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Por Azufre_Antimonio - 8 de Febrero, 2010, 4:07, Categoría: Departamento de información

-¿Crees que nos descubrirán? –pregunto. Me siento como una niña pequeña que ha desobedecido a sus padres por hacer  una gamberrada… aunque más o menos eso es lo que ha pasado. Después de escalar por  las montañas, meternos por barrancos empinados  y llenarnos, en definitiva, de polvo, conseguimos salir del campamento. Se supone que por aquí no debemos encontrar ningún ser vivo, y yo espero por mi integridad tanto física como psíquica no encontrarnos tampoco con ninguno muerto.

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Sara niega con la cabeza. Se la ve decidida, y casi puedo intuir la fuerza que emana a su alrededor como si de algo físico se tratara.  Parece saber a dónde se dirige, aunque a mí me parece todo igual: tierra. Sólo tierra a un lado y a otro, pero ahora entiendo por qué las Cañadas es el sitio ideal para esconderse de estos monstruos. Cuando vine, recuerdo vagamente una caminata muy, muy larga, de varias horas. Es precisamente por eso por lo que estoy un poco desanimada, aunque la histeria me da un poco de fuerzas. Si nos ven por aquí, no dudo que nos castigarán severamente. Y peor, si encontramos a uno de esos monstruos no nos quedará otra que correr por nuestra vida.

-No seas gallina, Josefina. No nos va a pasar nada –me contesta Sara mirando hacia el frente. Es muy fácil decir eso cuando no se tiene miedo, pero… ¿y si se equivoca?

-¿Cómo estás tan segura?

-Yo te protegeré, si temes a los zombis. Me he enfrentado ya contra varios y, si te vienen de uno en uno, se puede soportar. Créeme… me he peleado contra humanos mucho peores que esos bichos. Ellos, por lo menos, están así porque otro les mordió y no pudieron hacer nada por evitarlo, así que en cierto modo son sólo víctimas de las circunstancias.

-Pero estamos aquí por su culpa, Sara. No puedes olvidar que son ellos los que nos están comiendo a nosotros –le digo. Se para y me mira de reojo antes de volver a andar.

-No, nena, estamos aquí porque nos lo hemos buscado. Esto, realmente, no es motivo para hacernos los inocentes. Aquí hay dos tipos de personas: las que como tú intenta quitarse las culpas de todo, y las que como yo ve la culpa que tuvo en todo y trata de no volverlo a hacer. ¿Cómo estás tan segura de que no fue algo biológico que inventamos, eh? La calima naranja no era normal y lo sabes. Y eso, Dios no lo pudo hacer de la nada.

Me quedo callada y desvío la vista. Sara asiente, conforme.

-Más te vale pensar que nosotros somos inocentes de todos los males del mundo. Todo se iba yendo a la mierda poco a poco, y sólo nos hemos dado cuenta de cómo estábamos cuando ocurrió el ataque.  Yo estoy completamente segura de que nos espera algo importante, de que no ocurrió porque si.

-No estoy tan segura. Ten en cuenta que es algo que ha ocurrido en todos sitios a la vez, así que no tiene sentido que haya sido una guerra bacteriológica, porque incluso los atacantes se habrían visto afectados.

-¿Y crees que a ellos les importa que millones de muertes ocurrieran? Yo creo que no. Que esperarían a que todos los no-muertos desaparecieran para volver a hacerse con el mundo, sin nadie que los molestase. Y mientras tanto, estarán esperando en un bunker acorazado o cualquier pajada de esas.

Me quedo callada, pues no me atrevo a contradecirla. Tal vez diga la verdad, o tal vez sólo sean pensamientos sin fundamento, pero desde luego todo es posible. Además, presiento que como sigamos discutiendo mucho más tiempo voy a acabar con alguna herida superficial de algún golpe. No sé por qué, pero Sara me da miedo bastante a menudo.

Caminamos en silencio, al principio con una tensión considerablemente palpable en el aire, pero al cabo de las horas desaparece y se ve remplazada por el calor y el agotamiento de andar. Andar por este suelo es casi una misión imposible, y desde luego agota más que caminar sobre asfalto. No sé cuantas horas llevaremos andando, pero si en la vuelta vamos a estar cargando cosas se me va a hacer eterna…

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Nos vamos acercando a un edificio, ya se ve de lejos. Fue ahí donde pusieron el cordón policial para que los coches no llegaran más allá. Yo supongo que esa zona ya estará desinfectada de zombis, pero por si acaso hay que estar alerta al 200%, siempre puede haber una sorpresa.

Sara parece pensar lo mismo que yo, porque veo que de su mochila saca un cuchillo. No demasiado afilado ni grande, pero lo suficiente para sentirnos un poco más seguras. Avanzamos con cautela hasta que llegamos al comienzo de la caravana de coches.

Debe de haber unos 200 coches, aparcados como podían, la mayoría con las puertas abiertas de par en par como si sus conductores hubieran salido en tropel huyendo. Dios mío, que estampa tan desoladora…

Miro de reojo a Sara, recordando que ella se enfrentó a algo parecido en Santa Cruz. Fue en un sitio así donde perdió a su madre, así que esta visión debe de traerle demasiados malos recuerdos. Pero su cara sigue seria, pensativa. Sin mostrar emoción alguna, se adelanta un par de pasos, adentrándose en la marea de coches que parecen estar muertos. La sigo con cautela porque no quiero quedarme sola y sin ningún arma.

Miro los coches. El de mi derecha tiene una sillita de bebé en su asiento trasero, cosa que hace que se me parta el corazón. Tanta muerte… no hay manera de saber si ese bebé sobrevivió y está en el campamento o por el contrario se quedó como bebe zombi.

Muchos coches, la mayoría, están goteados con sangre. Supongo que hubo varios infectado que intentaron llegar a un sitio seguro, así que eso explica la sangre. Esos infectados murieron y atacaron a los otros, creando una marea de seres entre vivos y muertos que corría para salvarse.  Tal vez, incluso, no viniera ningún infectado y hubiera habido un accidente de tráfico que dejara un par de muertos que se levantaran para comerse a los demás. Quién sabe…

-Tú examinas los coches y yo te cubro, ¿ok? –me pregunta Sara. Veo que ha avanzado un par de pasos y yo sigo a la altura del coche de la sillita de bebé, así que voy hasta ella y asiento.

Nos ponemos manos a la obra, muy en silencio por si sigue habiendo algún ente perdido entre los coches. Revisamos uno a uno y nos damos cuenta de que ya alguien ha tenido la misma idea que nosotros de saquearlos, probablemente los militares. Pero aún así quedan algunas cosas que nos podemos llevar y que luego podemos vender en el campamento. Creo que es mejor eso que prostituirnos, al menos.

Sara ha traído una bolsa de plástico… por Dios, hace cuantísimo tiempo que no veo una bolsa de plástico, con lo normales que eran antes…  Metemos todas las cosas dentro, cualquier cosa que nos pueda ser de ayuda y a la gente le pueda interesar. Encontramos bastantes pilas, un par de chicles –con lo que Sara tuvo un ataque de risa -, algunas botellitas de agua, abrigos sobretodo…como botín acaba siendo suculento, pero nada en comparación con lo que me había imaginado al principio. Pero, en fin, algo es algo.

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-Date prisa, no quiero que me pille la noche aquí –sonrío y saco del maletero el último gran botín encontrado.

-Tachan, una linterna. Por si nos pilla la noche, algo tendremos.

-Sí, para tirársela a la cabeza a esos cabrones, ¿no? No podemos llegar al campamento con un haz de luz o nos descubrirán al entrar –contesta. Da un golpe seco en el capó del coche-. Vámonos ya de vuelta al campamento, ¿de acuerdo? Ya tenemos lo que necesitábamos.

Cierro la bolsa y me la ato a la muñeca, NI me molesto en cerrar el maletero del vehículo antes de comenzar a andar detrás de Sara en dirección a nuestra casa. Lo de hoy ha estado relativamente bien, por lo menos hemos conseguido entretenernos con la caminata. Mañana seguramente me duelan todas las piernas, pero ahora mismo lo que me molesta es el frío en los dedos. Ando hasta llegar a la altura de Sara en cuanto hemos salido de la caravana de coches.

-¿Cómo estás? –le pregunto. Ella se gira hacia mí y hace una mueca intentando sonreír. El resultado es una sonrisa triste, pero por lo menos es una sonrisa.

-Bien. Vamos a sacar bastante provecho, aunque es una lástima que los cerdos del ejército se lo llevaran todo antes. Por cierto, me quiero quedar con el cubo de rubik que hemos encontrado. Cuando estoy en el campamento de alimentación, los días son un calvario.

-¿Por qué te presentaste para trabajar cultivando la tierra si no tenías ninguna experiencia previa? –le pregunto. Ella niega con la cabeza.

-Si la tuve. Mi madre vivía en una granja a las afueras de Copenhague y yo me pasaba en la finca la mayor parte de mis veranos, así que aprendí bien. Además, como te dije antes, yo sí creo que seamos culpables de lo que nos ocurrió y que debemos hacer algo a cambio.

-¿Es muy duro labrar la tierra?

-Realmente no. Es algo agotador, pero estamos bien organizados. Lo peor es la ida y la vuelta, el miedo que da. Si vieras cuantísimos monstruos quedan por ahí repartidos… Todos se agolpan contra el camión y más de una vez no hemos podido seguir avanzando. Es entonces cuando los militares son de gran ayuda, porque quitan de en medio esos cuerpos descerebrados.

Pienso, como hago demasiado a menudo, en todo el miedo que ha tenido que pasar esa chiquilla. Si yo me hubiera acercado a menos de 100 metros de algo que se pareciera el lugar donde sufrí yo el ataque de los zombis, entraría rápidamente en la histeria más absoluta. Sin embargo, ella ha entrado en una caravana de coches abandonados, justo como el sitio donde perdió a su madre, y ha salido con el mismo rostro impasible. ¿Será capaz de sentir el dolor aún, o ya lo habrá desactivado?

Ella carga dos de las bolsas y yo cargo la tercera. Volvemos todo el camino en silencio, en parte por agotamiento y en parte por todo lo que hemos visto en ese día. Duele saber que hay muchos sentimientos que intentan aflorar pero que no saben cómo.

La luna comienza a salir antes incluso de que se haya ocultado el sol. Me da la impresión de que se ve mucho más grande de lo que se veía en la ciudad, pero no sé si son cosas de perspectiva o son imaginaciones mías. Comienzo a contemplar el cielo de nuevo y como, con la oscuridad que comienza a reinar, van saliendo las estrellas. A unos cuantos pasos de mi, Sara enciende la linterna y alumbra nuestro camino.

Cuando calculo que quedan pocos minutos para llegar al campamento, tiemblo de miedo. Sara se gira hacia mí, cuchillo en alto y escuchamos más atentamente. Un gemido, a lo lejos. Ahogado y tenebroso… como el de un ser no-muerto que acaba de visualizar a su presa. Nos miramos con terror y siento en la garganta el corazón latiéndome. Todo a mi alrededor se vuelve más oscuro y no sé realmente si mi cuerpo respondería a salir corriendo ahora mismo. Sara alumbra a nuestro alrededor y afortunadamente nos encontramos solas. Pero está ahí, lo oímos.

Sara me coge de la mano y me obliga a avanzar rápidamente hacia el campamento. Huir del sonido es a única solución. No entiendo muy bien lo que se propone, y cuando me doy cuenta avanzamos de frente y agitando el haz de luz de la linterna hacia las torres de vigilancia. Noto como nos apuntan con un potente foco y me tapo la cara con la mano para escapar de la repentina claridad.

-¡Identificaos! –nos gritan desde allí a través de un altavoz. Sara agita la linterna un par de veces más. ¡Estás loca, Sara, van a descubrir que nos escapamos!, pienso. MI boca sigue seca. No puedo quitarme de la mente el aullido del zombi. Esta cerca, demasiado cerca, aunque desde aquí  soy incapaz de escucharlo. Ha debido de subir poco a poco y está a punto de entrar en el campamento. Un solo zombi podría acabar con toda la vida que llevamos construyendo tanto tiempo.

-Sara y Josefina, del sector norte del campamento. ¡Tenéis que venir ahora mismo! –chilla Sara. No sé que se propone, pero el rayo de luz me molesta en la cara. Tenemos que escapar o el no-muerto nos encontrará…

Unos hombres armados con pistolas y ametralladoras bajan hasta nosotras. Nos apuntan y nos obligan a tumbarnos boca abajo en el suelo, poniendo las manos sobre nuestras cabezas. ¿Qué irán a hacer con nosotras ahora?

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-Tenéis que escucharme… -susurra Sara desde el suelo -. Hemos oído un zombi que nos debió haber seguido hasta aquí. Detenedlo antes de que ocurra algo –exclama. Sus ojos piden ayuda y, por primera vez desde hace meses, no puede hacer nada para solucionar el problema. Ya lo entiendo, por eso nos hemos dejado capturar…

Los soldados hablan entre ellos al oír la declaración de la chica. Después, un grupo se dispersa y se adentra en la oscuridad, linterna y ametralladora en mano. Esperamos en silencio hasta que oímos que el walkie-talkie de otro soldado comienza a sonar.

-¡Lo tengo a tiro, señor! Se trata de un infectado de unos 18 años, cabello claro y piel… descompuesta. Viene hacia mí. ¿Disparo? –pregunta. Su superior nos mira y responde afirmativamente. Desde la derecha suena el ruido de un par de disparos y todos aguantamos la respiración.

-Objetivo eliminado, señor –dice el walkie. Suspiramos aliviados y el que supongo que es el jefe nos mira atentamente.

-¿Habéis tenido contacto directo con algún infectado? ¿Os han mordido o arañado? –pregunta. Su voz es áspera, tiene el pelo canoso y más músculos de los que yo pensaba que existían.

-No señor. Ni hemos encontrado a ninguno ni nos han mordido. Sólo hemos oído un gemido a lo lejos y hemos venido hasta aquí a avisarles –susurra Sara. Creo que me voy a orinar de miedo…

-¿Y qué hacíais fuera del campamento? –pregunta el soldado de mi derecha. Me da una ligera patadita con el empeine para señalarme que debo contestarle yo.

-Fuimos… a ver los coches abandonados –susurro. El militar se agacha a mi lado y me pide que le repita. Tenerlo tan cerca hace que se me escape un gemido de miedo. Nos van a fusilar…

-Andrés, déjela. Llevémoslas y revisadlas si es cierto que no tienen ninguna herida. Si es así, dejadlas marchar –ordena el jefe del grupo. Veo como levantan a Sara a pulso y la veo alejarse entre un grupo de soldados forzudos. Acto seguido noto como el  suelo desaparece a mis pies y me arrastran a mí también. No sé a dónde vamos y lo único que veo de Sara son los pies que se arrastran. La bolsa del tesoro se queda atrás y en ese momento sé que si salimos vivas de esto, debemos sentirnos afortunadas.

No sé cuánto tiempo somos arrastradas ni hacia dónde vamos, pero levanto la cabeza y lo descubro: el Parador. Pienso por un momento en Alejandro y sonrío un poco. No, dudo que lo vaya a ver, seguramente me lleven a algún lado que nada tenga que ver con el hospital.

No sé qué va a ser de mí. Se llevan a Sara por un pasillo y a mí por el pasillo contrario. El pensar que no vamos a estar juntas me aterra, pero no más que el hecho de que dos militares me estén arrasando edificio adentro.

Llegamos a una sala y me tiran dentro. Es una sala pequeña, sin nada, que seguramente perteneciera al portero y a las escobas. Ni siquiera tiene ventanas por las que mirar, supongo que para que no salte y me escape.

Cierran la puerta y me quedo en el más absoluto silencio y oscuridad. Me encojo hasta la pared del fondo y me abrazo las rodillas, orinándome del puro terror. Encojo el cuerpo hasta volverme el ser más pequeño del planeta y lloriqueo al encontrarme tan sola. No alcanzo a verme ni siquiera la punta de los dedos extendidos, así que podría haber cualquier animal, vivo o muerto, rondándome alrededor que yo no me daría cuenta. Y esto me hace llorar aún más fuerte, por la mala suerte que hemos tenido y la mala idea que fue salir. Mierda, mierda, mierda…

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