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12

Por Azufre_Antimonio - 8 de Febrero, 2010, 4:07, Categoría: Departamento de información

-¿Crees que nos descubrirán? –pregunto. Me siento como una niña pequeña que ha desobedecido a sus padres por hacer  una gamberrada… aunque más o menos eso es lo que ha pasado. Después de escalar por  las montañas, meternos por barrancos empinados  y llenarnos, en definitiva, de polvo, conseguimos salir del campamento. Se supone que por aquí no debemos encontrar ningún ser vivo, y yo espero por mi integridad tanto física como psíquica no encontrarnos tampoco con ninguno muerto.

.

.

Sara niega con la cabeza. Se la ve decidida, y casi puedo intuir la fuerza que emana a su alrededor como si de algo físico se tratara.  Parece saber a dónde se dirige, aunque a mí me parece todo igual: tierra. Sólo tierra a un lado y a otro, pero ahora entiendo por qué las Cañadas es el sitio ideal para esconderse de estos monstruos. Cuando vine, recuerdo vagamente una caminata muy, muy larga, de varias horas. Es precisamente por eso por lo que estoy un poco desanimada, aunque la histeria me da un poco de fuerzas. Si nos ven por aquí, no dudo que nos castigarán severamente. Y peor, si encontramos a uno de esos monstruos no nos quedará otra que correr por nuestra vida.

-No seas gallina, Josefina. No nos va a pasar nada –me contesta Sara mirando hacia el frente. Es muy fácil decir eso cuando no se tiene miedo, pero… ¿y si se equivoca?

-¿Cómo estás tan segura?

-Yo te protegeré, si temes a los zombis. Me he enfrentado ya contra varios y, si te vienen de uno en uno, se puede soportar. Créeme… me he peleado contra humanos mucho peores que esos bichos. Ellos, por lo menos, están así porque otro les mordió y no pudieron hacer nada por evitarlo, así que en cierto modo son sólo víctimas de las circunstancias.

-Pero estamos aquí por su culpa, Sara. No puedes olvidar que son ellos los que nos están comiendo a nosotros –le digo. Se para y me mira de reojo antes de volver a andar.

-No, nena, estamos aquí porque nos lo hemos buscado. Esto, realmente, no es motivo para hacernos los inocentes. Aquí hay dos tipos de personas: las que como tú intenta quitarse las culpas de todo, y las que como yo ve la culpa que tuvo en todo y trata de no volverlo a hacer. ¿Cómo estás tan segura de que no fue algo biológico que inventamos, eh? La calima naranja no era normal y lo sabes. Y eso, Dios no lo pudo hacer de la nada.

Me quedo callada y desvío la vista. Sara asiente, conforme.

-Más te vale pensar que nosotros somos inocentes de todos los males del mundo. Todo se iba yendo a la mierda poco a poco, y sólo nos hemos dado cuenta de cómo estábamos cuando ocurrió el ataque.  Yo estoy completamente segura de que nos espera algo importante, de que no ocurrió porque si.

-No estoy tan segura. Ten en cuenta que es algo que ha ocurrido en todos sitios a la vez, así que no tiene sentido que haya sido una guerra bacteriológica, porque incluso los atacantes se habrían visto afectados.

-¿Y crees que a ellos les importa que millones de muertes ocurrieran? Yo creo que no. Que esperarían a que todos los no-muertos desaparecieran para volver a hacerse con el mundo, sin nadie que los molestase. Y mientras tanto, estarán esperando en un bunker acorazado o cualquier pajada de esas.

Me quedo callada, pues no me atrevo a contradecirla. Tal vez diga la verdad, o tal vez sólo sean pensamientos sin fundamento, pero desde luego todo es posible. Además, presiento que como sigamos discutiendo mucho más tiempo voy a acabar con alguna herida superficial de algún golpe. No sé por qué, pero Sara me da miedo bastante a menudo.

Caminamos en silencio, al principio con una tensión considerablemente palpable en el aire, pero al cabo de las horas desaparece y se ve remplazada por el calor y el agotamiento de andar. Andar por este suelo es casi una misión imposible, y desde luego agota más que caminar sobre asfalto. No sé cuantas horas llevaremos andando, pero si en la vuelta vamos a estar cargando cosas se me va a hacer eterna…

.

.

Nos vamos acercando a un edificio, ya se ve de lejos. Fue ahí donde pusieron el cordón policial para que los coches no llegaran más allá. Yo supongo que esa zona ya estará desinfectada de zombis, pero por si acaso hay que estar alerta al 200%, siempre puede haber una sorpresa.

Sara parece pensar lo mismo que yo, porque veo que de su mochila saca un cuchillo. No demasiado afilado ni grande, pero lo suficiente para sentirnos un poco más seguras. Avanzamos con cautela hasta que llegamos al comienzo de la caravana de coches.

Debe de haber unos 200 coches, aparcados como podían, la mayoría con las puertas abiertas de par en par como si sus conductores hubieran salido en tropel huyendo. Dios mío, que estampa tan desoladora…

Miro de reojo a Sara, recordando que ella se enfrentó a algo parecido en Santa Cruz. Fue en un sitio así donde perdió a su madre, así que esta visión debe de traerle demasiados malos recuerdos. Pero su cara sigue seria, pensativa. Sin mostrar emoción alguna, se adelanta un par de pasos, adentrándose en la marea de coches que parecen estar muertos. La sigo con cautela porque no quiero quedarme sola y sin ningún arma.

Miro los coches. El de mi derecha tiene una sillita de bebé en su asiento trasero, cosa que hace que se me parta el corazón. Tanta muerte… no hay manera de saber si ese bebé sobrevivió y está en el campamento o por el contrario se quedó como bebe zombi.

Muchos coches, la mayoría, están goteados con sangre. Supongo que hubo varios infectado que intentaron llegar a un sitio seguro, así que eso explica la sangre. Esos infectados murieron y atacaron a los otros, creando una marea de seres entre vivos y muertos que corría para salvarse.  Tal vez, incluso, no viniera ningún infectado y hubiera habido un accidente de tráfico que dejara un par de muertos que se levantaran para comerse a los demás. Quién sabe…

-Tú examinas los coches y yo te cubro, ¿ok? –me pregunta Sara. Veo que ha avanzado un par de pasos y yo sigo a la altura del coche de la sillita de bebé, así que voy hasta ella y asiento.

Nos ponemos manos a la obra, muy en silencio por si sigue habiendo algún ente perdido entre los coches. Revisamos uno a uno y nos damos cuenta de que ya alguien ha tenido la misma idea que nosotros de saquearlos, probablemente los militares. Pero aún así quedan algunas cosas que nos podemos llevar y que luego podemos vender en el campamento. Creo que es mejor eso que prostituirnos, al menos.

Sara ha traído una bolsa de plástico… por Dios, hace cuantísimo tiempo que no veo una bolsa de plástico, con lo normales que eran antes…  Metemos todas las cosas dentro, cualquier cosa que nos pueda ser de ayuda y a la gente le pueda interesar. Encontramos bastantes pilas, un par de chicles –con lo que Sara tuvo un ataque de risa -, algunas botellitas de agua, abrigos sobretodo…como botín acaba siendo suculento, pero nada en comparación con lo que me había imaginado al principio. Pero, en fin, algo es algo.

.

.

-Date prisa, no quiero que me pille la noche aquí –sonrío y saco del maletero el último gran botín encontrado.

-Tachan, una linterna. Por si nos pilla la noche, algo tendremos.

-Sí, para tirársela a la cabeza a esos cabrones, ¿no? No podemos llegar al campamento con un haz de luz o nos descubrirán al entrar –contesta. Da un golpe seco en el capó del coche-. Vámonos ya de vuelta al campamento, ¿de acuerdo? Ya tenemos lo que necesitábamos.

Cierro la bolsa y me la ato a la muñeca, NI me molesto en cerrar el maletero del vehículo antes de comenzar a andar detrás de Sara en dirección a nuestra casa. Lo de hoy ha estado relativamente bien, por lo menos hemos conseguido entretenernos con la caminata. Mañana seguramente me duelan todas las piernas, pero ahora mismo lo que me molesta es el frío en los dedos. Ando hasta llegar a la altura de Sara en cuanto hemos salido de la caravana de coches.

-¿Cómo estás? –le pregunto. Ella se gira hacia mí y hace una mueca intentando sonreír. El resultado es una sonrisa triste, pero por lo menos es una sonrisa.

-Bien. Vamos a sacar bastante provecho, aunque es una lástima que los cerdos del ejército se lo llevaran todo antes. Por cierto, me quiero quedar con el cubo de rubik que hemos encontrado. Cuando estoy en el campamento de alimentación, los días son un calvario.

-¿Por qué te presentaste para trabajar cultivando la tierra si no tenías ninguna experiencia previa? –le pregunto. Ella niega con la cabeza.

-Si la tuve. Mi madre vivía en una granja a las afueras de Copenhague y yo me pasaba en la finca la mayor parte de mis veranos, así que aprendí bien. Además, como te dije antes, yo sí creo que seamos culpables de lo que nos ocurrió y que debemos hacer algo a cambio.

-¿Es muy duro labrar la tierra?

-Realmente no. Es algo agotador, pero estamos bien organizados. Lo peor es la ida y la vuelta, el miedo que da. Si vieras cuantísimos monstruos quedan por ahí repartidos… Todos se agolpan contra el camión y más de una vez no hemos podido seguir avanzando. Es entonces cuando los militares son de gran ayuda, porque quitan de en medio esos cuerpos descerebrados.

Pienso, como hago demasiado a menudo, en todo el miedo que ha tenido que pasar esa chiquilla. Si yo me hubiera acercado a menos de 100 metros de algo que se pareciera el lugar donde sufrí yo el ataque de los zombis, entraría rápidamente en la histeria más absoluta. Sin embargo, ella ha entrado en una caravana de coches abandonados, justo como el sitio donde perdió a su madre, y ha salido con el mismo rostro impasible. ¿Será capaz de sentir el dolor aún, o ya lo habrá desactivado?

Ella carga dos de las bolsas y yo cargo la tercera. Volvemos todo el camino en silencio, en parte por agotamiento y en parte por todo lo que hemos visto en ese día. Duele saber que hay muchos sentimientos que intentan aflorar pero que no saben cómo.

La luna comienza a salir antes incluso de que se haya ocultado el sol. Me da la impresión de que se ve mucho más grande de lo que se veía en la ciudad, pero no sé si son cosas de perspectiva o son imaginaciones mías. Comienzo a contemplar el cielo de nuevo y como, con la oscuridad que comienza a reinar, van saliendo las estrellas. A unos cuantos pasos de mi, Sara enciende la linterna y alumbra nuestro camino.

Cuando calculo que quedan pocos minutos para llegar al campamento, tiemblo de miedo. Sara se gira hacia mí, cuchillo en alto y escuchamos más atentamente. Un gemido, a lo lejos. Ahogado y tenebroso… como el de un ser no-muerto que acaba de visualizar a su presa. Nos miramos con terror y siento en la garganta el corazón latiéndome. Todo a mi alrededor se vuelve más oscuro y no sé realmente si mi cuerpo respondería a salir corriendo ahora mismo. Sara alumbra a nuestro alrededor y afortunadamente nos encontramos solas. Pero está ahí, lo oímos.

Sara me coge de la mano y me obliga a avanzar rápidamente hacia el campamento. Huir del sonido es a única solución. No entiendo muy bien lo que se propone, y cuando me doy cuenta avanzamos de frente y agitando el haz de luz de la linterna hacia las torres de vigilancia. Noto como nos apuntan con un potente foco y me tapo la cara con la mano para escapar de la repentina claridad.

-¡Identificaos! –nos gritan desde allí a través de un altavoz. Sara agita la linterna un par de veces más. ¡Estás loca, Sara, van a descubrir que nos escapamos!, pienso. MI boca sigue seca. No puedo quitarme de la mente el aullido del zombi. Esta cerca, demasiado cerca, aunque desde aquí  soy incapaz de escucharlo. Ha debido de subir poco a poco y está a punto de entrar en el campamento. Un solo zombi podría acabar con toda la vida que llevamos construyendo tanto tiempo.

-Sara y Josefina, del sector norte del campamento. ¡Tenéis que venir ahora mismo! –chilla Sara. No sé que se propone, pero el rayo de luz me molesta en la cara. Tenemos que escapar o el no-muerto nos encontrará…

Unos hombres armados con pistolas y ametralladoras bajan hasta nosotras. Nos apuntan y nos obligan a tumbarnos boca abajo en el suelo, poniendo las manos sobre nuestras cabezas. ¿Qué irán a hacer con nosotras ahora?

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-Tenéis que escucharme… -susurra Sara desde el suelo -. Hemos oído un zombi que nos debió haber seguido hasta aquí. Detenedlo antes de que ocurra algo –exclama. Sus ojos piden ayuda y, por primera vez desde hace meses, no puede hacer nada para solucionar el problema. Ya lo entiendo, por eso nos hemos dejado capturar…

Los soldados hablan entre ellos al oír la declaración de la chica. Después, un grupo se dispersa y se adentra en la oscuridad, linterna y ametralladora en mano. Esperamos en silencio hasta que oímos que el walkie-talkie de otro soldado comienza a sonar.

-¡Lo tengo a tiro, señor! Se trata de un infectado de unos 18 años, cabello claro y piel… descompuesta. Viene hacia mí. ¿Disparo? –pregunta. Su superior nos mira y responde afirmativamente. Desde la derecha suena el ruido de un par de disparos y todos aguantamos la respiración.

-Objetivo eliminado, señor –dice el walkie. Suspiramos aliviados y el que supongo que es el jefe nos mira atentamente.

-¿Habéis tenido contacto directo con algún infectado? ¿Os han mordido o arañado? –pregunta. Su voz es áspera, tiene el pelo canoso y más músculos de los que yo pensaba que existían.

-No señor. Ni hemos encontrado a ninguno ni nos han mordido. Sólo hemos oído un gemido a lo lejos y hemos venido hasta aquí a avisarles –susurra Sara. Creo que me voy a orinar de miedo…

-¿Y qué hacíais fuera del campamento? –pregunta el soldado de mi derecha. Me da una ligera patadita con el empeine para señalarme que debo contestarle yo.

-Fuimos… a ver los coches abandonados –susurro. El militar se agacha a mi lado y me pide que le repita. Tenerlo tan cerca hace que se me escape un gemido de miedo. Nos van a fusilar…

-Andrés, déjela. Llevémoslas y revisadlas si es cierto que no tienen ninguna herida. Si es así, dejadlas marchar –ordena el jefe del grupo. Veo como levantan a Sara a pulso y la veo alejarse entre un grupo de soldados forzudos. Acto seguido noto como el  suelo desaparece a mis pies y me arrastran a mí también. No sé a dónde vamos y lo único que veo de Sara son los pies que se arrastran. La bolsa del tesoro se queda atrás y en ese momento sé que si salimos vivas de esto, debemos sentirnos afortunadas.

No sé cuánto tiempo somos arrastradas ni hacia dónde vamos, pero levanto la cabeza y lo descubro: el Parador. Pienso por un momento en Alejandro y sonrío un poco. No, dudo que lo vaya a ver, seguramente me lleven a algún lado que nada tenga que ver con el hospital.

No sé qué va a ser de mí. Se llevan a Sara por un pasillo y a mí por el pasillo contrario. El pensar que no vamos a estar juntas me aterra, pero no más que el hecho de que dos militares me estén arrasando edificio adentro.

Llegamos a una sala y me tiran dentro. Es una sala pequeña, sin nada, que seguramente perteneciera al portero y a las escobas. Ni siquiera tiene ventanas por las que mirar, supongo que para que no salte y me escape.

Cierran la puerta y me quedo en el más absoluto silencio y oscuridad. Me encojo hasta la pared del fondo y me abrazo las rodillas, orinándome del puro terror. Encojo el cuerpo hasta volverme el ser más pequeño del planeta y lloriqueo al encontrarme tan sola. No alcanzo a verme ni siquiera la punta de los dedos extendidos, así que podría haber cualquier animal, vivo o muerto, rondándome alrededor que yo no me daría cuenta. Y esto me hace llorar aún más fuerte, por la mala suerte que hemos tenido y la mala idea que fue salir. Mierda, mierda, mierda…

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Por Azufre_antimonio - 2 de Enero, 2010, 13:28, Categoría: Departamento de información

Muchas gracias a todos por los comentarios ^^ Parece que las Navidades están sentando bien a la historia (aunque todos sabemos que deberia estudiaren vez de escribir, en fin), asi que espero que os guste y si es la primera vez que entrais, os animo a leer esta historia desde el principio.

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Entro en la cabaña lo más silenciosamente que puedo, intentando imitar a un ratoncito en medio de una tormenta. Supongo que será tarde, no es plan de andar despertando y menos sin un motivo. Llego a mi litera y subo conteniendo la respiración para que no chasque ruidosamente como hace siempre… en vano. El chillido parece rebotar contra mi cerebro y hace eco dentro de mi cabeza. Que dolor, parece chillar la cama.

-¿Dónde has estado? –oigo la voz de Sara susurrar a mi lado. Está tumbada en la cama frente a la que yo me encuentro, justo debajo de mi colchón chirriante. Acabo de subirme a mi cama y dejo caer mi mano hasta la suya. Me la estrecha tras vacilar un instante y noto que tiene la mano fría y curtida con los dedos callosos y fuertes de tanto labrar la tierra. Pobre mano, pienso al tocarla.

-Recogiendo la historia de un superviviente –le contesto en voz baja. Nos quedamos calladas un rato.

-¿Al final has empezado, verdad? –me pregunta. Le estrecho la mano con más fuerza -. ¿Qué te pasa, Josefina?

-… No lo sé. Tengo un poco de miedo de repente –le confío. Creo que Sara es en la única persona en la que confío un poco, tal vez sea por su carácter duro y cabezón, que intuyo que no se dejará matar por nada ni por nadie. Además, se que tiene tanto o más miedo que yo y me reconforta saber que no estoy sola en esto, aunque sé perfectamente que no soy la única que está así.

-No seas tonta, anda. No tienes por qué tener más miedo que ayer, estamos exactamente igual. Si fuera que una ola de zombis se acerca a nosotros y vienen a comernos, lo entendería, pero no que el miedo venga del día a la mañana.

-Es que… no puedo evitar recordar a mi familia. La echo de menos

-¿Tu padre no sigue por aquí vivo? –me pregunta. Desvío la mirada.

-A mi padre nunca lo he sentido de la familia. A los que extraño son a mi madre y a mis hermanos.

Oigo como Sara se levanta de la cama y sube chirriante hasta la mía. Me empuja sin delicadeza y la miro con sorpresa, apartándome antes de que me consiga echar a empujones. Nunca ha tenido ningún gesto de cariño conmigo, ni el más mínimo que se pueda comparar a decidir dormir conmigo una noche de pesadillas.

-¿Sara? –consigo murmurar por la sorpresa. Ella parece olvidarse de mí y se mete bajo las sábanas sin pedirme permiso. Yo alucino con esta mujer, normalmente es tan arisca y de pronto le dan gestos cariñosos como este. Aunque, la verdad, me gusta que tenga estos detalles, aunque preferiría que no fueran con cuentagotas.

-¿Prefieres que me vuelva a mi cama? –me amenaza. Niego con la cabeza y la recuesto contra la almohada, de cara a ella. El pelo corto le queda extremadamente mal, la verdad, y más cuando la miras tan de cerca. Sus ojos… ¿son grises o azules? Miran hacia el techo de la caseta, pensativos. Me agrada tener a alguien tan cerca, tener tanto calor tantas veces tan próximo. Así no me siento tan vulnerable como por las noches cuando me toca dormir sola, con el frío que baja de los cero grados revoloteando a mi alrededor y colándose hasta el fondo de mi alma. El frío, por dios, odio el frío. Sara, además, es tan fuerte y me protege tanto… -. A mí me gustaba que mi madre durmiera conmigo cuando tenía miedo…

La miro con intriga y dejo de respirar unos segundos para no interrumpirla. Sara nunca habla de sí misma, nunca.

-Cada vez que papá nos pegaba, mamá y yo dormíamos juntas. A veces nos dolía tanto el cuerpo y el alma que teníamos que estar llorando varias noches seguidas, pero siempre juntas.  Cuando sabíamos que papá había bajado a bar a beber y volvería borracho también dormíamos así, abrazadas y tiritando del miedo, pero así nos dábamos fuerza y calor una a la otra, como los perritos de una camada –murmura. Parece hablar más para sí misma que para mí, así que decido no moverme hasta que haya acabado.

Nos quedamos en silencio.

-¿Tuve que matarle, sabes? Antes incluso de que supiera que era un zombi le pegué con una silla en la cabeza varias veces hasta que se la destrocé por completo.  Estaba totalmente manchada de sangre, de arriba abajo, y en las paredes había salpicado, y a mi madre también le habían llegado fluidos. Todo estaba hecho un asco, pero lo que no podía quitarme de la cabeza de que papá había intentado matarnos a mí y a mamá. Yo… por aquellos días podía haberlo dado todo por mi madre, porque ella lo habría dado todo por mí. Y por eso me convertí en la asesina del hombre que nos había destrozado la vida todo ese tiempo.

Sara permanecía tensa, mirando más allá de mí, casi como si estuviera viendo su historia detrás de mi cabeza.

-Decidimos que lo mejor era irnos a la comisaría a confesar, ya que habíamos intentado llamar a la policía varias veces y sólo nos salía el contestador que nos explicaba que las líneas estaban saturadas. Decidimos que lo contaríamos todo, el maltrato y las vejaciones incluidas. También las violaciones que sufría mamá día sí y día también. Desde luego, cualquiera hubiera estado de acuerdo con nosotras en que sólo estábamos defendiéndonos y que nos había intentado matar a mordiscos.

>> Así que salimos, pero en cuanto llegamos a la calle nos dimos cuenta que algo no iba bien. La calima de ese día no había desaparecido, y parecía que hubiese dejado un manto de terror en las calles, tú también lo notarías.  La gente corría por la calle, y había muchos que estaban manchados de sangre, como yo, y con heridas en todos sitios. Pero cuando miré más allá vi como muchas de las personas que andaban lo hacían con las bocas babeantes de sangre que no les pertenecía. Uno de ellos tenía la mandíbula inferior desencajada y andaba detrás de una chiquilla que no debería superar los 8 años de edad. Pues bien, sólo te diré que la chiquilla esa no llegó viva a informativo de las 8. Y todo esto lo vimos en vivo y en directo, delante nuestras narices ese hombre se comió viva a la niña.

>>Es vomitivo, lo sé ¿Tú sabes lo típico de las películas de zombis donde a la chica se le caen las llaves delante del coche? Algo así nos pasó antes de volver a entrar en tropel dentro del portal. Subimos corriendo las escaleras, rezando por que en casa estuviéramos a salvo, y en cuanto entramos hicimos una barricada con el sofá y las estanterías delante de la puerta.  Y salimos al balcón.

>>Estuvimos varios días en el balcón, mirando a la gente correr debajo. Al principio eran más vivos que muertos, pero nos fijamos que en cuanto eran mordidos, morían –dependiendo de la gravedad de la herida –y volvían a la vida para comerse a más gente. Pero qué te voy a contar a ti, serás tan experta en zombis como yo… No nos lo podíamos creer cuando lo vimos, pero eso explicaba  la forma de moverse de papá cuando entró a por nosotras. Mi teoría es que entró mordido y una vez dentro acabó de morir para renacer de nuevo… como el ave fénix.

>>Conseguimos contactar con el vecino de arriba, que nos contó que planeaba irse a coger un barco que tenía en el muelle y que si queríamos ir con él. Le dijimos que si, así que recogimos todas las latas de conservas que teníamos en casa y las botellas de agua y salimos hacia su coche. Habían pasado casi 3 días desde la infección, pero en esos tres días habíamos observado mucho desde el balcón, así que íbamos todos bien armados con cuchillos jamoneros, raquetas y palos de beisbol. Yo, además, llevaba mi violoncelo a la espalda, pero porque prefería morir con él que tener que irme dejándolo atrás. Por si no te lo he dicho, pero tengo la carrera de violoncelo en el conservatorio y la música es mi vida.

>> Te digo, conseguimos avanzar hasta el coche, pero con el coche apenas anduvimos un kilómetro hasta la Avenida Tres de Mayo, que estaba totalmente embotellada por la gente que quería salir de la ciudad.  Así que dejamos el coche allí y corrimos a la desesperada, como todos los que nos rodeaban. Había tanta gente que ya no podías diferenciar a los infectados y a los que no lo estaban. De repente sonó un disparo y todo el mundo comenzó a correr en todas direcciones, a empujar y a gritar. Era la primera vez en mi vida que había escuchado un disparo y el resultado era aterrador. Dejé de notar la mano de mi madre en un momento determinado, de los empujones que recibíamos de todos lados. Tampoco volví a saber nada más del vecino, lástima, porque era buen hombre. Corrí todo lo que pude y salté y golpeé más que nadie. Así pasé a formar parte de los supervivientes. No recuerdo bien donde me escondí hasta que pasó todo.

Sara se calla y cierra los ojos. Puedo notar su dolor desde aquí, intenso y caliente. Espero para asegurarme de que ha acabado de narrar, para no interrumpirla. Me acerco más a ella y la abrazo con fuerza. Se deja mimar, cosa que creo que debería hacer más a menudo.

-¿Y… tu madre? –pregunto. Ella niega con la cabeza.

-No lo sé. No está en el campamento, así que supongo que estará muerta y vagando por ahí. Pero… ella no se lo merece. Ella si acaso, merece ser un ángel por todo lo que ha hecho en su vida por los demás.

Sara tiene los ojos cerrados, pero no caen lágrimas de ellos. Supongo que habrá llorado mucho los primeros días, pero ahora todas las lágrimas se han secado. Yo ya no lloro por mis muertos, aunque si los extraño. Echo de menos a mi hermano y a mi madre, así que no puedo imaginarme cómo sufrirá ella si su madre era tan importante en su vida. Yo tenía la típica relación de adolescente, ni buena ni mala, pero mi casa casi parecía mi hotel donde sólo paraba a dormir.

-Oye… -murmura muy bajito. Me acerco para oírla -, ni se te ocurra incluir esto en tu libro o me encargaré de que tu próxima comida sepa demasiado a orina para ser normal –dice abriendo los ojos y sonriendo. Correspondo a la sonrisa, triste.

-Menos mal, ya me había creído que te habías vuelto sentimental –le murmuro sacando la lengua. Ella niega con la cabeza y nos tumbamos mirando hacia arriba, haciendo crujir de nuevo la litera. No sé si es recomendable ponerle el peso de dos cuerpos encima…

-Mejor no  movernos mucho o nos quedamos sin camas –le digo. Ella se queda en silencio pero sé que me ha escuchado, así que le cojo la mano con ternura, calentándole los dedos con los míos.

-Tienes siempre las manos heladas… -le comento. Asiente mientras cierra los ojos. Su cara refleja un cansancio imposible de resistir.

-Es por una mala circulación, me ha pasado siempre. Por eso tengo que tocar el cello con guantes sin dedos, para intentar hacerlos entrar en calor. Oye, mejor durmamos ya o mañana no habrá quien nos levante.

-Vale. Mañana yo no tengo taller ni nada así. ¿Crees que podríamos ir a los coches abandonados? –le pregunto. Ella asiente con la cabeza.

-Tengo todos los horarios en mente, no te preocupes. Podemos ir y hacernos ricas cuando volvamos –me sonríe. Suspiro, feliz.

-Buenas noches –le digo. Ella se queda en silencio un rato y a mí se me van cerrando los ojos poco a poco.

-Buenas noches, Tarita –me responde, o eso creo. Si es así, es la primera vez que me llama Tara en todo lo que nos conocemos. Y si en realidad ha dicho Josefina… significa que estoy demasiado dormida para ser consciente de la realidad. En cualquier caso, me alegro poder dormir con ella.

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Por Azufre_antimonio - 25 de Diciembre, 2009, 13:17, Categoría: Departamento de información

... Y por fin, un nuevo capítulo de GCLMV. Lo que nos ha costado encontrar la musa, espero que por lo menos haya valido la pena y que les guste ^^

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-¿Por qué iban a ir a salvar a Reinier si sabían que estaba perdido? –pregunto. Me mira y casi noto como me está analizando, cosa que me pone muy nerviosa. Al cabo de unos segundos abre la boca, pero no dice nada.

-No lo sé, la verdad. Supongo que en aquella época me importaba más la gente –contesta al cabo de unos segundos más. Pensé que se le enfriarían las cuerdas vocales como siguiera con la boca abierta sin decir nada mucho tiempo más. Tengo frío.

- ¿Ahora ya no te importan tanto? –pregunto. Es una pregunta trampa, porque yo misma podría contestarla: no. Ahora ya eso casi no significa nada, la palabra de uno tiene el mismo valor que la palabra de cualquier otro. Pero, sobre todo, lo que tiene importancia son los hechos y los actos. Han matado a la inmensa mayoría de los ciudadanos del planeta, los supervivientes no estamos para juegos. Lo que una persona significara para ti en el pasado hoy en día te da igual. Si tu hermana pequeña  ha sido mordida, no dudas en pegarle un tiro en la cabeza antes de que se convierta. Si le tienes mucho cariño llegas a plantearte si dejarla abandonada o matarla, pero nunca querrás quedarte a su lado. Los que no fueron capaces de actuar así, no vivieron lo suficiente como para llegar a este campamento.

- Aún me sigue importando -rompe el silencio -aunque sea un poco. No estoy tan deshumanizado como mucha de la gente de aquí, la verdad. Creo que todavía las cosas se pueden arreglar. Ten en cuenta el poco tiempo relativamente que llevamos aquí. Aún no han podido cerrarse las heridas emocionales. Y éste no es precisamente un ambiente adecuado… sí, tenemos comida y agua, pero nos falta todo lo demás.

-Porque estamos detrás de unos muros en un sitio alejado de la mano de Dios. Los zombis –digo yo pensativa -no se plantean si aquí habrá alguien o no,  y lo bueno es que estamos tan lejos de todo que ni siquiera nos huelen. Eso es lo que nos ha mantenido vivos, nada más. Nada de fuerza humana, ganas de vivir o cualquier otra majadería que se ve mucho en las películas americanas. Dudo que  nadie vaya a sacarnos de aquí. Yo creo que cuanto antes lo entienda la gente, más fácil será todo.

-Ya, supongo que tienes razón. Todos vamos a morir aquí. Algunos dentro de unos meses, otros dentro de muchos años, pero creo que hay que hacerse a la idea de que ésta es nuestra vida ahora. Pero no creo que un trauma como éste se consiga olvidar o por lo menos superar del todo. Si seguimos viviendo, aunque sea como lo hemos estado haciendo todos estos meses, sólo se conseguirá superar del todo cuando nuestra generación esté más que muerta y enterrada y nuestros hijos hayan tenido hijos. Tal vez entonces esa generación consiga hacerse a la idea de que los muertos vivientes son algo normal en el mundo.

Me quedo callada un rato largo, pensando en todo lo que ha dicho. Tenía claro que tardaría mucho tiempo en poder volver a vivir como antaño sin preocupaciones y siendo feliz, pero nunca me había parado a ponerle fecha. Es doloroso pensar que por algo ajeno a ti vayas a tener que estar toda tu vida amargado, porque realmente creo que no me lo merecía tanto como se lo podían merecer otros.

-Oye, ¿estás bien? –me pregunta. Asiento un poco en silencio –Si quieres, puedes contarme lo que piensas. Tal vez así te sea más fácil todo –susurra. Noto su aliento en mi pelo y me pongo nerviosa, no sé si por la oscuridad que no permite ver acercarse nada de lo que te puede atacar o por el hecho de que esté tan cerca de mi cuello desprotegido. Maldita la hora es que me metí debajo es esta chaqueta.

-Creo que esta postura no me gusta –le digo. Se queda callado y me doy cuenta de que pude haberle ofendido - Me da la impresión de que tan de noche hay cualquier cosa que nos puede atacar sin que nos demos ni cuenta de que se ha ido acercando.

-Si es por eso no te preocupes demasiado, sabes que tenemos  a un equipo de soldados patrullando por todos sitios –me contesta. Noto como afloja un poco la presión de los brazos para que pueda alejarme si quiero. Me planteo seriamente el ponerme en frente de él, pero eso significaría salir del calor corporal y no me apetece nada pasar frio. Me doy la vuelta como puedo, acabo con mi cabeza a la altura de su cuello y apoyo mi cabeza entre ambas clavículas, a la altura de su esófago. El calor entra a través de mis mejillas y casi puedo notar como calienta mi alma.

-¿Crees que si estuviéramos en el Caribe y nos hubiera pasado esto sería menos traumático? –le pregunto.  Oigo su corazón desde aquí y cierro los ojos para escucharlo mejor. No sé hace cuanto no escucho el corazón de alguien latir tan fuerte, tan seguro de sí mismo. La  verdad es que me hacía falta alguna muestra así de humanidad…

-Tal vez el calor ayude. El índice de depresiones y suicidios siempre ha sido menor en países soleados. Sí que si lo miras así es más que probable que en el Caribe se lo estén pasando un poquito mejor que nosotros en el Teide.

-¿Por eso los cubanos se les ve tan contentos siempre bailando? –le pregunto riéndome. Corresponde con una sonrisa y asiente ligeramente. Pasa los brazos por detrás de mi espalda, dándome aún más calorcito y me acurruco un poquito más contra él y su corazón, que sigue latiendo con tranquilidad.

-¿Quieres mejor que lo dejemos por hoy? Hace demasiado frio y no deberíamos luchar por ponernos malos como lo estamos haciendo –dice.

Sinceramente, no quiero alejarme de algo que me está aportando tanta tranquilidad como lo está haciendo su corazón. Estoy tan a gusto como no lo he estado en todo este tiempo en el campamento. Ahora mismo me iba a dar igual si repartieran chocolatinas en otro lugar, que yo iba a permanecer aquí, en paz. Con todo este silencio en el que lo único que se escucha es el hipnótico martilleo del corazón, casi da la sensación de que los zombis nunca han existido y que sólo se trata de una película más.

Pasa el tiempo, pero me da igual. Adoro este calor, adoro este sonido y adoro esta oscuridad que trae paz. Estoy totalmente embobando el tacto, el oído y la vista con cosas que, en su conjunto, traen una tranquilidad que desearía haber descubierto antes. Noto la respiración tranquila de Alejandro y me separo poco a poco de él, haciendo un esfuerzo sobrehumano. Pero no puedo estar aprovechándome de él porque no es sólo una estufa humana. Sinceramente, esto tan lógico se me olvidó mientras estaba ahí tumbada.

Le miro, sentada enfrente de él, y él me mira. Nos quedamos allí, yo con cara de sueño profundo y él con cara de… bueno, no sé de qué tiene cara ahora mismo. Alarga la mano y me acaricia un poco la mejilla, casi con cariño.

-Vámonos, que tienes mucho sueño –dice mientras se levanta. Me da la mano para auparme y se la estrecho, dejándome levantar. Caminamos el sendero hacia el campamento en silencio, sin nada que decirnos porque el calor ya casi lo ha dicho todo por nosotros. Pronto llegamos al campo de luz que ofrecen los focos y me paro en seco, mirándole.

-Acompáñame sólo hasta aquí o tendré que darle muchas explicaciones de con quién he estado a Sara, ¿vale? No quiero tener ahora un interrogatorio cuando llegue –suspiro. Él asiente y se acerca, dándome un ligero beso de despedida en la mejilla.

-Te he apagado y guardado en la chaqueta la grabadora –me dice. Le miro con intriga al descubrir que es cierto lo que dice. No recuerdo haberle notado hacer ninguna de las dos cosas… -Estabas dormida cuando lo hice.

-Espera… ¿me dormí? –pregunto. Él asiente.

-¿No lo habías notado? –se ríe ligeramente. Niego con la cabeza y se vuelve a reír. Correspondo con una sonrisa antes de darme media vuelta.

-Buenas noches. Dentro de unos días volveré para que acabes la historia.

-Eso espero. Ya queda realmente poco para llegar al final. Buenas noches, Tara.

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8

Por Azufre_antimonio - 12 de Agosto, 2009, 20:38, Categoría: Departamento de información

A pesar de todo lo que ha pasado, sigo teniendo esperanzas. Este fue mi fallo siempre, incluso cuando el mundo todavía era mundo y los humanos gobernamos la tierra. Ahora todo está podrido, pero a pesar de estos días tristes y fríos, sigo esperando que todo se solucione.

Me levanto de la cama y miro alrededor: el mismo cuarto de siempre, la misma porquería de todos los días. No sé cuánto tiempo podremos seguir viviendo así, pero tengo claro que aun nos quedan muchos días que aguantar.

En una de las literas descansa Sara, la pequeña gruñona que aún hoy me hace sonreír un poco. Ella ha sido la más dura de todos, la que peor lo ha pasado de los que estamos en esta caseta. No ha querido nunca contar nada, pero el odio de sus ojos, el miedo que se huele en su piel aún está presente. No sé como era su vida antes del día del Juicio Final, porque sólo deja entrever una piel curtida y sufrimiento guardado, pero desde luego ha sido algo que le ha dejado huella.

Salgo de la caseta y vago por el campamento. Aún es pronto, por lo que apenas hay gente despierta. Algunos soldados son los únicos que puedo ver paseando por entre las cabañas, cambiando los turnos y preocupados por todo lo que sus ojos pueden contemplar.

Necesitamos algo que nos de esperanzas, algo que nos recuerde que fuimos hombres alguna vez, que existía una civilización y que nosotros la dominábamos...

Idea

Corro de vuelta a la caseta, camino que de memoria me sé. Entro despacio, intentando no despertar a nadie y me acerco a Sara, que duerme con un aspecto tranquilo que despierta nunca tiene. Le toco ligeramente la cara.

-Sara... tengo un plan -susurro. Sara abre los ojos y por un momento creo que me va a asesinar.

-Déjame dormir -gruñe mientras se da la vuelta. Suspiro.

-Tengo una idea para conseguir comida -digo en voz baja. Sara se vuelve a dar la vuelta y me mira con los ojos bien abiertos. Adora los planes que le aporten estatus social -. Vamos a hablar fuera.

La chica se levanta y ambas salimos en silencio. Andamos hasta alejarnos un poco del campamento sin hablar, y cuando nos sentamos en una roca le empiezo a contar mi plan.

-¿Recuerdas cuando nos trajeron aquí?- le pregunto.

-Más o menos. No juegues a las adivinanzas conmigo porque sabes que me pongo enferma cuando me despiertan, así que andarte con gilipolleces no te conviene -me advierte. Trago saliva nerviosa y desvío la vista.

-Había un montón de coches abandonados de todos los que huyeron hacia aquí. Y también un cordón policial que no los dejaba pasar, así que todos tuvieron que bajarse e ir andando.

-Sí, lo recuerdo. Pero no podemos ir hacia allí, esta prohibido y hay militares por todos lados y lo sabes -dice lentamente. A pesar de todo lo que dice, sus ojos brillan como nunca los había visto brillar, con emoción.Está tramando algo, seguro. Me hace sonreír con burla.

-Pensé que eso nunca te detendría. Piénsalo Sara, allí habrá de todo. Seguro que los que llevaban los coches iban con cargamentos de cosas, y seguro que no han podido traerlas todas.

-Podríamos venderlas aquí... O cambiarlas por cosas... -susurra intentando contener la emoción.

-Exacto. ¿Cuento contigo? -pregunto. Ella se queda callada, pero sus ojos brillan con emoción.

-Sí, claro que sí. Pero primero hay que ver si podemos salir del campamento, y eso nos llevará días.

Hace unos días el cielo se encapotó bajo nuestros pies. El mar, o lo que se ve entre las nubes que cubren la isla, se agita por el viento que la azota. Por suerte nosotros estamos por encima de todas esas nubes, con lo que nos ahorramos la lluvia. Sin embargo, el frío si que se puede notar sin problemas.

Odio el frío casi tanto como el viento que sopla y trae los olores nauseabundos que normalmente se quedan estancados.

Necesito un cambio

Pienso en Alejandro y en cómo lo debe de estar pasando. Con el frío todos los enfermos empeorarían, supongo, así que tengo la excusa perfecta para buscarle y preguntarle como le han ido todos estos días que no nos hemos visto. Sara se está encargando de vigilar los horarios y los cambios de turno de los militares, porque había dicho que yo sería incapaz de hacerlo bien. Tan dulce como siempre, la niña.

Espero tirada en la cama hasta que la tarde pase, lentamente y suspirando por puro aburrimiento. Los días como éste, en el que sólo hay que esperar a que todo pase me recuerdan sin que pueda evitarlo a los días de entre semana de cuando estaba en el instituto.

En su momento tenía planeadas muchas cosas: quería estudiar audiovisuales en Madrid, aunque realmente sólo era una excusa para salir de esta isla. Es irónico que ahora lo único que me haya hecho permanecer con vida sea Tenerife, el sitio del que quería huir desesperadamente. Una vez en Madrid pensaba meterme en alguna residencia de estudiantes. Pretendía sacarme un trabajito de cualquier cosa sin que mi padre lo supiera para ir acumulando dinero y después irme de viajes por ahí. El primer sitio que quería visitar era Londres para ir a ver el musical del Fantasma de la Opera, pero ahora no podrá ser. Mis sueños de viajar, me daba igual si era sola o acompañada, se habían esfumado al igual que mis esperanzas de una vida que mereciera la pena vivir.

Poco antes de que se haga la hora me empiezo a preparar y cojo la grabadora. Me peino un poco los rebeldes mechones y me intento sonreír en el espejo. La falta de dentífrico me da asco y me hace temblar pensando en las consecuencias que eso tendrá para el futuro de mis dientes, pero en las condiciones actuales no se puede hacer nada más.

Salgo y doy un paseo hasta donde nos habíamos encontrado aquella vez. Miro el reloj y veo que aún me quedan unos minutos por esperar. Me da igual mientras aparezca, que con los días que corren eso ya es suficiente. Al cabo de unos minutitos veo salir a una pequeña multitud del Parador y le busco entre el gentío. Cuando le localizo me levanto para que me vea, y en cuanto repara en mí se acerca para saludarme, sonriendo de pronto.

Nos quedamos mirándonos un momento, sin saber como empezar la conversación, pero felices los dos. Separo los brazos del tronco y me señalo.

-Aquí estoy -le sonrío. Él asiente rápidamente.

-Pensé que te habías olvidado de que teníamos una cita pendiente... -dice. Niego con fuerza la cabeza.

-Yo no me olvido de estas cosas, pero he estado un poco atareada todos estos días. Una de las agricultoras es amiga mía, y entre eso y los talleres, las charlas informativas y las películas anti-desánimo me han quitado el tiempo libre totalmente.

-No te preocupes, te entiendo. Yo también he estado muy ocupado con el tema de la oleada de frío. No sé si te habrás enterado, pero hay una epidemia de gripe que está empezando a florecer, así que cuidado con las muchedumbres.

-¿Gripe A? -sonrío burlona. Él se echa a reír conmigo y comenzamos a andar.

-Ojala la gripe A fuera nuestro mayor problema, ¿eh?

La gripe A fue una epidemia de gripe que hizo temblar al mundo hace un tiempo. A pesar de que no era nada más que una gripe un poco más fuerte de lo normal se hizo cundir el pánico entre la muchedumbre, calificándola a veces de la peor epidemia que ha habido en los tiempos modernos. Y, total, con una vacuna a tiempo se podía solucionar...

-Intentaré mantenerme lejos de las multitudes apestosas, pero viviendo como lo estamos haciendo no será nada fácil -le prometo.Él asiente, conforme y nos alejamos un poco del campamento. Me doy cuenta que estamos llendo al mismo sitio donde nos habíamos tumbado la otra vez, y esto me hace ponerme nerviosa sin saber por qué. Tan oscuro, tanto frío, los dos solos... Realmente no sé si quiero que ocurra algo más.

Cuando llegamos nos tumbamos boca arriba, uno al lado del otro y miramos al firmamento sin hablar.

La noche Cañetera -como digo yo- es demasiado oscura. Lógico teniendo en cuenta que ya no hay luz en ningún sitio, pero hace pensar en monstruos, vampiros y zombies. Muy poco antes del maldito día en el que todos los muertos se levantaron, me leí un libro de vampiros de un escritor del norte de Europa con un nombre impronunciable cuyo ambiente recuerda a todo esto: suciedad, barro, lluvias, frío... Vandalismo, hipocresía, estiércol...

Odio este campamento. Tal vez debería haber muerto, por lo menos así se hubiera acabado todo.

-Alejandro... -susurro girándome hacia él. Él gira la cabeza débilmente hacia mí y me mira. Con la oscuridad que nos rodea apenas puedo apreciar el contorno de su nariz.

-Dime, Tara -me contesta susurrando también. Vuelvo a mirar al cielo, avergonzada.

-¿No piensas a veces que hubiera sido más fácil morirse? -pregunto. Él me mira, sorprendido, y continuo - Soy fuerte, o por lo menos intento serlo, pero muchas noches me planteo si ser un monstruo no es muy distinto a lo que somos ahora. La única diferencia entre ellos y nosotros es que nuestro corazón late, y por tanto nos da miedo. Ellos no soportan eso, ellos simplemente... vagan, tienen instintos. No sé si es preferible sentir miedo o no sentir nada en absoluto -me callo. Creo que he hablado demasiado. Alejandro no ha apartado la vista de mí en todo este tiempo, y eso me hace ponerme nerviosa.

-Tal vez tengas razón. Pero por algún motivo los que estamos aquí hemos sido... digamos escogidos para esta misión. Yo no pienso rendirme, a pesar de que yo también tengo la mayor parte de las veces la sensación de no hacer más que retrasarlo todo. Todos moriremos, y cuando muramos va a dar igual si hemos muerto luchando que rindiéndonos, porque todos acabaremos siendo lo mismo. Pero yo quiero que niños tengan la posibilidad de vivir, de vivir y de tener un corazón que les lata, de poder respirar, de poder... No sé, pero creo que no debemos rendirnos porque todo lo que nos queda es ésto, luchar por la libertad de decidir.

-Tienes razón, perdóname -digo avergonzada al cabo de unos largos segundos. Alejandro se ríe suavemente, casi sin ganas podría decirse, y vuelve a mirar hacia las estrellas -. ¿Estas triste?

-Un poco sí, pero da igual. Estaba pensando.

-¿En qué?

-En todo lo que hemos perdido.

-Yo no creo que nos lo mereciéramos...

-Yo si lo creo -dice solemnemente. Le miro, interesada-. La gente en las ciudades iba cada una a su royo, pensando en sus cosas. Pero sólo pensaban en si mismos, en las cosas que les podrían servir para mejorar. La gente apenas tenía chispa, carecía la mayoría de esa chispa de la vida en los ojos. Eran... como muertos andantes, sin sueños, sólo con obligaciones y deberes. Tristes, vacíos y egoístas. Yo creo que todo esto tal vez sea un escarmiento para todos ellos.

-... No lo sé, nunca lo había visto así. Tú en tu vida... ¿eras feliz?

-Me siento más útil ahora, aunque soy más infeliz que antes. Es complicado, no sabría explicártelo. ¿Y tú?

-Yo si era feliz. Mucho. Tenia amigos, familia, un novio cachas, sueños... Ahora casi no me queda nada de eso, sólo un grupo de amigos extraño, un padre marimandón y ningún sueño.

-¿Y tu novio cachas? -pregunta medio en burla. Me giro hacia él y le saco la lengua, sonriendo.

-No era más que una excusa para que me dejaran salir hasta más tarde de las 12 las noches que él venía a recogerme a casa. No le quería, aunque estaba cachas -nos reímos, burlones. Él asiente y volvemos a quedarnos callados, cada uno recordando los momentos en los que habíamos sido felices en nuestra antigua vida.

-Hace frío... -susurro calentándome los brazos con las manos -. No esperaba que bajara tanto la temperatura

Alejando se pega un poco más a mí. Le miro con intriga unos segundos, pero abre su chaqueta y me dice con la mirada que puedo acurrucarme contra él.

-No hace falta, de verdad, si no tengo tanto frío...

-Vas a coger una hipotermia, y como eso te pase no tenemos mucho que hacer aquí arriba. Anda, no seas tonta, a mí no me importa -me dice. Me lo pienso unos segundos, pero un escalofrío decide por mí y me acurruco contra él. Cierra la chaqueta a mi alrededor, abrazándome con unos brazos que en un principio me parecieron más débiles de lo que ahora los noto. Sonrío de la vergüenza y trato de no mirarle a la cara.

-Entonces... ¿qué ocurrió en el hospital?

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7

Por Azufre_Antimonio - 15 de Abril, 2009, 22:58, Categoría: Departamento de información

Por primera vez en varias semanas  me despierto de golpe. Ha sonado una bocina relativamente cerca, así que me visto a toda prisa y salgo de la cabaña aún sin saber muy bien lo que estoy pensando.

Todo el mundo del campamento han tenido la misma reacción que yo: vienen los agricultores, lo que significa que tendremos más comida y el estómago dejará de rugirnos.

Miro a mi alrededor viendo la repentina actividad a la que nos hemos sometido de golpe. Sonrío emocionada y vuelvo a entrar en la cabaña para despertar a los que siguen durmiendo como lirones. Me acerco a la cama de Giselle y me acuclillo a su lado.

Una tremenda barriga de embarazada es lo primero que ve en ella. La sábana cubre a la bella mujer creando la enorme montaña que a todo el mundo le gusta contemplar.

Tan sólo hay tres embarazadas en todo el campamento, pero Giselle es la que más tiempo lleva encinta: unos siete meses. Eso significa que en dos meses o así tendremos a una nueva criaturita corriendo entre nosotros, cosa que nos emociona a todos. Pensar que la extinción se puede remediar nos hace ponernos de fantástico humor.

La despierto dulcemente y le cuento lo que ha pasado. Ella también sonríe, aún con las legañas pegadas, al pensar que por fin volveremos a tener algo más de comida. A pesar de que por estar embarazada tiene una alimentación de lujo en comparación con la que tenemos los demás, le agrada pensar en la buena cena que podremos disfrutar esta noche.

Volvemos a salir y vemos en el campamento una agitación que no se logran todos los días, pues la gente corre de un lago para otro y todos estamos nerviosos. De pronto, unos cuantos comienzan a correr hacia la entrada del campamento haciendo que los demás les sigamos. Podemos oír como los niños gritan de emoción, y cuando vemos aparecer los grandes camiones estallamos en vítores.  Aplaudimos a nuestros héroes.

Son dos camiones grandes, de obras, modificados con el paso del tiempo y las rutinas de viajes. Están totalmente recubiertos de alambre y rejas, y, para impedir que los muertos se cuelguen de ellos, cada uno tienen una barrera parecidas a la de los quitanieves rodeándolo por todos lados.  Detrás llevan unos remolques de techo abierto, donde militares y francotiradores descansan con una sonrisa en la boca, cansados pero satisfechos por haber mantenido a los zombis fuera del perímetro de seguridad mediante tiros en la cabeza.

El conductor es un militar, y pronto se descargan los remolques, que lentamente se abren. Miro alrededor y descubro que todos estamos como perros abandonados delante de una suculenta comida: no nos lo podemos creer. Las risas de los niños vuelven a sonar con fluidez entre todos nosotros.

Sólo de uno de los camiones salen los agricultores: 7 hombres y mujeres que nos han salvado la vida. La mayoría de ellos superan los 40 años, salvo un joven de unos treinta y pocos y una chica rubia, Sara, que ronda los veinte. Lucen una sonrisa cansada, orgullosos por los aplausos que se oyen desde la multitud que se agolpa a sus pies.

Pronto los agricultores son absorbidos por la masa que quiere escuchar sus relatos del mundo fuera del campamento. Me adentro yo también en el gentío buscando a Sara, pero en vano.

En total hay tres grupos de agricultores que se van turnando para trabajar en la base donde se cultiva todo, más abajo de las Cañadas. En un principio se pensaba sembrar en el propio terreno del campamento, pero pronto se vio que era imposible: con el cambio de temperatura, la dureza del suelo estéril y las nevadas de invierno no se podía hacer crecer nada.

Así que se diseñó un refugio más pequeño que pudiera albergar a unas 15 personas -entre militares y labradores- a lo sumo con una gran extensión de cultivo utilizando las antiguas tomateras y plataneras tan abundantes en Tenerife. Cada dos o tres semanas, dependiendo de las necesidades del campamento base, se manda un camión que recoge los alimentos y trae a los agricultores de vuelta. Al par de días, sale otro grupo para sustituirlos labrando la tierra. Cierto que es un trabajo muy duro y que los viajes son muy peligrosos, pero para eso se han diseñado esos camiones tan imponentes.

Empieza a sonar una música que sale de uno de ellos. Me giro y veo que el militar que lo conducía ha puesto un CD para hacernos más ameno el cargar con las cajas de los alimentos.  Me pongo en una fila después de haber visto que Sara ha parecido esfumarse –no le gustan las concentraciones, así que no me extraño –y me limito a cargar yo también cajas de comida en la que abundan las frutas y verduras. Hay que trasportarlas hasta el Parador, donde se meten en las grandes cámaras frigoríficas de las cocinas para que duren el máximo tiempo posible.

A medida que me alejo oigo como Coti y su "Otra vez"  se van haciendo más débiles hasta que apenas puedo escucharlo. Cuando la radio era algo normal en el día a día, las canciones de ese hombre me parecían cansinas y repetitivas; sin embargo, ahora que hace meses que apenas oigo ningún tipo de música, saboreo cada nota y mis oídos se regocijan de ello.

Cuando ya hemos logrado descargar los dos camiones, la gente se empieza a dispersar para volver a sus quehaceres de todos los días, a su monotonía de siempre. Yo decido hacer lo mismo y me dirijo a mi caseta donde debería asearme un poco. Que el campamento huela a podrido y a muerte no significa que yo haya decidido oler igual.

Cuando entro en la caseta –entrar es un decir porque no tenemos puerta sino sólo un agujero por el que pasar –me veo a una chica rubia cambiándose dentro y sonrío: Sara. Me paro detrás suyo y carraspeo.

Se gira y me mira con gesto indiferente. Después de todos estos meses he aprendido a diferenciar su cara de indiferencia real y la de indiferencia fingida, por lo que descubro gratamente que se alegra de verme.

-Hola Josefina –me dice tranquilamente. Hace una bola con la ropa sucia que traía y se saca el pelo de debajo de la camiseta que se acaba de poner. Me fijo en que tiene uno de los mechones mucho más corto que el resto.

-¿Qué te ha pasado?

-Uno de esos cabrones me agarró de ahí cuando estaba a punto de entrar en el camión –contesta con calma. Pongo cara de terror y ella hace un gesto con la mano para tranquilizarme -. No fue nada, Damián me cortó el mechón en muy poco tiempo, ni siquiera le dio tiempo a corderme. Pero me he quedado calva por un lado –silencio. Le cojo el cabello con cuidado y para mi sorpresa ella se deja hacer. Lo observo y veo como el zombi que debió haberse aferrado ahí hizo un buen trabajo: muchos de los pelos están arrancados de raíz, y los que consiguieron sobrevivir apenas miden 20 centímetros.

-Debió de doler un montón… -murmuro. Ella asiente lentamente y se aparta. Le suelto la melena y nos quedamos mirándonos un rato. Cómo he echado de menos a esa rubia gruñona…

-Necesito que me cortes el pelo –me dice muy seria. Asiento con lentitud recordando que, en la época de tranquilidad, me dedicaba a retocarle el pelo a mis amigas.

-Vale, sin problema.

-Ahora –dice muy seria -. No quiero que me vuelvan a coger desprevenida la próxima vez que salga.

Voy a por unas tijeras al taller de costura y vuelvo a dónde Sara ya se ha sentado en el suelo. Me pongo detrás de ella y comienzo a cortárselo con esmero. Pienso que es una verdadera lástima estropear un cabello tan bonito como este, pero lo más sensato es cortárnoslo para evitar desgracias como las que ya le han pasado a ella.

En poco tiempo nos veo rodeadas por una multitud que se pregunta el motivo por el que jugamos a ser esteticistas.  Sara les va soltando con cuentagotas todo lo ocurrido de camino para aquí, con lo que en un corto espacio de tiempo me veo con una cola de personas que requieren un corte de pelo.

Como las cosas no se hacen gratis y yo tengo una de las pocas tijeras que hay en el campamento, me dedico a hacer trueque con todos ellos: cortar el pelo a cambio de una porción de comida, una chaqueta más abrigada…

Fácil, sencillo, y para toda la familia. A esto nos hemos tenido que rebajar en estos tiempos de necesidad.

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6

Por Azufre_Antimonio - 8 de Abril, 2009, 14:54, Categoría: Departamento de información

-¿Cuántos zombis hacen falta para cambiar una bombilla? –oigo que pregunta Ernesto desde la mesa. Me acerco a mi asiento habitual, entre Pablo y Sonia, con la bandeja de la comida en las manos. Sonrío y miró a Ernesto, esperando la respuesta.  El muchacho, con su habitual sonrisa bobalicona, nos mira encantado.

-No lo sé. ¿Cuántos? –pregunta Sonia. Ernesto se ríe entre dientes.

-¡Los suficientes para que la pila de cadáveres toque el techo! –grita. Se ríe, alto, muy alto para que todos lo oigamos, y no podemos evitar la mirarle como si estuviera loco. En la mesa pasa a reinar un silencio absoluto y Ernesto nos mira ofendido.

-Joder, reíros un poco… ¡Tampoco es el fin del mundo! –murmura. Todos sonreímos en ese mismo instante, desviando la mirada al suelo.

-Eso nos dicen si –sonrío con tristeza -, pero el hecho de que los muertos se estén levantando me hace pensar que están equivocados.

-Chicos… -dice muy bajito Estéfano, un hombrecito de aproximadamente mi edad que estuvo encerrado en la azotea de su edificio muchos días hasta que un helicóptero consiguió rescatarle – ¿Vosotros creéis que los muertos vivientes son capaces de poner una bombilla?

-¡Desde luego que no! Los muertos son incapaces de hace nada manual: tienen los dedos totalmente podridos.

-Pero… en el campamento se anda diciendo que uno vio una vez a un zombi manejando un cuchillo y asesinando con él… -murmura muy bajito. Pablo, un hombre de unos sesenta y largos años resopla mostrando su desacuerdo.

-Es imposible. Tienen los dedos podridos, te lo repito. No pueden manejar armas porque dudo que consigan separar los dedos unos de otros. ¿Acaso has visto a alguno mostrando algo de inteligencia? Se limitan a vagar por ahí y todo es culpa de la democracia. ¡Esto con Franco no pasaba! Ahora hasta los muertos se han creído que tienen derecho a levantarse.

-No seas exagerado…

-¡No soy exagerado! Nosotros con Franco nunca pasamos hambre y vivíamos como dioses. Lo que pasa es que a los jóvenes se les metieron en la cabeza ideales muy raros que ya ves donde nos han hecho acabar. Y todo eso, escuchadme todos –dice mientras nos señala amenazadoramente con el dedo –es por culpa de la televisión.

Comienza la comida. A estas horas apenas se nota la depresión continua a la que nos vemos sometidos, sino que se cambia por los chistes que hemos inventado durante el día y las anécdotas del trabajo. Como siempre, Sonia es la que nos da una pequeña visión de lo que ha ocurrido en la Escuela durante todas esas horas.

- Estoy cansada de todo ya… -murmura despacio. Mueve el tenedor en el plato sin llevarse la comida a la boca, pensativa.

-Todos lo estamos

-No. Estoy seguro de que vuestro trabajo, aunque sea más agotador no es tan frustrante como el mío. No… no creo que entendáis lo que es educar, o intentar educar a un montón de niños que ni siquiera tienen a sus padres en los que apoyarse. Todo… todo está tan… asqueroso. Los niños ya no tienen tiempo de pensar en su edad, no tienen tiempo de jugar con juguetes porque todos esos se los han arrebatado… –dice muy rápido. Se le quiebra la voz en ese momento y mira al cielo intentando no llorar.

Nadie en la mesa hace nada por intentar consolarla. El tiempo ha mermado toda la esperanza de que las cosas mejoren con el paso del tiempo y de que lleguen algún día a ser como antes. Miro fijamente mi plato, sin atreverme ni siquiera a moverme por la tensión que se respira.

Todos sabemos que seguramente el trabajo de Sonia sea el más difícil de todos los que nos han obligado a ejercer: tiene apenas 25 años y está cuidando e intentando educar a un montón de niños, muchos de ellos sin casa ni familia. Todos los días se debe enfrentar contra chavales de apenas siete u ocho años que han perdido la fe en todo.

-Disculpadme –dice mientras se levanta de la mesa dejando la bandeja con la comida aun intacta -. Podéis comérosla, no tengo hambre –dice antes de irse.

Nos miramos unos a otros, incapaces de decir nada, pero en cuanto desaparece por entre las casetas, el hambre hace estragos y nos tiramos encima de la bandeja intacta. Al final, nos la dividimos en partes iguales.

-Pues yo –murmura con la boca llena Ernesto –hoy he aprendido a arreglar los paneles solares. Es un coñazo muy grande, pero parece que no se nos volverá a estropear ninguno más en mucho tiempo.

Hace dos noches, pienso, se estropeó uno de los focos del campamento dejando sin luz a una zona bastante amplia del mismo. Este hecho, aparentemente insignificante, causó un gran revuelo y a algunas personas les dio la impresión de que con la oscuridad los monstruos les iban a atacar más fácilmente. La consecuencia de todo ese desvarío es que se tuvieron que realojar en cabañas y tiendas que sí estuvieran iluminadas. Sin ir más lejos, yo tuve que soportar dormir con nueve personas más en una tienda que normalmente ocupamos seis, ya que todo el mundo quiso meterse en las pocas cabañas que eran de madera y la mía fue una de las primeras que las que se hizo de éste material.

-Pues yo me muero de sueño… hoy bajé desde bien pronto con los camiones al bosque para seguir talando árboles.

-¿Cuántas cabañas tenemos ya? –pregunto pensando en otro posible apagón.

-¿Contando las torres de vigilancia?

-No, no. Sólo cabañas para civiles.

-Seis, y creo que en una semana tendremos una más. Si seguimos a este paso en unas… setenta semanas o así estaremos todos realojados.

-Ojalá –dice Estéfano. Acabo mi plato y veo que el sol ya hace rato pasó el punto más alto.

-Chicos, tenemos que irnos al taller, que ya debe de ser la hora –digo levantándome. Pablo asiente conforme y Ernesto me mira pensativo.

-¿Toca clase de costura? –pregunta.

-Como todos los días. Vámonos, que seguramente hoy nos enseñen… no sé, la eficacia de asfixiar a los zombis con una cuerda de nilón casera o alguna mariconada de esa –digo. Estéfano y Ernesto se ríen y se levantan detrás de mí.

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5

Por Azufre_Antimonio - 1 de Abril, 2009, 23:14, Categoría: Departamento de información

Lentamente como todas las mañanas, comienzo a recuperar el control de mi cuerpo. Lenta, muy lentamente, comienzo a darme cuenta de todo.

El sol me da en la cara, de frente y directo. La litera parece ser más mullidita que de costumbre, suave pero áspera. Espera… ¿áspera? Las mantas del campamento son todo lo asquerosas que quieras, pero… ¿ásperas? No…

A lo mejor todo ha cambiado. A lo mejor sólo me he despertado del sueño de muertos vivientes y miedo. A lo mejor, si he tenido suerte, tengo que volver al colegio, examinarme de la PAU y… tal vez volver a ver a mi profesor de Geografía, a la de Historia… Hasta preferiría ver a la de Historia antes que…

Vale, vale, prepárate. Abre los ojos. Reza aunque no creas en Dios. Preparada… una… dos… tres. No, no, no me atrevo. Venga, vamos… yo puedo hacerlo, yo… vamos Tara

Abro un ojo lentamente, muy lentamente. Casi tan lentamente como de costumbre. El corazón me palpita con fuerza cuando veo el cielo despejado y me quedo pensativa. ¿Cielo azul? ¿No estoy en mi caseta?

Miro alrededor y veo que a mi lado está tumbado Alejandro, el estudiante de medicina. Me quedo de piedra mirándole. Eso significa que… ¿me dormí cuando él hablaba? No recuerdo haberle oído acabar. De hecho… no recuerdo nada más allá de un policía y un médico herido…

¿Me dormí? Oh, dios mío. Oh…. Dios. No puede ser. ¡¿Cómo se lo voy a poder explicar?!

Le miro fijamente y sonrío. ¡Qué tonta he sido durmiéndome! Ojala no se enfade demasiado, porque era un chico increíblemente agradable. Muy culto, además. Interesante… aunque me da la impresión de que tiene más pájaros en la cabeza que yo.

Alargo un brazo hacia él y le toco suavemente el hombro. Me doy cuenta de que la chaqueta es tan gruesa que le hace aparentar algo más de cuerpo del que tiene en realidad.

Le zarandeo un poco más fuerte. En todo este tiempo noto como he adelgazado muchísimo debido al racionamiento, al igual que todos los supervivientes. Además, nos hemos dedicado a trabajos manuales y muchas veces agotadores, con lo que nos hemos convertido en pequeños musculitos. Yo, que antes era más débil que cualquier mosca cojonera del parque de enfrente de mi casa, ahora me asombro de ver la cantidad de bultos que puedo cargar. Sin embargo, ese chico se nota que está encargándose de la parte intelectual de la supervivencia, pues parece más débil que cualquiera del campamento que se dedique a cargar mercancía.

Lentamente  abre los ojos y se me queda mirando. Le respondo con una sonrisa tímida e intuyo que me he sonrojado de vergüenza.

-Siento haberme dormido –le digo -, pero te avisé que no solía quedarme hasta tan tarde.

-No importa. Yo me dormí poco tiempo después. Pensé en despertarte para llevarte al campamento y que durmieras bien, pero supongo que tenía ganas de quedarme fuera una noche.

-¿Estás seguro? –pregunto con nerviosismo -¿No me vas a matar por haberme dormido en medio de tu relato ni nada parecido?

- No vamos a llegar muy lejos si nos empezamos a matarnos unos a otros –me sonríe él. Me siento más aliviada y suspiro.

-¿Qué hora crees que será? –pregunto de nuevo. El chico mira su reloj y me doy cuenta de que es diestro.

-Las 12 y mucho, casi la 1. Ya no llegamos al desayuno. ¿Te apetece dar una vuelta?

Miro al campamento que parece resurgir de la bruma de la mañana como de una película de terror. De hecho… estoy en una película de terror. ¿Por qué no?

-Claro –digo. Recogemos nuestras cosas, entre ellas mi grabadora que debió de haberla apagado él la noche anterior, mil gracias porque no hay pilas suficientes para malgastarlas, y comenzamos a andar -, pero solo un ratito pequeño, porque a las dos y media le toca a mi sector del campamento recoger el almuerzo.

-No te preocupes, estarás a las dos en tu sitio. Yo también tengo que entrar a clase.

-¿Es muy difícil medicina?

-Solo cuando tienes unos profesores que deberían ser cerdos en vez de personas y estás viviendo en una película de zombis –dice. Me rio ruidosamente y esto parece animarle -. ¿Y tú? ¿A qué te metiste, o sigues estudiando?

-Me metí en costura, aunque cuando hay que hacer más cosas, se hacen. Es… aburrido y poco útil para sobrevivir, pero mejor que ir a cortar leña. O que cultivar la comida.

-Eso es lo más peligroso, tienes suerte de que no te hayan mandado allí. Por curiosidad… ¿dónde te pillaron a ti los ataques?

Me paro en seco y desvío la mirada. Odio recordar todo eso…

-En un tranvía –contesto algo huraña. Me mira con curiosidad.

-¿Te molesta hablar de eso?

-Un poco.

-Perdona entonces –se disculpa. Volvemos a caminar en un tenso silencio durante un rato largo. Desvío la mirada hacia el campamento.

-Tal vez debería irme… no quiero llegar tarde –digo en voz baja. Alejandro asiente lentamente.

-Perdona, en serio. No quería que te sintieras mal…

-No te disculpes, no es nada. Sólo es que acabo de acordarme de que tengo que hacer unas cosillas antes de comer –miento. Aunque intuyo que sabe lo que estoy pensando, no estoy dispuesta a admitir que me duele hablar de lo que me ocurrió a mí. Recojo historias pero no cuento la mía, ese es mi trabajo. Los periodistas no debemos dar nuestra opinión nunca, y este chico al que acabo de conocer no debe saber jamás que se me llenan los ojos de lágrimas cuando todo lo ocurrido aquel martes de hace meses -. ¿Puedo abusar de ti un día más para que me acabes de contar o es mucho pedir? Prometo no dormirme –digo levantando la mano con un gesto de juramento. El chico se ríe.

-Cuando quieras

-Entonces te buscaré un día de éstos al salir de clase, como la serie. ¡Cuídese mucho! –le grito mientras me alejo corriendo hacia el campamento.

Que chico tan extraño, sonrío.

 

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Por Azufre_Antimonio - 16 de Marzo, 2009, 22:21, Categoría: Departamento de información

Desde hace unas semanas todo lo que me rodea huele a muerte, a suciedad y a grasa putrefacta. Y no es sólo la isla en general la que contamina el ambiente con su olor, sino que ya se ha alojado en nuestra piel, en nuestro pelo y en nuestra ropa. La peste, tan nauseabunda se mete por la nariz hasta las entrañas y parece calar incluso en los huesos.

Por suerte, ya hace días que no vomito ni lo necesito. El ser humano es capaz de adaptarse hasta a los cambios más bruscos. En mi caso, ya ha desactivado el sentido del olfato.

Ya no me queda nada más que una grabadora que conseguí rescatar de una de las múltiples tiendas antes de que se incinerara y un montón de cintas de audio vírgenes dispuestas a ser llenadas con historias, para contarle al mundo lo que han vivido muchos de los supervivientes de mi campamento y que, como a mí, no les queda nada de lo que antes había abundado en su vida.

Aunque lo intentemos, no creo que nada vuelva a la normalidad. Aquí intentamos pasar los días como si fuera simplemente un campamento de verano, intentando seguir con la vida diaria, dudo que lo consigamos. Por mucho que nos esforcemos, no debemos olvidar que ellos son muchos más.

No sabemos nada del mundo exterior, no sabemos qué diablos ha pasado desde hace semanas… y dudo que lleguemos a saber algo de lo que ocurra fuera de las Cañadas.

Giro la cabeza y me fijo en la entrada de la tienda. Desde ahí consigo observar como un grupo de niños pasa corriendo ruidosamente enfrente de ésta. Hace días que no oigo una risa. Todo es tan… deprimente.

Tengo una entrevista concertada con el único medico que ha aceptado concedérmela: los altos cargos están demasiado ocupados para pensar en el tee se va apoderando de la población civil. Llevamos mucho tiempo sin tener comunicados de ningún tipo, si exceptuamos los que nos dan todas las mañanas sobre las horas de comida y las actividades organizadas para ese die nos informa de lo que ha pasado exactamente. Todos tenemos miedo, estamos aterrados. Aunque a ninguno de nosotros nos guste admitirlo, estamos hechos polvo: los asmáticos apenas pueden sobrevivir en este sitio tan frio y tan lleno de arena silbante que con sólo pestañear te puedes morir de dolor. Los psicólogos que quedan no dan abasto con los casos más graves, pero aún así siguen trabajando.

Es mi deber, por tanto, informar a la población de lo ocurrido. Necesito dejar constancia de todo, aunque el departamento de información que ha sido organizado con periodistas que han logrado sobrevivir no quieran que lo haga. ¿Acaso tener una titulación es algo tan indispensable como me quieren hacer creer?

En este campamento todas las personas están divididas de forma casi obsesiva en departamentos: sanidad, construcción, alimentación… gente como yo tan sólo es considerada un estorbo para la sociedad

Hemos vuelto a la edad de piedra y parece que nos hemos olvidado de cómo vivíamos en la época en la que ni la televisión ni el ordenador entraban por un cable en nuestra casa.

Lentamente, me bajo de la litera que me asignaron en el campamento, y la estructura de metal chasca con cualquier movimiento que hago. No me quejo, porque sé que muchas de las camas están peor que la mía. A caballo regalado no le mires el dentado, dicen, así que me limito a mirarme a un trozo de espejo que tengo, intentando adecentarme un poco para mi cita con el médico.

Odio no tener maquillaje para arreglarme un poco, pero el pensar que ninguna mujer más lo tiene me hace sentirme un poco mejor. Ya se sabe: mal de muchos, consuelo de tontos.

                        

Salgo de la caseta y me dirijo en dirección al Parador. El sol, aunque pega directamente, apenas puede calentar mi cuerpo. Me encojo debajo de una chaqueta varias tallas mayor de la que necesito, regalo del bondadoso ejército. ¡Qué irónico todo!

En el hotel se ha instalado todo lo referente con la sanidad: desde el pequeño hospital hasta el centro de investigación médica.  No se puede llegar  hasta allí sin un certificado del general, cosa que yo no tengo.

Me paro cerca del cordón policial que rodea las instalaciones, esperando a  un médico mientras rezo para que  no se haya olvidado de mí.

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