poco antes del maldito día en el que todos los muertos se levantaron, me leí un libro de vampiros de un escritor del norte de Europa con un nombre impronunciable cuyo ambiente recuerda a todo esto: suciedad, barro, lluvias, frío... Vandalismo, hipocresía, estiércol...

Odio este campamento. Tal vez debería haber muerto, por lo menos así se hubiera acabado todo.

-Alejandro... -susurro girándome hacia él. Él gira la cabeza débilmente hacia mí y me mira. Con la oscuridad que nos rodea apenas puedo apreciar el contorno de su nariz.

-Dime, Tara -me contesta susurrando también. Vuelvo a mirar al cielo, avergonzada.

-¿No piensas a veces que hubiera sido más fácil morirse? -pregunto. Él me mira, sorprendido, y continuo - Soy fuerte, o por lo menos intento serlo, pero muchas noches me planteo si ser un monstruo no es muy distinto a lo que somos ahora. La única diferencia entre ellos y nosotros es que nuestro corazón late, y por tanto nos da miedo. Ellos no soportan eso, ellos simplemente... vagan, tienen instintos. No sé si es preferible sentir miedo o no sentir nada en absoluto -me callo. Creo que he hablado demasiado. Alejandro no ha apartado la vista de mí en todo este tiempo, y eso me hace ponerme nerviosa.

-Tal vez tengas razón. Pero por algún motivo los que estamos aquí hemos sido... digamos escogidos para esta misión. Yo no pienso rendirme, a pesar de que yo también tengo la mayor parte de las veces la sensación de no hacer más que retrasarlo todo. Todos moriremos, y cuando muramos va a dar igual si hemos muerto luchando que rindiéndonos, porque todos acabaremos siendo lo mismo. Pero yo quiero que niños tengan la posibilidad de vivir, de vivir y de tener un corazón que les lata, de poder respirar, de poder... No sé, pero creo que no debemos rendirnos porque todo lo que nos queda es ésto, luchar por la libertad de decidir.

-Tienes razón, perdóname -digo avergonzada al cabo de unos largos segundos. Alejandro se ríe suavemente, casi sin ganas podría decirse, y vuelve a mirar hacia las estrellas -. ¿Estas triste?

-Un poco sí, pero da igual. Estaba pensando.

-¿En qué?

-En todo lo que hemos perdido.

-Yo no creo que nos lo mereciéramos...

-Yo si lo creo -dice solemnemente. Le miro, interesada-. La gente en las ciudades iba cada una a su royo, pensando en sus cosas. Pero sólo pensaban en si mismos, en las cosas que les podrían servir para mejorar. La gente apenas tenía chispa, carecía la mayoría de esa chispa de la vida en los ojos. Eran... como muertos andantes, sin sueños, sólo con obligaciones y deberes. Tristes, vacíos y egoístas. Yo creo que todo esto tal vez sea un escarmiento para todos ellos.

-... No lo sé, nunca lo había visto así. Tú en tu vida... ¿eras feliz?

-Me siento más útil ahora, aunque soy más infeliz que antes. Es complicado, no sabría explicártelo. ¿Y tú?

-Yo si era feliz. Mucho. Tenia amigos, familia, un novio cachas, sueños... Ahora casi no me queda nada de eso, sólo un grupo de amigos extraño, un padre marimandón y ningún sueño.

-¿Y tu novio cachas? -pregunta medio en burla. Me giro hacia él y le saco la lengua, sonriendo.

-No era más que una excusa para que me dejaran salir hasta más tarde de las 12 las noches que él venía a recogerme a casa. No le quería, aunque estaba cachas -nos reímos, burlones. Él asiente y volvemos a quedarnos callados, cada uno recordando los momentos en los que habíamos sido felices en nuestra antigua vida.

-Hace frío... -susurro calentándome los brazos con las manos -. No esperaba que bajara tanto la temperatura

Alejando se pega un poco más a mí. Le miro con intriga unos segundos, pero abre su chaqueta y me dice con la mirada que puedo acurrucarme contra él.

-No hace falta, de verdad, si no tengo tanto frío...

-Vas a coger una hipotermia, y como eso te pase no tenemos mucho que hacer aquí arriba. Anda, no seas tonta, a mí no me importa -me dice. Me lo pienso unos segundos, pero un escalofrío decide por mí y me acurruco contra él. Cierra la chaqueta a mi alrededor, abrazándome con unos brazos que en un principio me parecieron más débiles de lo que ahora los noto. Sonrío de la vergüenza y trato de no mirarle a la cara.

-Entonces... ¿qué ocurrió en el hospital?

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