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Departamento de sanidad

9

Por Tachikoma - 29 de Agosto, 2009, 3:29, Categoría: Departamento de sanidad

Conteniendo la respiración, sujeté el picaporte de la puerta con fuerza. El agente de policía tragó saliva antes de levantar su arma. Victoria se llevó las manos a los oídos. El doctor se limitó a bajar la cabeza y cerrar los ojos.

-¿Preparado? –susurró el policía.

Asentí lentamente, sin poder apartar la vista del cañón del arma que apuntaba directamente hacia mí. El más mínimo error y…

-¡Ahora!

Sin pensar en lo que hacía, abrí la puerta de golpe y me tiré al suelo, apretándome los oídos con ambas manos. Los dos estampidos que siguieron me dejaron sumido en un desorientador silencio, sólo roto por un desagradable silbido agudo. Recuerdo haber empezado a reírme tras pensar que, tal y como estaban las cosas, lo iba a pasar mal si las células muertas de mi oído volvían para acabar con las que aún me quedaban. Mi risa tonta acabó  en cuanto noté algo grande y pesado caer sobre mí, dejándome sin aire de un golpe. En aquel momento supe que estaba perdido. El plan había fallado y una de esas cosas había logrado cogerme. Suelen decir que cuando estás a punto de morir, ves pasar toda tu vida en un instante. Yo simplemente me quedé en blanco, sin saber en qué pensar.


-¿Estás bien?

Apenas pude oír la voz como un eco lejano, pero fue suficiente para devolverme a la realidad. Agité todo mi cuerpo desesperadamente, luchando por quitarme aquél peso de encima. Cuando al fin conseguí darme la vuelta y salir de ahí me arrastré hacia el otro extremo de la habitación, donde me senté contra la pared e intenté recuperar el aliento. Entonces comencé a palpar todo mi cuerpo en busca de la herida fatal que sin duda debía de tener en algún lado. Al no encontrarla, levanté la vista hacia mi agresor. Una inmensa euforia me invadió al ver que el cuerpo se hallaba totalmente inmóvil y que gran parte de su cabeza se encontraba repartida en pequeños fragmentos por toda la habitación. La euforia dio paso a la vergüenza cuando vi todas las miradas posadas en mí.

-Estoy bien –me apresuré a decir, intentando sonar natural- estoy bien. No ha sido nada.

-Venga, vámonos ya –dijo el policía.

        Salimos fuera de la habitación, pasando cuidadosamente por encima de los cadáveres de nuestros atacantes. Victoria gritó una advertencia mientras señalaba al otro extremo del pasillo. El cuerpo de un anciano se arrastraba torpemente hacia nosotros. No tenía piernas con las que ponerse en pie, y aun así abría y cerraba su boca sin dientes como un pez fuera agua, en un patético intento por cogernos.

-Vaya por Dios, don Arcadio –rezongó el Dr. Reinier- con lo que nos había costado sacarlo adelante.

-No podemos dejarlo así –dijo Victoria, sin apartar los ojos del anciano.

-Yo me encargo –respondió el policía.

-¡No! –le detuve – tal y como está no es una amenaza para nosotros, y podemos necesitar las balas ahí abajo.

        Se hizo un silencio incómodo. Todos sabían que tenía razón. Sin decir ni una palabra, nos dimos la vuelta y nos alejamos de allí.




-Bueno, ya hemos salido de esa condenada habitación –dijo el guardia civil - ¿y ahora qué?

-Tenemos que bajar a los quirófanos –respondió Victoria –hay que cortar el brazo del doctor antes de que sea demasiado tarde.

-No lo veo nada claro. Deberíamos preocuparnos primero por salir de aquí, y ya luego los médicos  harán lo que le tengan que hacer con ese brazo.

-Sí, pero ya viste lo que pasó con tu compañero. No podemos arriesgarnos

-¡Y para no arriesgarnos a que a él le pase nada, nos vamos a arriesgar a que nos maten a todos quedándonos aquí dentro! Es absurdo.

-Bueno, a ti nadie te ha preguntado, vete si te da la gana.

        El ambiente empezaba a ponerse tenso. Victoria siempre fue una cabezona que no aceptaba que le llevasen la contraria, pero en este caso estaba cometiendo un grave error de juicio. Y me extrañaba que el doctor Reinier permaneciera en silencio, sin defender una opinión ni la otra. Probablemente estuviera manteniendo su propia discusión interna al respecto. 

-Mira, hacemos una cosa –respondió al fin el guardia civil – los quirófanos están en la planta menos uno, ¿verdad? Os acompaño hasta la planta baja. Ahí ya vemos cómo está la situación en la entrada y decidimos. Quizás ya hayan llegado los de emergencias y estén atendiendo a los heridos.

-Vale. Vayamos por aquí, al ascensor.

-¿Al ascensor? Ni muerto –intervine yo- Bueno, muerto quizás, pero vivo ni hablar.

-¿Y eso ahora por qué? –Victoria comenzaba a exasperarse.

-Tú no has visto muchos zombis por tu pueblo, ¿no? Los ascensores son una trampa mortal. Si te metes en un ascensor y hay un par de ellos esperando abajo se lo has dado todo hecho ya. Se ponen las botas, vamos. Carne en lata.

-Venga, por las escaleras –interrumpió el policía – pero vámonos de una maldita vez.

-Primero necesitamos armas. –Dije – Tú eres el único que va armado.

El guardia civil se llevó la mano al cinturón y desenfundó su defensa extensible. Tras dármela, miró a Victoria y se encogió de hombros.

-Me temo que tú vas a tener que limitarte a chillar.

        Victoria le dirigió una mirada de odio y ya estaba preparando una réplica cuando les detuve, señalando al puesto de control de enfermería.

-Ahí tiene que haber algunas tijeras, aunque sea.

        Tras rebuscar un instante acabamos encontrando unas tijeras bastante grandes, aunque no muy amenazadoras. Victoria las miró fijamente, con aspecto inseguro.

-Servirán –le dije, intentando devolverle la confianza- El truco está en apuñalar con fuerza entre los ojos, justo encima del puente de la nariz, la glabela, ¿te acuerdas?

-El punto más débil del cráneo, sí.

-Y que no te muerdan mientras lo haces. Agárralos por el cuello con la otra mano para inmovilizarlos, si hace falta.

-Vale, sí.

-¿Prefieres la porra?

-No, no, las tijeras están bien.

-Procura mantenerte lo suficientemente lejos como para no tener que usarlas.

-Vale –asintió para sí misma, agarrando las tijeras con fuerza- ¿y usted, Doctor?

-Como para una guerra estoy yo –respondió el médico, señalándose la mano herida –las peleas creo que os las dejo a vosotros.

-¿Vamos o no vamos? –dijo el guardia civil, que se había adelantado unos metros por el pasillo.

-Sí, vamos, vamos –dije yo, haciendo burla  del tono impaciente del policía –que se nos escapa el autobús y a ver luego de dónde sacamos dinero para un taxi. Que yo me lo he gastado todo en el desayuno.

-Mira, chaval –respondió, alterado- que estemos atrapados en un puto hospital lleno de zombis no quita que te pueda soltar una hostia.

-¡Ala, peleas entre supervivientes! Como en las películas…

-Dejadlo ya, ¿no? –Interrumpió el doctor –a ver si por la tontería vamos a acabar todos mal.

        Finalmente, emprendimos la marcha hacia la planta baja. Caminamos despacio, intentando no hacer demasiado ruido, mirando hacia todas las esquinas. Yo me encontraba embargado por una mezcla de emociones contradictorias. Euforia, por haber conseguido sobrevivir hasta el momento; melancolía, porque sabía que aunque consiguiéramos salir de allí, ya nada volvería a ser lo mismo; y pánico, por supuesto, porque nada garantizaba que fuéramos los protagonistas de esta nueva película de terror en la que de pronto estaba atrapado. Ningún guión nos protegía, nadie observaba atentamente nuestras acciones esperando que llegásemos hasta el final. ¿Estaríamos destinados simplemente a formar parte de las malolientes mareas de cadáveres reanimados?




        Un gesto de advertencia del policía me sacó de mis reflexiones. Ya estábamos en la primera planta, y el camino había transcurrido sin incidencias. Sin embargo, justo en el último tramo de las escaleras, lo que por el uniforme parecía un auxiliar de enfermería se tambaleaba torpemente, tratando de bajar los escalones uno por uno. Tras conseguir bajar de esta manera casi hasta el final, un mal paso le hizo caer desplomado al suelo, haciendo un desagradable crujido al golpearse en plena cara. A pesar de haberse destrozado la mandíbula, comenzó a agitar los brazos para deslizarse escaleras abajo.

-Dame eso –dijo el guardia civil, extendiendo la mano hacia la porra que yo llevaba.

        Se la di. Él bajó lentamente hasta colocarse a la altura del muerto, que pareció no darse cuenta hasta que lo tuvo encima. En ese momento, el policía clavó una rodilla sobre su ensangrentada espalda e introdujo el bastón metálico entre sus dientes, inmovilizándolo así completamente. Entonces, tras forcejear un poco, logró colocar la cabeza del cadáver sobre el filo de un escalón.

-¡Corre, ven! –Me dijo, mientras luchaba por mantenerlo en esa posición -¡Aplástalo!

        Tardé unos segundos en entender el plan, pero al final bajé rápidamente y me coloqué enfrente de él. Con cuidado de que no me agarrara el tobillo, levanté el pie y lo descargué con todas mis fuerzas contra la cabeza del muerto viviente. Un escandaloso chasquido resonó por todo el lugar cuando su cráneo reventó contra el bordillo del escalón. El cuerpo se volvió flácido y dejó de resistirse, así que el policía le soltó. Tras pasar un par de veces la porra por la bata del cadáver, me la devolvió.

-Bien hecho.


      

         En aquel momento me invadió una oleada de orgullo. Había conseguido acabar con otro más. Quizás esto no iba a dárseme tan mal, después de todo. Pero entonces escuchamos un grito. Alguien pedía ayuda desesperadamente. Corrimos la distancia que nos quedaba desde las escaleras hasta la entrada principal. Lo que vimos ahí nos dejó desolados.

        La puerta de cristal del hospital estaba totalmente cerrada. Cerca de una veintena de cuerpos sin vida aporreaban el cristal, intentando llegar hasta la gente que se agolpaba al otro lado, aterrorizada. Unos cuantos se encontraban repartidos por el suelo, arrancando pedazos de cadáveres que había por la zona y llenándose las bocas. Uno de ellos masticaba ruidosamente los intestinos de un hombre en una silla de ruedas, con el gotero del suero aun conectado a su brazo.




        En ese momento vimos a un hombre gordo y con bigote salir cojeando hacia nosotros desde la cafetería del hospital, pero antes de que pudiéramos reaccionar un puñado de muertos cayó sobre él, tirándolo al suelo y clavando los dientes por todo su cuerpo. Admito con cierta culpabilidad que la imagen de aquellas cosas desmembrando a aquél hombre indefenso me causó una enfermiza fascinación. La carne separándose de los huesos, las vísceras derramándose sobre el suelo, y todo aquello acompañado de unos gritos que hubieran puesto los pelos de punta a cualquiera. Los demás no compartieron mi curiosidad, y alguien incluso vomitó ahí mismo. Pero yo seguí mirando hasta que algunas de las criaturas repararon por fin en nosotros y comenzaron a avanzar, emitiendo un gemido de alerta.



-No queda más remedio –dijo Victoria, mientras corríamos lejos de ahí –Tenemos que bajar a los quirófanos.

-Estaremos más seguros si subimos a la torre del helicóptero –respondió el policía –Parece que las escaleras no son su punto fuerte. Además, podrían rescatarnos desde allí.

-Fíjate que yo estoy de acuerdo en eso –añadí, intentando que Victoria cambiase de parecer.

-Pues que os vaya bonito –dijo finalmente, alejándose hacia las escaleras sin mirar atrás.

        El doctor vaciló un instante antes de seguirla. El policía resopló y mascullo una serie de obscenidades antes de girarse hacia mí, con gesto desesperado.

-Joder con la señorita. ¿Y ahora qué?

-Nos veo en los quirófanos -respondí, encogiéndome de hombros.



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4

Por Tachikoma - 29 de Marzo, 2009, 23:01, Categoría: Departamento de sanidad

      Un cegador destello interrumpe mi relato. Intento cubrirme los ojos con las manos, dolorido y sobresaltado, mientras oigo unas voces delante de mí.

-¡Eh, los de ahí!-gritan -¡Deténganse ahora mismo! ¡Las manos en alto!

        Aunque de mala gana, procuro obedecer con la mayor diligencia. Las patrullas nocturnas del ejército tienen órdenes de ser especialmente precavidas, todo por el bien del campamento. Pequeños incidentes como este son el precio de vivir en el único lugar seguro de toda la maldita isla, y quién sabe si del mundo.

-Hablad –dice uno de los soldados al acercarse, apuntándonos con su rifle –Decid algo ya, joder

-¡Cerebro! –gimo yo, imitando a los clásicos zombis de ciertas películas.

-¿Alejandro? –Dice el soldado mientras baja apresuradamente el arma –tío, no tiene ni puñetera gracia.

        Ya recuperado del deslumbramiento de las linternas, consigo ver a los componentes de la patrulla. Son dos tipos con los que me llevo bastante bien, Carlos y Simón. No es que sean los típicos militares prepotentes e idiotas de las películas de los americanos, pero cuando tienen que ponerse serios, lo hacen. Cuando están fuera de servicio, en cambio, son la gente más simpática y agradable que hay. Se los presento a Tara, quien se mantiene en un discreto silencio, no sé si porque está molesta con la interrupción o por pura timidez.

-¿Qué tal vais? -les pregunto.

-Bien, bien –responde Carlos, el que me había estado apuntando.- Mira, no os alejéis mucho del campamento a estas horas, ¿vale?

-Al menos no esta noche –añade Simón, en un tono nada tranquilizador.

-¿Qué pasa esta noche? –asalta rápidamente Tara.

-Que estamos nosotros de guardia.

-Sí tío –dice Carlos –No nos hagáis currar más de la cuenta.

        Tras un breve silencio en el que nadie parece tener nada más que decir, nos despedimos para seguir cada uno nuestro camino. Antes de separarnos, Simón me da un codazo al pasar por mi lado, mientras susurra por lo bajo algo así como "que te aproveche". Creo que ha malinterpretado totalmente el hecho de haberme encontrado con una chica a estas horas de la noche y tan lejos del campamento. Cuando ya se han alejado lo suficiente, Tara intenta reiniciar la conversación.

-¿Amigos tuyos?

-Sí.

-¿Qué te dijo el tipo aquél?

-Nada importante.

        Seguimos caminando un minuto más, en silencio. De pronto me detengo y miro al cielo. La luna está a punto de esconderse tras el horizonte. Dejo que el aire frío llene mis pulmones lentamente y tras soltarlo decido sentarme en el suelo. Tara hace lo mismo.

-¿Te has fijado en el cielo a estas horas? –le pregunto

-Sí –me responde, mientras bosteza -¿por qué lo dices?

-Me refiero a justo este momento, cuando desaparece la luna tras las montañas.

-En realidad no suelo quedarme despierta hasta tan tarde

-Pues mira

        Me echo hacia detrás, tumbándome en el áspero suelo, y ella me imita. Mientras esperamos intento fijarme disimuladamente en la chica. Está muy oscuro y la abundante ropa de abrigo que lleva me impide apreciar bien su figura, pero parece que está bastante bien. Cuando gira su cabeza vuelvo a alzar la mirada rápidamente hacia el cielo, con el pulso acelerado. Llevo demasiado tiempo sin pasar un rato a solas con una chica, y me está costando mantener la sangre fría. Está tan cerca que podría olerla perfectamente si no fuera por lo mal que le sienta el aire frío a mi nariz. Aunque la situación comienza a ponerme tenso, me alegra ver que todo lo por lo que he pasado no ha acabado con esa parte de mí.

        La luna por fin desaparece, y con ella el manto de blanquecina luz que velaba el cielo nocturno. En un instante, el firmamento aparece ante nuestros ojos en toda su magnitud, como nunca podríamos haberlo visto en nuestras antiguas vidas. Estrellas, planetas, nebulosas, estrellas fugaces, una infinidad de figuras luminosas sumergidas en un océano de un negro infinito. Tara emite un sonido de satisfacción al verlo, y su rostro adquiere una preciosa sonrisa natural, la primera que le veo desde que la conocí hace apenas unas horas.

-¿Qué es eso? –pregunta al cabo de unos minutos, señalando uno de los puntos.

-¿El qué? –respondo, arrimándome más a ella con la excusa de ver mejor a dónde señala.

-Eso que se mueve, tan despacito. No parece una estrella fugaz.

-Debe de ser un satélite artificial.

Inmediatamente, la sonrisa desaparece de su rostro para dar lugar a una expresión  algo melancólica. Aunque su mirada sigue fija en el cielo, parece estar mirando al vacío.

-Es algo triste, ¿no crees? Tan lejos como pudimos haber llegado, y ahora parece que vamos a acabar tal y como empezamos. Escondidos en las montañas, huyendo de los depredadores. Como salvajes en la edad de piedra. Fuimos capaces de añadir nuestro propio puntito luminoso a todo ese firmamento que parece inalcanzable, y ahora míranos, apagándonos poco a poco. Dentro de poco, el único monumento que quedará de lo que fuimos es esa cosa, girando eternamente sin propósito. Y no habrá nadie para llorarnos.

La verdad es que no sé qué responderle. Por mi propia salud mental procuro no darle demasiadas vueltas a esas cosas, aunque reconozco que este paisaje nocturno invita a la reflexión. Te hace sentir insignificante, como un grano de arena más en el desierto. Tras un breve silencio tan solo se me ocurre decir:

-Bueno, no te preocupes. Ese satélite no estará en órbita para siempre, tarde o temprano acabará desintegrándose contra la atmósfera.

        La chica entra progresivamente en un ataque de risa tonta. Al verla, no puedo evitar reírme con ella. Tras un rato riéndonos como idiotas se gira hacia mí con una expresión decidida en el rostro, y alzando la grabadora dice solemnemente:

-Tenemos una historia que contar. Debe quedar registro de lo que hemos vivido.

        La verdad es que lo último en lo que tengo ganas de hacer en este momento es recordar. Trago saliva,  y tras mirarla fijamente  a los ojos durante un rato, me giro hacia el cielo estrellado y reanudo mi relato.

  

  
 

        "Así que ahí estábamos todos, encerrados en aquella habitación de paredes blancas y con dos camas, mirándonos sin decir nada. El guardia civil que aún estaba de una pieza se sentó en una silla y resopló, inquieto. Su compañero, inconsciente, respiraba lenta y pesadamente en su camilla, totalmente cubierto de sangre. El Dr. Reinier se observaba fijamente la mano herida, pensativo. Victoria me miraba con expresión anhelante, como esperando a que yo tomara una decisión. Y fuera, aquellos monstruos seguían aporreando la puerta una y otra vez, sin ceder al desaliento. Saqué mi teléfono móvil del bolsillo con la esperanza de poder contactar con alguien.

-Ni lo intentes –dijo el policía –Las líneas están ocupadas.

        Antes de darme por vencido al menos tenía que intentarlo, y así lo hice. Efectivamente, en la pantalla del móvil apareció un mensaje de <<error de conexión>> en cuanto pulsé el botón de llamada.

-¿Y tu emisora? –pregunté.

-Ya he dado el aviso, pero resulta que no somos los únicos con problemas.

        Me paseé por la habitación, barajando nuestras posibilidades. Lo peor iba a ser convencerles de abandonar al policía herido y al Dr. Reinier. El constante martilleo en la puerta no me ayudaba nada a concentrarme en elaborar un plan.

-Les vacié el jodido cargador a esas viejas -dijo de pronto el guardia civil.

-Tenías que haberles disparado en la cabeza –respondí yo.

-¿Qué te crees que son, putos zombis? –gritó el agente, alterado.

-Creo que eso está bastante claro –interrumpió el doctor, abriendo la boca por primera vez desde mi llegada pero sin dejar de mirar su mano.

-Y una mierda –dijo el agente.

        El guardia civil se levantó de la silla y salió al pequeño balcón, donde permaneció medio minuto antes de volver a entrar.

- Mira, no me puedo creer que estéis pensando en chorradas en un momento como este, ¿de qué vais?

- Murió esta mañana

- ¿De qué coño estás hablando?

- La señora que me mordió –respondió el médico, dirigiendo su ojerosa mirada al policía -murió esta mañana. Ingresó con una neumonía, que acabó complicándose hacia una sepsis. Esta mañana entró en un severo fallo multiorgánico y murió, delante de mis ojos. No tuvimos tiempo de llevarla a la morgue, ya que media hora después un auxiliar vino corriendo a avisarme de que el cuerpo estaba convulsionando. Llegué a tiempo para verla levantarse de la camilla y ponerse en pie. Llevaba semanas sin poder ni siquiera moverse para ir al baño. Y ahora mírela.

- Pero entonces, su herida... –comenzó Victoria.

- Solo es un mordisco. –interrumpió el doctor –Basta con limpiar un poco la herida y tomar antibióticos.

- Pero si es como en las películas...-dije yo.

- Esto no es una película, señorito.

-Lo que quiere decir Alejandro –indicó Victoria – es que la mordedura de esas cosas podría haberle transmitido...algo. Podría convertirse en una de esas cosas si no hacemos algo.

-No tenemos evidencia ninguna de que se trate de una enfermedad infecciosa –respondió el médico, alzando el tono de voz.

        Nadie respondió. La negación es un mecanismo natural de defensa psicológica, y en este caso estaba más que justificado. No podía hacer nada por convencerle salvo esperar a que él mismo se rindiera ante la evidencia.

-Tenemos que salir de aquí. –dije, al cabo de un rato – Ahí fuera ya sólo quedan dos, podemos encargarnos de ellas prácticamente sin problemas.

-Pues yo digo que de aquí no se mueve nadie hasta que no vengan a sacarnos –interrumpió el guardia civil, señalando a su compañero – No podemos dejarle solo en este...

        No llegó a terminar la frase. El policía herido empezó a agitarse en la camilla, emitiendo unos angustiosos estertores y poniendo los ojos en blanco, como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico. De pronto se quedó rígido como una tabla y dio un escalofriante alarido.  Todos nos quedamos de piedra, mirando fijamente en silencio durante largos minutos. El cuerpo yacía inmóvil, en la camilla, sin signos de vida.

-Prepara tu pistola –le dije al guardia civil cuando conseguí salir de mi estupor

-¿Qué? –respondió, atónito.

-La pistola, ¡sácala! –gritó Victoria –rápido!

        Lo que vino a continuación no fue inesperado, pero fue bastante espeluznante. El cadáver del policía comenzó a agitarse de nuevo, esta vez de una forma más sutil y siniestra. Primero los brazos, después las piernas. Una sacudida recorrió todo el cuerpo, haciendo que se arquease sobre la camilla. Finalmente, y tras permanecer unos segundos totalmente inmóvil, se incorporó e inspeccionó la habitación con su mirada ausente.

La impresión que causa ver un cadáver en movimiento es bastante extraña. La ausencia de respiración y otros movimientos espontáneos como parpadear o tragar saliva hace que parezcan artificiales, como figuras hechas en cera. Además, sus miembros suelen estar rígidos, lo que hace que se muevan de una forma muy forzada, como si fueran marionetas. Su mirada no es maligna y penetrante como suele verse en muchas películas; al contrario, rara vez suelen mirarte a los ojos, y su expresión es bastante indiferente, como si se tratara de sonámbulos. En conjunto, todo su aspecto sumado al desagradable gemido que emiten da lugar a una imagen bastante sobrecogedora.

El cadáver reanimado se levantó torpemente de la  camilla y comenzó a caminar arrastrando los pies hacia el guardia civil, que le miraba estupefacto.

-¡Dispárale, vamos! –gritamos todos los que contemplábamos la escena.

        Al final, el guardia civil reaccionó a tiempo y apoyó el cañón de la pistola en la frente del muerto. Antes de apretar el gatillo, murmuró una disculpa. El estampido que vino luego nos dejó sumidos en una total sordera durante un minuto. Un desagradable pitido era el único sonido que podía escuchar a través de mis oídos. El olor a pólvora llenó la habitación y me provocó un ataque de tos. El cuerpo del cadáver permaneció unos segundos de pie antes de desplomarse al suelo, con todos los sesos desparramados a su alrededor. Una de sus piernas aún se agitó un instante antes de quedar inmóvil, esta vez para siempre. En aquél momento me di cuenta de que un disparo no era algo tan emocionante y limpio como en las películas de acción.

        Al cabo de varios minutos, cuando recuperamos de nuevo la audición, el médico dijo tajantemente:

-Tenemos que bajar al quirófano. Hay que cortar este brazo antes de que sea demasiado tarde.

-Eso no suele funcionar – dije yo.

-¿Por qué, porque lo dicen tus películas? ¡Al cuerno con tus películas! ¡Despierta ya de una vez! Maldito crío...

        Siempre tuvo un carácter bastante desagradable. Lo bueno es que por fin todos se habían dado cuenta de la gravedad de la situación. Lo malo era que, en lugar de ponernos a salvo, íbamos a acabar metiéndonos de lleno en la boca del lobo. Y es que sólo me faltó una mirada a Victoria para saber que su estricto código moral iba a obligarnos a acompañar al doctor hasta el final."

        Hago una pausa en mi historia para ordenar las ideas. A mi lado, un repentino ronquido rompe el silencio de la noche. Tara se ha quedado profundamente dormida, con la grabadora encendida. Con una sonrisa, se la apago y pienso si despertarla o no. Hace frío, pero la ropa de abrigo que llevamos es muy efectiva. Todo está muy tranquilo. Sigo mirando las estrellas mientras pienso en lo bien que se está aquí arriba, lejos del infierno que dejamos detrás, y antes de que me dé cuenta mis ojos ya se han cerrado.

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3

Por Tachikoma - 24 de Marzo, 2009, 0:24, Categoría: Departamento de sanidad

     

      Hace ya un buen rato que el sol se ha puesto, dejándonos sumidos en una oscuridad casi total solo rota por el tenue brillo que nos llega desde las hogueras del campamento. Hago una pausa en mi relato para beber agua de una botella que me ofrece mi entrevistadora mientras aprovecho para ordenar mis ideas. Tara mira hacia el infinito, con aire pensativo, y al rato su voz corta el silencio.

-Entonces, ¿los médicos no sabían nada? ¿No hubo avisos de epidemias en Asia, ni nada por el estilo?

-Nada de nada –respondo- El cine moderno nos ha metido en la cabeza que algo así sólo puede ocurrir por culpa de virus descontrolados y esas cosas, pero la realidad ha resultado ser bien distinta. Ocurrió de la noche a la mañana, y en todo el mundo al mismo tiempo. A día de hoy seguimos sin tener una explicación: no hay  ningún virus, radiación cósmica o lo que sea. Como ya sabes, ni siquiera se trata de una enfermedad contagiosa, cualquier cadáver se reanima haya sido mordido o no. Es como si simplemente hubiera dejado de haber sitio en el infierno.

-Bonita forma de describirlo.

-Lo he sacado de una peli.

               En ese momento, algo capta nuestra atención. Un vehículo del ejército llega por la carretera y se detiene justo en la entrada del Parador. Dos hombres bajan y entran en el edificio, para salir al poco tiempo cargando un par de sacos que meten en el maletero del vehículo. En menos de un minuto han vuelto a desaparecer.

-¿Qué fue eso?-pregunta Tara, intrigada

-Eran residuos del hospital. Cada día se genera un montón de basura potencialmente peligrosa para la salud del campamento, así que se la llevan a un lugar bien alejado para quemarlo todo.

-Ah -responde, no muy convencida -Es que... me pareció que uno de los sacos se movía, o algo.

Mi pulso se acelera, y espero que mi voz suene natural al responder.

-Pues yo los vi bastante quietos los dos.

-No sé, me ha dado esa sensación, pero está demasiado oscuro. Da igual.

               Tras un breve silencio en el que Tara se queda mirando fijamente hacia las ventanas del Parador, me quejo del frío que hace y propongo caminar un rato para entrar en calor. Ella está de acuerdo, así que nos levantamos y saco de un bolsillo de mi chaqueta una pequeña linterna. A la chica parece hacerle gracia ver cómo le doy vueltas a la manivela que hace que mi linterna pueda funcionar sin pilas. Cuando creo que ya está lo suficientemente cargada la enciendo y comenzamos a caminar, procurando no tropezar en el pedregoso terreno.

-Entonces, ¿volviste a entrar en el hospital?-pregunta Tara, tras poner en marcha la grabadora

-Sí. En aquel momento no pude evitar tener la sensación de que estaba a punto de cometer un tremendo error, pero no podía evitarlo: había hecho una promesa y ahora me sentía obligado a cumplirla.


               "Hay ciertos detalles que uno tiene que tener en cuenta antes de meterse de cabeza en un edificio lleno de muertos vivientes. Lo más importante es que hay que llamar la atención lo menos posible. En cuanto una de esas cosas te ve y comienza a gemir  atrae a todas las que se encuentren cerca, y a pesar de lo que digan algunos bravucones, es casi imposible enfrentarte a más de uno al mismo tiempo sin llevarte algún mordisco. Lo segundo es que tienes que evitar que te agarren; una vez hacen presa  no hay forma de quitártelos de encima. Por eso es tan importante no llevar el pelo muy largo ni ropa demasiado suelta. Otra cosa importante es llevar encima algún objeto lo suficientemente contundente o afilado como para machacarles los sesos. Las armas de fuego son menos útiles de lo que parece, entre el ruido que hacen y lo poco que dura la munición al final siempre te acaban dejando tirado en medio de una situación muy delicada.

               Con todo esto en mente, lo primero que hice fue quitarme la bata y dejarla por ahí. Luego examiné el entorno en busca de algo que pudiera usar como arma. En la recepción del hospital había muchos ancianos con muletas y bastones que podrían haberme venido de maravilla, pero no creo que hubieran estado dispuestos a dármelos voluntariamente. ¿Te imaginas? <<Disculpe señor, ¿me podría dejar su bastón? Es que tengo que cargarme un par de zombis>>. También pensé que en la cocina restaurante podría conseguir algún cuchillo, pero rápidamente deseché la idea por la misma razón. Cuando ya empezaba a perder los nervios, reparé en que la pared en la que estaba colgado el desfibrilador portátil estaba acordonada, y que el cordón estaba sujeto por unas barras metálicas con una peana en la base. Sin pensarlo más, desaté la cinta y levanté uno de los soportes y lo sopesé. Era demasiado pesado como para ser un arma cómoda, pero serviría hasta que pudiera encontrar algo mejor.

               Creo que la imagen de un estudiante de medicina blandiendo una barra de metal antes de volver a entrar en el hospital debió de tener un efecto poco tranquilizador en la multitud que se agolpaba en la entrada, pues el jaleo se volvió más intenso. <<No les queda nada>>, pensé en aquel momento, intentando escudarme psicológicamente ante la crueldad del destino que les esperaba en caso de que la situación no se controlara rápidamente.

               Armándome de valor, finalmente me decidí a internarme en aquél laberinto de pasillos y escaleras en el que tan fácil era perderse en cualquier momento. Mientras subía hacia la sexta planta, el eco de varios disparos resonó por todo el hospital, rápidamente seguido del escándalo de la alarma de incendios. Un tropel de médicos y enfermeras comenzó a bajar en estampida, obligándome a apartarme antes de que me arrollaran. Parecía que aquella marea de gente no iba a terminar nunca, y por más que me fijara, la persona a la que yo estaba buscando no se encontraba entre la multitud. ¿La habrían cogido? En aquél momento, recé para que se hubiera puesto enferma y no hubiera venido ese día. No me sentía capaz de hacer lo correcto si la encontraba sujetándose la herida de un mordisco.

               Cuando por fin cesó el flujo de gente, seguí subiendo. Casi me caigo escaleras abajo al resbalar con algo que resultó ser un reguero de sangre dejado atrás por alguno de los que huían. Ese detalle me puso muy nervioso, significaba que el camino de vuelta podría ser más peligroso que el de ida. Aun así, seguí subiendo hasta llegar a la planta sexta, ya jadeando por el esfuerzo. Me extrañó mucho no encontrar ninguna de esas cosas siguiendo el rastro de la estampida de gente, pero muy pronto, una serie de golpes resolvió el misterio. Al doblar la esquina y entrar en el pasillo en el que se encontraban todas las habitaciones de los ingresados, vi a tres pacientes machacar la puerta de una de las habitaciones. Las tres eran mujeres muy ancianas, una de ellas extremadamente delgada y casi sin pelo ni dientes, las otras dos bastante obesas. Aporreaban la puerta distraídamente, como si no tuvieran ganas o fuerzas, pero tan obsesionadas con llegar al otro lado que ni siquiera repararon en mi presencia hasta que no les grité.

               Inmediatamente, las tres se giraron y comenzaron a avanzar hacia mí, con los brazos extendidos y emitiendo unos asquerosos gemidos guturales mientras boqueaban como peces fuera del agua. Mientras caminaban, pude fijarme en que sus batas tenían varios agujeros en la zona del pecho. Al parecer, los disparos provenían de quienquiera que estuviera al otro lado de la puerta, probablemente los dos guardias civiles que había visto subir antes. Parece que no se les había ocurrido probar a disparar directo a la cabeza, y habían decidido encerrarse en la habitación a la espera de refuerzos. Puede que hubiera alguien más con ellos dentro, tenía que comprobarlo.

               La mujer huesuda fue la primera en alcanzarme, pues iba considerablemente más rápido que las demás al tener que arrastrar menos peso. Alcé la barra por encima de mi cabeza y le golpeé con todas mis fuerzas con la parte de la peana. El fuerte chasquido que sonó me hizo pensar que había conseguido partir el cráneo, y efectivamente, la señora cayó desplomada. Sólo por si acaso, y llevado por el frenesí asesino en el que me había sumido la adrenalina, seguí golpeándola en el suelo hasta que su cabeza no era más que una especie de pulpa rojiza con trozos de hueso desperdigados por el suelo. El hecho de que no sangrara me alivió considerablemente, pues hasta el momento aún albergaba la duda de si eran de verdad lo que yo creía que eran o estaba equivocado. Sin ningún lugar a dudas, esa gente estaba total y completamente muerta.

               Aún estaba con la mirada perdida en los restos de mi primera víctima cuando las otras dos me alcanzaron. Venían las dos muy juntas, así que no podía deshacerme de ellas de una en una. Intenté levantar la barra de nuevo, pero los brazos me fallaron. En lugar de atacar, comencé a retroceder hasta llegar a la sala de espera, donde tendría el suficiente espacio como para evitarlas y correr de nuevo hacia el pasillo. Al llegar a la puerta, grité a los de dentro que me dejaran pasar. No recibí respuesta alguna, y las dos señoras comenzaban a acercarse peligrosamente de nuevo. Intenté girar el picaporte y para mi sorpresa, la puerta se abrió. Al ver a aquellas tres machacar la puerta de esa manera me había dado por pensar que estaba trancada desde dentro, pero no. Afortunadamente, estos no eran de los que sabían manipular objetos.

               Nada más entrar, uno de los guardias civiles salió corriendo a recibirme, pistola en mano. <<¡Entra ya de una vez, joder!>>. No hacía falta que me lo dijera dos veces. Cerré la puerta detrás de mí y dejé la barra metálica en el suelo mientras recuperaba el aliento. Detrás de mí, comenzaron de nuevo los insistentes golpes.  Una vez me tranquilicé, inspeccioné la habitación. Delante de mí el policía se guardaba la pistola de nuevo en la cartuchera. En una de las camillas estaba tumbado su compañero, gravemente herido a juzgar por el enorme charco de sangre que le rodeaba. En la otra camilla había sentadas dos personas con bata. Una de ellas era el Doctor Reinier, que se sujetaba una mano envuelta en unos paños ensangrentados. La otra era ella, Victoria, a quien yo había venido a sacar de este infierno. Me siguió mirando unos segundos con expresión incrédula antes de levantarse corriendo a abrazarme. <<No me lo puedo creer>> me decía, en un tono de voz que reflejaba la angustia que estaba pasando. << Está pasando de verdad, ¿no? ¿Cómo podías saberlo? Dios mío, ¡sácame de aquí!>>

               Su cara estaba más pálida que de costumbre. El miedo que emanaba de su mirada me hizo sentir culpable de haberla hecho escuchar durante todos estos años mis locuras acerca de cómo la humanidad iba a ser devorada por los muertos vivientes. Por supuesto, todo eran bromas, pero a ver cómo se lo explicaba yo ahora. A ver con qué cara le decía que todo iba a salir bien y que no era para tanto. Lo único que me quedaba era recordarle que ella me había hecho prometerle, quizás en broma también, que la salvaría si algún día nos atacaban  los zombis. Ahora, por mi honor, pensaba cumplir mi promesa. Y si no, haber tenido la boca cerrada".


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Por Tachikoma - 16 de Marzo, 2009, 22:44, Categoría: Departamento de sanidad

Hoy ha sido un día duro. Los ha habido mucho peores, desde luego, pero el de hoy ha sido horrible. Este clima no es el ideal para los enfermos, y eso está pasando factura. Hoy han muerto dos señoras mayores, una por problemas respiratorios y otra por una infección generalizada de causa aún no determinada. Lo bueno es que ya no tendremos que escuchar los insistentes lamentos de esta última resonando por los pasillos del improvisado hospital.  Sí, puede sonar cruel, pero lo cierto es que estaba empezando a afectar enormemente a los ánimos del personal. Luego están las seis horas diarias de charlas teóricas a las que nos someten a los estudiantes en uno de los salones del Parador. Nunca se me ha dado bien atender en clase, pero saber que estás viviendo el maldito fin del mundo, cuanto menos, distrae. Nos dicen que ahora somos más imprescindibles que nunca, que somos la primera línea de defensa contra la extinción de la humanidad, pero lo que veo en mis largas horas de guardia es que con todos nuestros antibióticos y nuestros cuidados intensivos no estamos haciendo nada más que prolongar la agonía a la que estamos sometidos. Y si no, que se lo pregunten a las dos señoras de esta mañana. Sí, están muertas, pero eso hoy en día ya no supone un obstáculo tan grande, ¿verdad?

Tras intercambiar las quejas de costumbre me despido de mis compañeros y me dirijo a la entrada del Parador, donde me han pedido que me encuentre con alguien que quiere hacerme unas preguntas. Malditas las ganas que tengo ahora mismo de atender a nadie. A saber qué quiere. Espero que sea rápido.

Al salir al exterior, vuelvo a notar el intenso frío del que estaba protegido gracias a la calefacción del edificio (alguna ventaja tenía que tener, somos los únicos a los que nos permiten gastar combustible en calefacción, por el bien de los enfermos). El sol se está poniendo, dando al cielo ese colorido tan especial que uno no puede apreciar bien desde la ciudad. Es una hora del día bastante melancólica, en la que hemos perdido el sol pero aún no podemos ver las estrellas. Por algo será que es la hora del día en la que mayor es el índice de suicidios entre los supervivientes. Busco con la mirada y ahí encuentro a mi entrevistador, envuelto en un abrigo militar que parece hecho para alguien dos o tres veces más grande. Al acercarme, veo que se trata de una chica bastante joven. Y bastante mona, también. Quizás no me venga mal pasar un ratito hablando con ella, en estos días en los que uno no ve nada más que cosas desagradables a donde quiera que mire.

-Hola, ¿eres el médico con el que iba a hablar?

-Bueno, sí. Estudiante, no soy médico aún –respondo, mientras me acerco a darle los dos besos de saludo –Me llamo Alejandro.

-Encantada de conocerte. Yo soy Tara.

-¿Tara? ¿Eso qué es, guanche?

-No -responde medio molesta –es el nombre de la diosa de la Tierra según mitos paganos. Y desde luego, suena mejor que "Josefina Cabeza de Vaca"

-¿Te llamas Josefina Cabeza de Vaca?

-Eso pone en mi DNI –responde riéndose.

-Vale, Tara suena bien. Vamos a sentarnos por ahí, ¿vale? Estoy molido. ¿Qué querías preguntarme?

-Estoy intentando recoger las historias de los supervivientes. Ya sabes, dónde estaban cuando todo empezó, que hicieron… todo eso. Pondré la grabadora, si no te molesta, para transcribirlo más tarde.

-No habrá ningún problema, claro. ¿Llevas mucho recopilando historias? – ella niega con la cabeza mientras nos sentamos en el suelo. No es el sitio más cómodo pero sí el que más cerca tenemos.

-No, la tuya es la primera. Necesitaba un comienzo interesante, ya sabes, para demostrarle a la gente que no ando con demasiadas chorradas.

-Bien, pues empiezo.  ¿Está grabando ya? Vale.  


  

"No a todos nos cogió por sorpresa. Algunos sabíamos que ese día llegaría. No sabíamos cuándo, ni siquiera si estaríamos allí para verlo, pero algo en nuestro interior nos decía que acabaría pasando. Pero eso no quiere decir que estuviéramos preparados. Por muchas películas que uno vea, por muchos libros que te leas, no puedes estar preparado para algo así.

        Mi historia, como la de casi todos, empieza ese martes por la mañana. La noche anterior había dormido fatal. ¿Sabías que todo el mundo durmió fatal aquella noche? No sé si sería el calor o algo más, pero nadie pudo conciliar el sueño tranquilamente. A la mañana del martes, nada más salir a la calle se veía que no iba a ser un día normal. Una intensa calima teñía el cielo de un color anaranjado. El polvo en suspensión se te metía por todas partes, dejándote toda la garganta seca y dolorida. Recuerdo coger el autobús hacia el hospital universitario, donde hacía mis prácticas de segundo ciclo de medicina desde las ocho de la mañana. Nada más llegar me llamó la atención la gran cantidad de ambulancias y coches de la policía que había a la entrada. No era la primera vez que lo veía, pero esas cosas siempre te dejan pensando en qué habrá ocurrido.

        El cambio de guardia de aquella mañana fue bastante peculiar. Todos los médicos que estuvieron de guardia por la noche contaban casos de pacientes histéricos y violentos, y más de uno venía con alguna venda, refiriendo haber sido mordidos por gente que hasta hacía unas horas estaban en cama y sin fuerzas para ponerse en pie. Por más que lo discutieron, ni los médicos más viejos y experimentados pudieron dar una explicación convincente a un fenómeno que muchos tildaron de "curioso".  Por supuesto, a estas alturas mi imaginación estaba rebosando de historias de zombis y muertos vivientes arrancando ferozmente las ristras de chorizo que hacían las veces de tripas en muchas de las películas que yo solía ver. Ya estaba pensando en las caras que pondrían mis amigos al hablarles del tremendo brote de pacientes zombis en el hospital, cuando vi al primero.

Era un varón de 52 años, con sida, al que habían operado de hace una semana de cáncer de colon izquierdo (lo sabía porque yo había estado en la operación). La operación no había resuelto gran cosa, y el pobre hombre estaba en las últimas. En tan solo una semana había perdido una cantidad brutal de masa corporal, y la última vez que le vi parecía apenas un esqueleto recubierto de piel, postrado en su camilla y enchufado a los goteros. Mi sorpresa fue mayúscula cuando esa mañana, al ir a la planta le vi salir de su habitación, deslizando torpemente los pies por el suelo, medio desnudo (las batas para pacientes sólo tapan por delante) y arrastrando su gotero, aún conectado a las vías que le habían cogido. Recuerdo que mi corazón se aceleró mientras pensaba algo así como "¡tío, es igual que un zombi!". La escena dejó de resultarme graciosa cuando una de las enfermeras fue corriendo a sujetarle para devolverle a su habitación y el paciente se le tiró encima y le arrancó media cara de un sólo mordisco. Las demás enfermeras empezaron a gritar histéricamente, y tras una pausa en la que me quedé abobado viendo cómo aquél tipo tan débil y delgado masticaba el trozo de piel y carne que acababa de arrancar, me lancé sobre él y apreté lo más fuerte que pude su cuello con mis manos, procurando dejarlo inmóvil de cara al suelo con mi rodilla sobre su espalda. Desde luego, su debilidad era sólo aparente, el tío empezó a revolverse y a lanzar dentelladas para intentar cogerme, pero afortunadamente los de seguridad aparecieron a tiempo y se encargaron de él. El subidón de adrenalina hace que recuerde vagamente lo que pasó a continuación, pero sé que dejaron al tipo atado y amordazado en su camilla y se llevaron corriendo a la enfermera a los quirófanos para tratar la horrible herida que le había quedado en media cara. Recuerdo haberme fijado, mientras jadeaba por el esfuerzo y la tensión, en que podía ver unas cuantas de sus muelas a través del agujero en la mejilla. También recuerdo ver a uno de los guardias de seguridad sujetándose la mano con un pañuelo lleno de sangre.

Mientras estaba ahí, en medio del pasillo, pisando el charco de sangre y observando todo lo que ocurría a mi alrededor con cara de tonto, me embargó una enorme sensación de urgencia. Todo me parecía tan irreal...pero sabía lo que estaba ocurriendo. Estaba dispuesto a creérmelo. Y sabía lo que tenía que hacer. Bajé corriendo las escaleras hasta llegar a la primera planta, donde estaba la salida. Por el camino puede escuchar varios gritos, pero no me detuve a ver qué pasaba. Al pasar por delante de la cafetería vi un grupito de policías salir corriendo y dirigirse hacia el interior del hospital, arma en mano. Fuera, en la calle, había un montón de gente con expresión preocupada, intentando llamar por teléfono, preguntando, gritando. Muchos se abalanzaron sobre mí a acosarme con preguntas, supongo que al ver mi bata. Procuré tranquilizarlos y decirles que no entraran en el hospital, que se quedaran fuera y esperaran a que la situación estuviera controlada. Pero no podía decirles lo que estaba pasando. Podía intentar hacérselo a entender a una persona, a dos, pero no a una masa de gente nerviosa y asustada.

Ya estaba corriendo hacia la parada del autobús para huir hacia  mi casa y cerrar puertas y ventanas cuando me dio por pensar en lo que había ocurrido. Si de verdad había llegado el día en el que los muertos vivientes se alzaran y reclamasen la tierra, todo el mundo en ese hospital iba a morir.  Yo no podía hacer nada por impedirlo, no podía ayudarlos a todos.  Pero había alguien ahí dentro a quien tenía que salvar."


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