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Por Azufre_antimonio - 2 de Enero, 2010, 13:28, Categoría: Departamento de información

Muchas gracias a todos por los comentarios ^^ Parece que las Navidades están sentando bien a la historia (aunque todos sabemos que deberia estudiaren vez de escribir, en fin), asi que espero que os guste y si es la primera vez que entrais, os animo a leer esta historia desde el principio.

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Entro en la cabaña lo más silenciosamente que puedo, intentando imitar a un ratoncito en medio de una tormenta. Supongo que será tarde, no es plan de andar despertando y menos sin un motivo. Llego a mi litera y subo conteniendo la respiración para que no chasque ruidosamente como hace siempre… en vano. El chillido parece rebotar contra mi cerebro y hace eco dentro de mi cabeza. Que dolor, parece chillar la cama.

-¿Dónde has estado? –oigo la voz de Sara susurrar a mi lado. Está tumbada en la cama frente a la que yo me encuentro, justo debajo de mi colchón chirriante. Acabo de subirme a mi cama y dejo caer mi mano hasta la suya. Me la estrecha tras vacilar un instante y noto que tiene la mano fría y curtida con los dedos callosos y fuertes de tanto labrar la tierra. Pobre mano, pienso al tocarla.

-Recogiendo la historia de un superviviente –le contesto en voz baja. Nos quedamos calladas un rato.

-¿Al final has empezado, verdad? –me pregunta. Le estrecho la mano con más fuerza -. ¿Qué te pasa, Josefina?

-… No lo sé. Tengo un poco de miedo de repente –le confío. Creo que Sara es en la única persona en la que confío un poco, tal vez sea por su carácter duro y cabezón, que intuyo que no se dejará matar por nada ni por nadie. Además, se que tiene tanto o más miedo que yo y me reconforta saber que no estoy sola en esto, aunque sé perfectamente que no soy la única que está así.

-No seas tonta, anda. No tienes por qué tener más miedo que ayer, estamos exactamente igual. Si fuera que una ola de zombis se acerca a nosotros y vienen a comernos, lo entendería, pero no que el miedo venga del día a la mañana.

-Es que… no puedo evitar recordar a mi familia. La echo de menos

-¿Tu padre no sigue por aquí vivo? –me pregunta. Desvío la mirada.

-A mi padre nunca lo he sentido de la familia. A los que extraño son a mi madre y a mis hermanos.

Oigo como Sara se levanta de la cama y sube chirriante hasta la mía. Me empuja sin delicadeza y la miro con sorpresa, apartándome antes de que me consiga echar a empujones. Nunca ha tenido ningún gesto de cariño conmigo, ni el más mínimo que se pueda comparar a decidir dormir conmigo una noche de pesadillas.

-¿Sara? –consigo murmurar por la sorpresa. Ella parece olvidarse de mí y se mete bajo las sábanas sin pedirme permiso. Yo alucino con esta mujer, normalmente es tan arisca y de pronto le dan gestos cariñosos como este. Aunque, la verdad, me gusta que tenga estos detalles, aunque preferiría que no fueran con cuentagotas.

-¿Prefieres que me vuelva a mi cama? –me amenaza. Niego con la cabeza y la recuesto contra la almohada, de cara a ella. El pelo corto le queda extremadamente mal, la verdad, y más cuando la miras tan de cerca. Sus ojos… ¿son grises o azules? Miran hacia el techo de la caseta, pensativos. Me agrada tener a alguien tan cerca, tener tanto calor tantas veces tan próximo. Así no me siento tan vulnerable como por las noches cuando me toca dormir sola, con el frío que baja de los cero grados revoloteando a mi alrededor y colándose hasta el fondo de mi alma. El frío, por dios, odio el frío. Sara, además, es tan fuerte y me protege tanto… -. A mí me gustaba que mi madre durmiera conmigo cuando tenía miedo…

La miro con intriga y dejo de respirar unos segundos para no interrumpirla. Sara nunca habla de sí misma, nunca.

-Cada vez que papá nos pegaba, mamá y yo dormíamos juntas. A veces nos dolía tanto el cuerpo y el alma que teníamos que estar llorando varias noches seguidas, pero siempre juntas.  Cuando sabíamos que papá había bajado a bar a beber y volvería borracho también dormíamos así, abrazadas y tiritando del miedo, pero así nos dábamos fuerza y calor una a la otra, como los perritos de una camada –murmura. Parece hablar más para sí misma que para mí, así que decido no moverme hasta que haya acabado.

Nos quedamos en silencio.

-¿Tuve que matarle, sabes? Antes incluso de que supiera que era un zombi le pegué con una silla en la cabeza varias veces hasta que se la destrocé por completo.  Estaba totalmente manchada de sangre, de arriba abajo, y en las paredes había salpicado, y a mi madre también le habían llegado fluidos. Todo estaba hecho un asco, pero lo que no podía quitarme de la cabeza de que papá había intentado matarnos a mí y a mamá. Yo… por aquellos días podía haberlo dado todo por mi madre, porque ella lo habría dado todo por mí. Y por eso me convertí en la asesina del hombre que nos había destrozado la vida todo ese tiempo.

Sara permanecía tensa, mirando más allá de mí, casi como si estuviera viendo su historia detrás de mi cabeza.

-Decidimos que lo mejor era irnos a la comisaría a confesar, ya que habíamos intentado llamar a la policía varias veces y sólo nos salía el contestador que nos explicaba que las líneas estaban saturadas. Decidimos que lo contaríamos todo, el maltrato y las vejaciones incluidas. También las violaciones que sufría mamá día sí y día también. Desde luego, cualquiera hubiera estado de acuerdo con nosotras en que sólo estábamos defendiéndonos y que nos había intentado matar a mordiscos.

>> Así que salimos, pero en cuanto llegamos a la calle nos dimos cuenta que algo no iba bien. La calima de ese día no había desaparecido, y parecía que hubiese dejado un manto de terror en las calles, tú también lo notarías.  La gente corría por la calle, y había muchos que estaban manchados de sangre, como yo, y con heridas en todos sitios. Pero cuando miré más allá vi como muchas de las personas que andaban lo hacían con las bocas babeantes de sangre que no les pertenecía. Uno de ellos tenía la mandíbula inferior desencajada y andaba detrás de una chiquilla que no debería superar los 8 años de edad. Pues bien, sólo te diré que la chiquilla esa no llegó viva a informativo de las 8. Y todo esto lo vimos en vivo y en directo, delante nuestras narices ese hombre se comió viva a la niña.

>>Es vomitivo, lo sé ¿Tú sabes lo típico de las películas de zombis donde a la chica se le caen las llaves delante del coche? Algo así nos pasó antes de volver a entrar en tropel dentro del portal. Subimos corriendo las escaleras, rezando por que en casa estuviéramos a salvo, y en cuanto entramos hicimos una barricada con el sofá y las estanterías delante de la puerta.  Y salimos al balcón.

>>Estuvimos varios días en el balcón, mirando a la gente correr debajo. Al principio eran más vivos que muertos, pero nos fijamos que en cuanto eran mordidos, morían –dependiendo de la gravedad de la herida –y volvían a la vida para comerse a más gente. Pero qué te voy a contar a ti, serás tan experta en zombis como yo… No nos lo podíamos creer cuando lo vimos, pero eso explicaba  la forma de moverse de papá cuando entró a por nosotras. Mi teoría es que entró mordido y una vez dentro acabó de morir para renacer de nuevo… como el ave fénix.

>>Conseguimos contactar con el vecino de arriba, que nos contó que planeaba irse a coger un barco que tenía en el muelle y que si queríamos ir con él. Le dijimos que si, así que recogimos todas las latas de conservas que teníamos en casa y las botellas de agua y salimos hacia su coche. Habían pasado casi 3 días desde la infección, pero en esos tres días habíamos observado mucho desde el balcón, así que íbamos todos bien armados con cuchillos jamoneros, raquetas y palos de beisbol. Yo, además, llevaba mi violoncelo a la espalda, pero porque prefería morir con él que tener que irme dejándolo atrás. Por si no te lo he dicho, pero tengo la carrera de violoncelo en el conservatorio y la música es mi vida.

>> Te digo, conseguimos avanzar hasta el coche, pero con el coche apenas anduvimos un kilómetro hasta la Avenida Tres de Mayo, que estaba totalmente embotellada por la gente que quería salir de la ciudad.  Así que dejamos el coche allí y corrimos a la desesperada, como todos los que nos rodeaban. Había tanta gente que ya no podías diferenciar a los infectados y a los que no lo estaban. De repente sonó un disparo y todo el mundo comenzó a correr en todas direcciones, a empujar y a gritar. Era la primera vez en mi vida que había escuchado un disparo y el resultado era aterrador. Dejé de notar la mano de mi madre en un momento determinado, de los empujones que recibíamos de todos lados. Tampoco volví a saber nada más del vecino, lástima, porque era buen hombre. Corrí todo lo que pude y salté y golpeé más que nadie. Así pasé a formar parte de los supervivientes. No recuerdo bien donde me escondí hasta que pasó todo.

Sara se calla y cierra los ojos. Puedo notar su dolor desde aquí, intenso y caliente. Espero para asegurarme de que ha acabado de narrar, para no interrumpirla. Me acerco más a ella y la abrazo con fuerza. Se deja mimar, cosa que creo que debería hacer más a menudo.

-¿Y… tu madre? –pregunto. Ella niega con la cabeza.

-No lo sé. No está en el campamento, así que supongo que estará muerta y vagando por ahí. Pero… ella no se lo merece. Ella si acaso, merece ser un ángel por todo lo que ha hecho en su vida por los demás.

Sara tiene los ojos cerrados, pero no caen lágrimas de ellos. Supongo que habrá llorado mucho los primeros días, pero ahora todas las lágrimas se han secado. Yo ya no lloro por mis muertos, aunque si los extraño. Echo de menos a mi hermano y a mi madre, así que no puedo imaginarme cómo sufrirá ella si su madre era tan importante en su vida. Yo tenía la típica relación de adolescente, ni buena ni mala, pero mi casa casi parecía mi hotel donde sólo paraba a dormir.

-Oye… -murmura muy bajito. Me acerco para oírla -, ni se te ocurra incluir esto en tu libro o me encargaré de que tu próxima comida sepa demasiado a orina para ser normal –dice abriendo los ojos y sonriendo. Correspondo a la sonrisa, triste.

-Menos mal, ya me había creído que te habías vuelto sentimental –le murmuro sacando la lengua. Ella niega con la cabeza y nos tumbamos mirando hacia arriba, haciendo crujir de nuevo la litera. No sé si es recomendable ponerle el peso de dos cuerpos encima…

-Mejor no  movernos mucho o nos quedamos sin camas –le digo. Ella se queda en silencio pero sé que me ha escuchado, así que le cojo la mano con ternura, calentándole los dedos con los míos.

-Tienes siempre las manos heladas… -le comento. Asiente mientras cierra los ojos. Su cara refleja un cansancio imposible de resistir.

-Es por una mala circulación, me ha pasado siempre. Por eso tengo que tocar el cello con guantes sin dedos, para intentar hacerlos entrar en calor. Oye, mejor durmamos ya o mañana no habrá quien nos levante.

-Vale. Mañana yo no tengo taller ni nada así. ¿Crees que podríamos ir a los coches abandonados? –le pregunto. Ella asiente con la cabeza.

-Tengo todos los horarios en mente, no te preocupes. Podemos ir y hacernos ricas cuando volvamos –me sonríe. Suspiro, feliz.

-Buenas noches –le digo. Ella se queda en silencio un rato y a mí se me van cerrando los ojos poco a poco.

-Buenas noches, Tarita –me responde, o eso creo. Si es así, es la primera vez que me llama Tara en todo lo que nos conocemos. Y si en realidad ha dicho Josefina… significa que estoy demasiado dormida para ser consciente de la realidad. En cualquier caso, me alegro poder dormir con ella.

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