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Por Azufre_Antimonio - 8 de Abril, 2009, 14:54, Categoría: Departamento de información

-¿Cuántos zombis hacen falta para cambiar una bombilla? –oigo que pregunta Ernesto desde la mesa. Me acerco a mi asiento habitual, entre Pablo y Sonia, con la bandeja de la comida en las manos. Sonrío y miró a Ernesto, esperando la respuesta.  El muchacho, con su habitual sonrisa bobalicona, nos mira encantado.

-No lo sé. ¿Cuántos? –pregunta Sonia. Ernesto se ríe entre dientes.

-¡Los suficientes para que la pila de cadáveres toque el techo! –grita. Se ríe, alto, muy alto para que todos lo oigamos, y no podemos evitar la mirarle como si estuviera loco. En la mesa pasa a reinar un silencio absoluto y Ernesto nos mira ofendido.

-Joder, reíros un poco… ¡Tampoco es el fin del mundo! –murmura. Todos sonreímos en ese mismo instante, desviando la mirada al suelo.

-Eso nos dicen si –sonrío con tristeza -, pero el hecho de que los muertos se estén levantando me hace pensar que están equivocados.

-Chicos… -dice muy bajito Estéfano, un hombrecito de aproximadamente mi edad que estuvo encerrado en la azotea de su edificio muchos días hasta que un helicóptero consiguió rescatarle – ¿Vosotros creéis que los muertos vivientes son capaces de poner una bombilla?

-¡Desde luego que no! Los muertos son incapaces de hace nada manual: tienen los dedos totalmente podridos.

-Pero… en el campamento se anda diciendo que uno vio una vez a un zombi manejando un cuchillo y asesinando con él… -murmura muy bajito. Pablo, un hombre de unos sesenta y largos años resopla mostrando su desacuerdo.

-Es imposible. Tienen los dedos podridos, te lo repito. No pueden manejar armas porque dudo que consigan separar los dedos unos de otros. ¿Acaso has visto a alguno mostrando algo de inteligencia? Se limitan a vagar por ahí y todo es culpa de la democracia. ¡Esto con Franco no pasaba! Ahora hasta los muertos se han creído que tienen derecho a levantarse.

-No seas exagerado…

-¡No soy exagerado! Nosotros con Franco nunca pasamos hambre y vivíamos como dioses. Lo que pasa es que a los jóvenes se les metieron en la cabeza ideales muy raros que ya ves donde nos han hecho acabar. Y todo eso, escuchadme todos –dice mientras nos señala amenazadoramente con el dedo –es por culpa de la televisión.

Comienza la comida. A estas horas apenas se nota la depresión continua a la que nos vemos sometidos, sino que se cambia por los chistes que hemos inventado durante el día y las anécdotas del trabajo. Como siempre, Sonia es la que nos da una pequeña visión de lo que ha ocurrido en la Escuela durante todas esas horas.

- Estoy cansada de todo ya… -murmura despacio. Mueve el tenedor en el plato sin llevarse la comida a la boca, pensativa.

-Todos lo estamos

-No. Estoy seguro de que vuestro trabajo, aunque sea más agotador no es tan frustrante como el mío. No… no creo que entendáis lo que es educar, o intentar educar a un montón de niños que ni siquiera tienen a sus padres en los que apoyarse. Todo… todo está tan… asqueroso. Los niños ya no tienen tiempo de pensar en su edad, no tienen tiempo de jugar con juguetes porque todos esos se los han arrebatado… –dice muy rápido. Se le quiebra la voz en ese momento y mira al cielo intentando no llorar.

Nadie en la mesa hace nada por intentar consolarla. El tiempo ha mermado toda la esperanza de que las cosas mejoren con el paso del tiempo y de que lleguen algún día a ser como antes. Miro fijamente mi plato, sin atreverme ni siquiera a moverme por la tensión que se respira.

Todos sabemos que seguramente el trabajo de Sonia sea el más difícil de todos los que nos han obligado a ejercer: tiene apenas 25 años y está cuidando e intentando educar a un montón de niños, muchos de ellos sin casa ni familia. Todos los días se debe enfrentar contra chavales de apenas siete u ocho años que han perdido la fe en todo.

-Disculpadme –dice mientras se levanta de la mesa dejando la bandeja con la comida aun intacta -. Podéis comérosla, no tengo hambre –dice antes de irse.

Nos miramos unos a otros, incapaces de decir nada, pero en cuanto desaparece por entre las casetas, el hambre hace estragos y nos tiramos encima de la bandeja intacta. Al final, nos la dividimos en partes iguales.

-Pues yo –murmura con la boca llena Ernesto –hoy he aprendido a arreglar los paneles solares. Es un coñazo muy grande, pero parece que no se nos volverá a estropear ninguno más en mucho tiempo.

Hace dos noches, pienso, se estropeó uno de los focos del campamento dejando sin luz a una zona bastante amplia del mismo. Este hecho, aparentemente insignificante, causó un gran revuelo y a algunas personas les dio la impresión de que con la oscuridad los monstruos les iban a atacar más fácilmente. La consecuencia de todo ese desvarío es que se tuvieron que realojar en cabañas y tiendas que sí estuvieran iluminadas. Sin ir más lejos, yo tuve que soportar dormir con nueve personas más en una tienda que normalmente ocupamos seis, ya que todo el mundo quiso meterse en las pocas cabañas que eran de madera y la mía fue una de las primeras que las que se hizo de éste material.

-Pues yo me muero de sueño… hoy bajé desde bien pronto con los camiones al bosque para seguir talando árboles.

-¿Cuántas cabañas tenemos ya? –pregunto pensando en otro posible apagón.

-¿Contando las torres de vigilancia?

-No, no. Sólo cabañas para civiles.

-Seis, y creo que en una semana tendremos una más. Si seguimos a este paso en unas… setenta semanas o así estaremos todos realojados.

-Ojalá –dice Estéfano. Acabo mi plato y veo que el sol ya hace rato pasó el punto más alto.

-Chicos, tenemos que irnos al taller, que ya debe de ser la hora –digo levantándome. Pablo asiente conforme y Ernesto me mira pensativo.

-¿Toca clase de costura? –pregunta.

-Como todos los días. Vámonos, que seguramente hoy nos enseñen… no sé, la eficacia de asfixiar a los zombis con una cuerda de nilón casera o alguna mariconada de esa –digo. Estéfano y Ernesto se ríen y se levantan detrás de mí.

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5

Por Azufre_Antimonio - 1 de Abril, 2009, 23:14, Categoría: Departamento de información

Lentamente como todas las mañanas, comienzo a recuperar el control de mi cuerpo. Lenta, muy lentamente, comienzo a darme cuenta de todo.

El sol me da en la cara, de frente y directo. La litera parece ser más mullidita que de costumbre, suave pero áspera. Espera… ¿áspera? Las mantas del campamento son todo lo asquerosas que quieras, pero… ¿ásperas? No…

A lo mejor todo ha cambiado. A lo mejor sólo me he despertado del sueño de muertos vivientes y miedo. A lo mejor, si he tenido suerte, tengo que volver al colegio, examinarme de la PAU y… tal vez volver a ver a mi profesor de Geografía, a la de Historia… Hasta preferiría ver a la de Historia antes que…

Vale, vale, prepárate. Abre los ojos. Reza aunque no creas en Dios. Preparada… una… dos… tres. No, no, no me atrevo. Venga, vamos… yo puedo hacerlo, yo… vamos Tara

Abro un ojo lentamente, muy lentamente. Casi tan lentamente como de costumbre. El corazón me palpita con fuerza cuando veo el cielo despejado y me quedo pensativa. ¿Cielo azul? ¿No estoy en mi caseta?

Miro alrededor y veo que a mi lado está tumbado Alejandro, el estudiante de medicina. Me quedo de piedra mirándole. Eso significa que… ¿me dormí cuando él hablaba? No recuerdo haberle oído acabar. De hecho… no recuerdo nada más allá de un policía y un médico herido…

¿Me dormí? Oh, dios mío. Oh…. Dios. No puede ser. ¡¿Cómo se lo voy a poder explicar?!

Le miro fijamente y sonrío. ¡Qué tonta he sido durmiéndome! Ojala no se enfade demasiado, porque era un chico increíblemente agradable. Muy culto, además. Interesante… aunque me da la impresión de que tiene más pájaros en la cabeza que yo.

Alargo un brazo hacia él y le toco suavemente el hombro. Me doy cuenta de que la chaqueta es tan gruesa que le hace aparentar algo más de cuerpo del que tiene en realidad.

Le zarandeo un poco más fuerte. En todo este tiempo noto como he adelgazado muchísimo debido al racionamiento, al igual que todos los supervivientes. Además, nos hemos dedicado a trabajos manuales y muchas veces agotadores, con lo que nos hemos convertido en pequeños musculitos. Yo, que antes era más débil que cualquier mosca cojonera del parque de enfrente de mi casa, ahora me asombro de ver la cantidad de bultos que puedo cargar. Sin embargo, ese chico se nota que está encargándose de la parte intelectual de la supervivencia, pues parece más débil que cualquiera del campamento que se dedique a cargar mercancía.

Lentamente  abre los ojos y se me queda mirando. Le respondo con una sonrisa tímida e intuyo que me he sonrojado de vergüenza.

-Siento haberme dormido –le digo -, pero te avisé que no solía quedarme hasta tan tarde.

-No importa. Yo me dormí poco tiempo después. Pensé en despertarte para llevarte al campamento y que durmieras bien, pero supongo que tenía ganas de quedarme fuera una noche.

-¿Estás seguro? –pregunto con nerviosismo -¿No me vas a matar por haberme dormido en medio de tu relato ni nada parecido?

- No vamos a llegar muy lejos si nos empezamos a matarnos unos a otros –me sonríe él. Me siento más aliviada y suspiro.

-¿Qué hora crees que será? –pregunto de nuevo. El chico mira su reloj y me doy cuenta de que es diestro.

-Las 12 y mucho, casi la 1. Ya no llegamos al desayuno. ¿Te apetece dar una vuelta?

Miro al campamento que parece resurgir de la bruma de la mañana como de una película de terror. De hecho… estoy en una película de terror. ¿Por qué no?

-Claro –digo. Recogemos nuestras cosas, entre ellas mi grabadora que debió de haberla apagado él la noche anterior, mil gracias porque no hay pilas suficientes para malgastarlas, y comenzamos a andar -, pero solo un ratito pequeño, porque a las dos y media le toca a mi sector del campamento recoger el almuerzo.

-No te preocupes, estarás a las dos en tu sitio. Yo también tengo que entrar a clase.

-¿Es muy difícil medicina?

-Solo cuando tienes unos profesores que deberían ser cerdos en vez de personas y estás viviendo en una película de zombis –dice. Me rio ruidosamente y esto parece animarle -. ¿Y tú? ¿A qué te metiste, o sigues estudiando?

-Me metí en costura, aunque cuando hay que hacer más cosas, se hacen. Es… aburrido y poco útil para sobrevivir, pero mejor que ir a cortar leña. O que cultivar la comida.

-Eso es lo más peligroso, tienes suerte de que no te hayan mandado allí. Por curiosidad… ¿dónde te pillaron a ti los ataques?

Me paro en seco y desvío la mirada. Odio recordar todo eso…

-En un tranvía –contesto algo huraña. Me mira con curiosidad.

-¿Te molesta hablar de eso?

-Un poco.

-Perdona entonces –se disculpa. Volvemos a caminar en un tenso silencio durante un rato largo. Desvío la mirada hacia el campamento.

-Tal vez debería irme… no quiero llegar tarde –digo en voz baja. Alejandro asiente lentamente.

-Perdona, en serio. No quería que te sintieras mal…

-No te disculpes, no es nada. Sólo es que acabo de acordarme de que tengo que hacer unas cosillas antes de comer –miento. Aunque intuyo que sabe lo que estoy pensando, no estoy dispuesta a admitir que me duele hablar de lo que me ocurrió a mí. Recojo historias pero no cuento la mía, ese es mi trabajo. Los periodistas no debemos dar nuestra opinión nunca, y este chico al que acabo de conocer no debe saber jamás que se me llenan los ojos de lágrimas cuando todo lo ocurrido aquel martes de hace meses -. ¿Puedo abusar de ti un día más para que me acabes de contar o es mucho pedir? Prometo no dormirme –digo levantando la mano con un gesto de juramento. El chico se ríe.

-Cuando quieras

-Entonces te buscaré un día de éstos al salir de clase, como la serie. ¡Cuídese mucho! –le grito mientras me alejo corriendo hacia el campamento.

Que chico tan extraño, sonrío.

 

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4

Por Tachikoma - 29 de Marzo, 2009, 23:01, Categoría: Departamento de sanidad

      Un cegador destello interrumpe mi relato. Intento cubrirme los ojos con las manos, dolorido y sobresaltado, mientras oigo unas voces delante de mí.

-¡Eh, los de ahí!-gritan -¡Deténganse ahora mismo! ¡Las manos en alto!

        Aunque de mala gana, procuro obedecer con la mayor diligencia. Las patrullas nocturnas del ejército tienen órdenes de ser especialmente precavidas, todo por el bien del campamento. Pequeños incidentes como este son el precio de vivir en el único lugar seguro de toda la maldita isla, y quién sabe si del mundo.

-Hablad –dice uno de los soldados al acercarse, apuntándonos con su rifle –Decid algo ya, joder

-¡Cerebro! –gimo yo, imitando a los clásicos zombis de ciertas películas.

-¿Alejandro? –Dice el soldado mientras baja apresuradamente el arma –tío, no tiene ni puñetera gracia.

        Ya recuperado del deslumbramiento de las linternas, consigo ver a los componentes de la patrulla. Son dos tipos con los que me llevo bastante bien, Carlos y Simón. No es que sean los típicos militares prepotentes e idiotas de las películas de los americanos, pero cuando tienen que ponerse serios, lo hacen. Cuando están fuera de servicio, en cambio, son la gente más simpática y agradable que hay. Se los presento a Tara, quien se mantiene en un discreto silencio, no sé si porque está molesta con la interrupción o por pura timidez.

-¿Qué tal vais? -les pregunto.

-Bien, bien –responde Carlos, el que me había estado apuntando.- Mira, no os alejéis mucho del campamento a estas horas, ¿vale?

-Al menos no esta noche –añade Simón, en un tono nada tranquilizador.

-¿Qué pasa esta noche? –asalta rápidamente Tara.

-Que estamos nosotros de guardia.

-Sí tío –dice Carlos –No nos hagáis currar más de la cuenta.

        Tras un breve silencio en el que nadie parece tener nada más que decir, nos despedimos para seguir cada uno nuestro camino. Antes de separarnos, Simón me da un codazo al pasar por mi lado, mientras susurra por lo bajo algo así como "que te aproveche". Creo que ha malinterpretado totalmente el hecho de haberme encontrado con una chica a estas horas de la noche y tan lejos del campamento. Cuando ya se han alejado lo suficiente, Tara intenta reiniciar la conversación.

-¿Amigos tuyos?

-Sí.

-¿Qué te dijo el tipo aquél?

-Nada importante.

        Seguimos caminando un minuto más, en silencio. De pronto me detengo y miro al cielo. La luna está a punto de esconderse tras el horizonte. Dejo que el aire frío llene mis pulmones lentamente y tras soltarlo decido sentarme en el suelo. Tara hace lo mismo.

-¿Te has fijado en el cielo a estas horas? –le pregunto

-Sí –me responde, mientras bosteza -¿por qué lo dices?

-Me refiero a justo este momento, cuando desaparece la luna tras las montañas.

-En realidad no suelo quedarme despierta hasta tan tarde

-Pues mira

        Me echo hacia detrás, tumbándome en el áspero suelo, y ella me imita. Mientras esperamos intento fijarme disimuladamente en la chica. Está muy oscuro y la abundante ropa de abrigo que lleva me impide apreciar bien su figura, pero parece que está bastante bien. Cuando gira su cabeza vuelvo a alzar la mirada rápidamente hacia el cielo, con el pulso acelerado. Llevo demasiado tiempo sin pasar un rato a solas con una chica, y me está costando mantener la sangre fría. Está tan cerca que podría olerla perfectamente si no fuera por lo mal que le sienta el aire frío a mi nariz. Aunque la situación comienza a ponerme tenso, me alegra ver que todo lo por lo que he pasado no ha acabado con esa parte de mí.

        La luna por fin desaparece, y con ella el manto de blanquecina luz que velaba el cielo nocturno. En un instante, el firmamento aparece ante nuestros ojos en toda su magnitud, como nunca podríamos haberlo visto en nuestras antiguas vidas. Estrellas, planetas, nebulosas, estrellas fugaces, una infinidad de figuras luminosas sumergidas en un océano de un negro infinito. Tara emite un sonido de satisfacción al verlo, y su rostro adquiere una preciosa sonrisa natural, la primera que le veo desde que la conocí hace apenas unas horas.

-¿Qué es eso? –pregunta al cabo de unos minutos, señalando uno de los puntos.

-¿El qué? –respondo, arrimándome más a ella con la excusa de ver mejor a dónde señala.

-Eso que se mueve, tan despacito. No parece una estrella fugaz.

-Debe de ser un satélite artificial.

Inmediatamente, la sonrisa desaparece de su rostro para dar lugar a una expresión  algo melancólica. Aunque su mirada sigue fija en el cielo, parece estar mirando al vacío.

-Es algo triste, ¿no crees? Tan lejos como pudimos haber llegado, y ahora parece que vamos a acabar tal y como empezamos. Escondidos en las montañas, huyendo de los depredadores. Como salvajes en la edad de piedra. Fuimos capaces de añadir nuestro propio puntito luminoso a todo ese firmamento que parece inalcanzable, y ahora míranos, apagándonos poco a poco. Dentro de poco, el único monumento que quedará de lo que fuimos es esa cosa, girando eternamente sin propósito. Y no habrá nadie para llorarnos.

La verdad es que no sé qué responderle. Por mi propia salud mental procuro no darle demasiadas vueltas a esas cosas, aunque reconozco que este paisaje nocturno invita a la reflexión. Te hace sentir insignificante, como un grano de arena más en el desierto. Tras un breve silencio tan solo se me ocurre decir:

-Bueno, no te preocupes. Ese satélite no estará en órbita para siempre, tarde o temprano acabará desintegrándose contra la atmósfera.

        La chica entra progresivamente en un ataque de risa tonta. Al verla, no puedo evitar reírme con ella. Tras un rato riéndonos como idiotas se gira hacia mí con una expresión decidida en el rostro, y alzando la grabadora dice solemnemente:

-Tenemos una historia que contar. Debe quedar registro de lo que hemos vivido.

        La verdad es que lo último en lo que tengo ganas de hacer en este momento es recordar. Trago saliva,  y tras mirarla fijamente  a los ojos durante un rato, me giro hacia el cielo estrellado y reanudo mi relato.

  

  
 

        "Así que ahí estábamos todos, encerrados en aquella habitación de paredes blancas y con dos camas, mirándonos sin decir nada. El guardia civil que aún estaba de una pieza se sentó en una silla y resopló, inquieto. Su compañero, inconsciente, respiraba lenta y pesadamente en su camilla, totalmente cubierto de sangre. El Dr. Reinier se observaba fijamente la mano herida, pensativo. Victoria me miraba con expresión anhelante, como esperando a que yo tomara una decisión. Y fuera, aquellos monstruos seguían aporreando la puerta una y otra vez, sin ceder al desaliento. Saqué mi teléfono móvil del bolsillo con la esperanza de poder contactar con alguien.

-Ni lo intentes –dijo el policía –Las líneas están ocupadas.

        Antes de darme por vencido al menos tenía que intentarlo, y así lo hice. Efectivamente, en la pantalla del móvil apareció un mensaje de <<error de conexión>> en cuanto pulsé el botón de llamada.

-¿Y tu emisora? –pregunté.

-Ya he dado el aviso, pero resulta que no somos los únicos con problemas.

        Me paseé por la habitación, barajando nuestras posibilidades. Lo peor iba a ser convencerles de abandonar al policía herido y al Dr. Reinier. El constante martilleo en la puerta no me ayudaba nada a concentrarme en elaborar un plan.

-Les vacié el jodido cargador a esas viejas -dijo de pronto el guardia civil.

-Tenías que haberles disparado en la cabeza –respondí yo.

-¿Qué te crees que son, putos zombis? –gritó el agente, alterado.

-Creo que eso está bastante claro –interrumpió el doctor, abriendo la boca por primera vez desde mi llegada pero sin dejar de mirar su mano.

-Y una mierda –dijo el agente.

        El guardia civil se levantó de la silla y salió al pequeño balcón, donde permaneció medio minuto antes de volver a entrar.

- Mira, no me puedo creer que estéis pensando en chorradas en un momento como este, ¿de qué vais?

- Murió esta mañana

- ¿De qué coño estás hablando?

- La señora que me mordió –respondió el médico, dirigiendo su ojerosa mirada al policía -murió esta mañana. Ingresó con una neumonía, que acabó complicándose hacia una sepsis. Esta mañana entró en un severo fallo multiorgánico y murió, delante de mis ojos. No tuvimos tiempo de llevarla a la morgue, ya que media hora después un auxiliar vino corriendo a avisarme de que el cuerpo estaba convulsionando. Llegué a tiempo para verla levantarse de la camilla y ponerse en pie. Llevaba semanas sin poder ni siquiera moverse para ir al baño. Y ahora mírela.

- Pero entonces, su herida... –comenzó Victoria.

- Solo es un mordisco. –interrumpió el doctor –Basta con limpiar un poco la herida y tomar antibióticos.

- Pero si es como en las películas...-dije yo.

- Esto no es una película, señorito.

-Lo que quiere decir Alejandro –indicó Victoria – es que la mordedura de esas cosas podría haberle transmitido...algo. Podría convertirse en una de esas cosas si no hacemos algo.

-No tenemos evidencia ninguna de que se trate de una enfermedad infecciosa –respondió el médico, alzando el tono de voz.

        Nadie respondió. La negación es un mecanismo natural de defensa psicológica, y en este caso estaba más que justificado. No podía hacer nada por convencerle salvo esperar a que él mismo se rindiera ante la evidencia.

-Tenemos que salir de aquí. –dije, al cabo de un rato – Ahí fuera ya sólo quedan dos, podemos encargarnos de ellas prácticamente sin problemas.

-Pues yo digo que de aquí no se mueve nadie hasta que no vengan a sacarnos –interrumpió el guardia civil, señalando a su compañero – No podemos dejarle solo en este...

        No llegó a terminar la frase. El policía herido empezó a agitarse en la camilla, emitiendo unos angustiosos estertores y poniendo los ojos en blanco, como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico. De pronto se quedó rígido como una tabla y dio un escalofriante alarido.  Todos nos quedamos de piedra, mirando fijamente en silencio durante largos minutos. El cuerpo yacía inmóvil, en la camilla, sin signos de vida.

-Prepara tu pistola –le dije al guardia civil cuando conseguí salir de mi estupor

-¿Qué? –respondió, atónito.

-La pistola, ¡sácala! –gritó Victoria –rápido!

        Lo que vino a continuación no fue inesperado, pero fue bastante espeluznante. El cadáver del policía comenzó a agitarse de nuevo, esta vez de una forma más sutil y siniestra. Primero los brazos, después las piernas. Una sacudida recorrió todo el cuerpo, haciendo que se arquease sobre la camilla. Finalmente, y tras permanecer unos segundos totalmente inmóvil, se incorporó e inspeccionó la habitación con su mirada ausente.

La impresión que causa ver un cadáver en movimiento es bastante extraña. La ausencia de respiración y otros movimientos espontáneos como parpadear o tragar saliva hace que parezcan artificiales, como figuras hechas en cera. Además, sus miembros suelen estar rígidos, lo que hace que se muevan de una forma muy forzada, como si fueran marionetas. Su mirada no es maligna y penetrante como suele verse en muchas películas; al contrario, rara vez suelen mirarte a los ojos, y su expresión es bastante indiferente, como si se tratara de sonámbulos. En conjunto, todo su aspecto sumado al desagradable gemido que emiten da lugar a una imagen bastante sobrecogedora.

El cadáver reanimado se levantó torpemente de la  camilla y comenzó a caminar arrastrando los pies hacia el guardia civil, que le miraba estupefacto.

-¡Dispárale, vamos! –gritamos todos los que contemplábamos la escena.

        Al final, el guardia civil reaccionó a tiempo y apoyó el cañón de la pistola en la frente del muerto. Antes de apretar el gatillo, murmuró una disculpa. El estampido que vino luego nos dejó sumidos en una total sordera durante un minuto. Un desagradable pitido era el único sonido que podía escuchar a través de mis oídos. El olor a pólvora llenó la habitación y me provocó un ataque de tos. El cuerpo del cadáver permaneció unos segundos de pie antes de desplomarse al suelo, con todos los sesos desparramados a su alrededor. Una de sus piernas aún se agitó un instante antes de quedar inmóvil, esta vez para siempre. En aquél momento me di cuenta de que un disparo no era algo tan emocionante y limpio como en las películas de acción.

        Al cabo de varios minutos, cuando recuperamos de nuevo la audición, el médico dijo tajantemente:

-Tenemos que bajar al quirófano. Hay que cortar este brazo antes de que sea demasiado tarde.

-Eso no suele funcionar – dije yo.

-¿Por qué, porque lo dicen tus películas? ¡Al cuerno con tus películas! ¡Despierta ya de una vez! Maldito crío...

        Siempre tuvo un carácter bastante desagradable. Lo bueno es que por fin todos se habían dado cuenta de la gravedad de la situación. Lo malo era que, en lugar de ponernos a salvo, íbamos a acabar metiéndonos de lleno en la boca del lobo. Y es que sólo me faltó una mirada a Victoria para saber que su estricto código moral iba a obligarnos a acompañar al doctor hasta el final."

        Hago una pausa en mi historia para ordenar las ideas. A mi lado, un repentino ronquido rompe el silencio de la noche. Tara se ha quedado profundamente dormida, con la grabadora encendida. Con una sonrisa, se la apago y pienso si despertarla o no. Hace frío, pero la ropa de abrigo que llevamos es muy efectiva. Todo está muy tranquilo. Sigo mirando las estrellas mientras pienso en lo bien que se está aquí arriba, lejos del infierno que dejamos detrás, y antes de que me dé cuenta mis ojos ya se han cerrado.

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3

Por Tachikoma - 24 de Marzo, 2009, 0:24, Categoría: Departamento de sanidad

     

      Hace ya un buen rato que el sol se ha puesto, dejándonos sumidos en una oscuridad casi total solo rota por el tenue brillo que nos llega desde las hogueras del campamento. Hago una pausa en mi relato para beber agua de una botella que me ofrece mi entrevistadora mientras aprovecho para ordenar mis ideas. Tara mira hacia el infinito, con aire pensativo, y al rato su voz corta el silencio.

-Entonces, ¿los médicos no sabían nada? ¿No hubo avisos de epidemias en Asia, ni nada por el estilo?

-Nada de nada –respondo- El cine moderno nos ha metido en la cabeza que algo así sólo puede ocurrir por culpa de virus descontrolados y esas cosas, pero la realidad ha resultado ser bien distinta. Ocurrió de la noche a la mañana, y en todo el mundo al mismo tiempo. A día de hoy seguimos sin tener una explicación: no hay  ningún virus, radiación cósmica o lo que sea. Como ya sabes, ni siquiera se trata de una enfermedad contagiosa, cualquier cadáver se reanima haya sido mordido o no. Es como si simplemente hubiera dejado de haber sitio en el infierno.

-Bonita forma de describirlo.

-Lo he sacado de una peli.

               En ese momento, algo capta nuestra atención. Un vehículo del ejército llega por la carretera y se detiene justo en la entrada del Parador. Dos hombres bajan y entran en el edificio, para salir al poco tiempo cargando un par de sacos que meten en el maletero del vehículo. En menos de un minuto han vuelto a desaparecer.

-¿Qué fue eso?-pregunta Tara, intrigada

-Eran residuos del hospital. Cada día se genera un montón de basura potencialmente peligrosa para la salud del campamento, así que se la llevan a un lugar bien alejado para quemarlo todo.

-Ah -responde, no muy convencida -Es que... me pareció que uno de los sacos se movía, o algo.

Mi pulso se acelera, y espero que mi voz suene natural al responder.

-Pues yo los vi bastante quietos los dos.

-No sé, me ha dado esa sensación, pero está demasiado oscuro. Da igual.

               Tras un breve silencio en el que Tara se queda mirando fijamente hacia las ventanas del Parador, me quejo del frío que hace y propongo caminar un rato para entrar en calor. Ella está de acuerdo, así que nos levantamos y saco de un bolsillo de mi chaqueta una pequeña linterna. A la chica parece hacerle gracia ver cómo le doy vueltas a la manivela que hace que mi linterna pueda funcionar sin pilas. Cuando creo que ya está lo suficientemente cargada la enciendo y comenzamos a caminar, procurando no tropezar en el pedregoso terreno.

-Entonces, ¿volviste a entrar en el hospital?-pregunta Tara, tras poner en marcha la grabadora

-Sí. En aquel momento no pude evitar tener la sensación de que estaba a punto de cometer un tremendo error, pero no podía evitarlo: había hecho una promesa y ahora me sentía obligado a cumplirla.


               "Hay ciertos detalles que uno tiene que tener en cuenta antes de meterse de cabeza en un edificio lleno de muertos vivientes. Lo más importante es que hay que llamar la atención lo menos posible. En cuanto una de esas cosas te ve y comienza a gemir  atrae a todas las que se encuentren cerca, y a pesar de lo que digan algunos bravucones, es casi imposible enfrentarte a más de uno al mismo tiempo sin llevarte algún mordisco. Lo segundo es que tienes que evitar que te agarren; una vez hacen presa  no hay forma de quitártelos de encima. Por eso es tan importante no llevar el pelo muy largo ni ropa demasiado suelta. Otra cosa importante es llevar encima algún objeto lo suficientemente contundente o afilado como para machacarles los sesos. Las armas de fuego son menos útiles de lo que parece, entre el ruido que hacen y lo poco que dura la munición al final siempre te acaban dejando tirado en medio de una situación muy delicada.

               Con todo esto en mente, lo primero que hice fue quitarme la bata y dejarla por ahí. Luego examiné el entorno en busca de algo que pudiera usar como arma. En la recepción del hospital había muchos ancianos con muletas y bastones que podrían haberme venido de maravilla, pero no creo que hubieran estado dispuestos a dármelos voluntariamente. ¿Te imaginas? <<Disculpe señor, ¿me podría dejar su bastón? Es que tengo que cargarme un par de zombis>>. También pensé que en la cocina restaurante podría conseguir algún cuchillo, pero rápidamente deseché la idea por la misma razón. Cuando ya empezaba a perder los nervios, reparé en que la pared en la que estaba colgado el desfibrilador portátil estaba acordonada, y que el cordón estaba sujeto por unas barras metálicas con una peana en la base. Sin pensarlo más, desaté la cinta y levanté uno de los soportes y lo sopesé. Era demasiado pesado como para ser un arma cómoda, pero serviría hasta que pudiera encontrar algo mejor.

               Creo que la imagen de un estudiante de medicina blandiendo una barra de metal antes de volver a entrar en el hospital debió de tener un efecto poco tranquilizador en la multitud que se agolpaba en la entrada, pues el jaleo se volvió más intenso. <<No les queda nada>>, pensé en aquel momento, intentando escudarme psicológicamente ante la crueldad del destino que les esperaba en caso de que la situación no se controlara rápidamente.

               Armándome de valor, finalmente me decidí a internarme en aquél laberinto de pasillos y escaleras en el que tan fácil era perderse en cualquier momento. Mientras subía hacia la sexta planta, el eco de varios disparos resonó por todo el hospital, rápidamente seguido del escándalo de la alarma de incendios. Un tropel de médicos y enfermeras comenzó a bajar en estampida, obligándome a apartarme antes de que me arrollaran. Parecía que aquella marea de gente no iba a terminar nunca, y por más que me fijara, la persona a la que yo estaba buscando no se encontraba entre la multitud. ¿La habrían cogido? En aquél momento, recé para que se hubiera puesto enferma y no hubiera venido ese día. No me sentía capaz de hacer lo correcto si la encontraba sujetándose la herida de un mordisco.

               Cuando por fin cesó el flujo de gente, seguí subiendo. Casi me caigo escaleras abajo al resbalar con algo que resultó ser un reguero de sangre dejado atrás por alguno de los que huían. Ese detalle me puso muy nervioso, significaba que el camino de vuelta podría ser más peligroso que el de ida. Aun así, seguí subiendo hasta llegar a la planta sexta, ya jadeando por el esfuerzo. Me extrañó mucho no encontrar ninguna de esas cosas siguiendo el rastro de la estampida de gente, pero muy pronto, una serie de golpes resolvió el misterio. Al doblar la esquina y entrar en el pasillo en el que se encontraban todas las habitaciones de los ingresados, vi a tres pacientes machacar la puerta de una de las habitaciones. Las tres eran mujeres muy ancianas, una de ellas extremadamente delgada y casi sin pelo ni dientes, las otras dos bastante obesas. Aporreaban la puerta distraídamente, como si no tuvieran ganas o fuerzas, pero tan obsesionadas con llegar al otro lado que ni siquiera repararon en mi presencia hasta que no les grité.

               Inmediatamente, las tres se giraron y comenzaron a avanzar hacia mí, con los brazos extendidos y emitiendo unos asquerosos gemidos guturales mientras boqueaban como peces fuera del agua. Mientras caminaban, pude fijarme en que sus batas tenían varios agujeros en la zona del pecho. Al parecer, los disparos provenían de quienquiera que estuviera al otro lado de la puerta, probablemente los dos guardias civiles que había visto subir antes. Parece que no se les había ocurrido probar a disparar directo a la cabeza, y habían decidido encerrarse en la habitación a la espera de refuerzos. Puede que hubiera alguien más con ellos dentro, tenía que comprobarlo.

               La mujer huesuda fue la primera en alcanzarme, pues iba considerablemente más rápido que las demás al tener que arrastrar menos peso. Alcé la barra por encima de mi cabeza y le golpeé con todas mis fuerzas con la parte de la peana. El fuerte chasquido que sonó me hizo pensar que había conseguido partir el cráneo, y efectivamente, la señora cayó desplomada. Sólo por si acaso, y llevado por el frenesí asesino en el que me había sumido la adrenalina, seguí golpeándola en el suelo hasta que su cabeza no era más que una especie de pulpa rojiza con trozos de hueso desperdigados por el suelo. El hecho de que no sangrara me alivió considerablemente, pues hasta el momento aún albergaba la duda de si eran de verdad lo que yo creía que eran o estaba equivocado. Sin ningún lugar a dudas, esa gente estaba total y completamente muerta.

               Aún estaba con la mirada perdida en los restos de mi primera víctima cuando las otras dos me alcanzaron. Venían las dos muy juntas, así que no podía deshacerme de ellas de una en una. Intenté levantar la barra de nuevo, pero los brazos me fallaron. En lugar de atacar, comencé a retroceder hasta llegar a la sala de espera, donde tendría el suficiente espacio como para evitarlas y correr de nuevo hacia el pasillo. Al llegar a la puerta, grité a los de dentro que me dejaran pasar. No recibí respuesta alguna, y las dos señoras comenzaban a acercarse peligrosamente de nuevo. Intenté girar el picaporte y para mi sorpresa, la puerta se abrió. Al ver a aquellas tres machacar la puerta de esa manera me había dado por pensar que estaba trancada desde dentro, pero no. Afortunadamente, estos no eran de los que sabían manipular objetos.

               Nada más entrar, uno de los guardias civiles salió corriendo a recibirme, pistola en mano. <<¡Entra ya de una vez, joder!>>. No hacía falta que me lo dijera dos veces. Cerré la puerta detrás de mí y dejé la barra metálica en el suelo mientras recuperaba el aliento. Detrás de mí, comenzaron de nuevo los insistentes golpes.  Una vez me tranquilicé, inspeccioné la habitación. Delante de mí el policía se guardaba la pistola de nuevo en la cartuchera. En una de las camillas estaba tumbado su compañero, gravemente herido a juzgar por el enorme charco de sangre que le rodeaba. En la otra camilla había sentadas dos personas con bata. Una de ellas era el Doctor Reinier, que se sujetaba una mano envuelta en unos paños ensangrentados. La otra era ella, Victoria, a quien yo había venido a sacar de este infierno. Me siguió mirando unos segundos con expresión incrédula antes de levantarse corriendo a abrazarme. <<No me lo puedo creer>> me decía, en un tono de voz que reflejaba la angustia que estaba pasando. << Está pasando de verdad, ¿no? ¿Cómo podías saberlo? Dios mío, ¡sácame de aquí!>>

               Su cara estaba más pálida que de costumbre. El miedo que emanaba de su mirada me hizo sentir culpable de haberla hecho escuchar durante todos estos años mis locuras acerca de cómo la humanidad iba a ser devorada por los muertos vivientes. Por supuesto, todo eran bromas, pero a ver cómo se lo explicaba yo ahora. A ver con qué cara le decía que todo iba a salir bien y que no era para tanto. Lo único que me quedaba era recordarle que ella me había hecho prometerle, quizás en broma también, que la salvaría si algún día nos atacaban  los zombis. Ahora, por mi honor, pensaba cumplir mi promesa. Y si no, haber tenido la boca cerrada".


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Por Tachikoma - 16 de Marzo, 2009, 22:44, Categoría: Departamento de sanidad

Hoy ha sido un día duro. Los ha habido mucho peores, desde luego, pero el de hoy ha sido horrible. Este clima no es el ideal para los enfermos, y eso está pasando factura. Hoy han muerto dos señoras mayores, una por problemas respiratorios y otra por una infección generalizada de causa aún no determinada. Lo bueno es que ya no tendremos que escuchar los insistentes lamentos de esta última resonando por los pasillos del improvisado hospital.  Sí, puede sonar cruel, pero lo cierto es que estaba empezando a afectar enormemente a los ánimos del personal. Luego están las seis horas diarias de charlas teóricas a las que nos someten a los estudiantes en uno de los salones del Parador. Nunca se me ha dado bien atender en clase, pero saber que estás viviendo el maldito fin del mundo, cuanto menos, distrae. Nos dicen que ahora somos más imprescindibles que nunca, que somos la primera línea de defensa contra la extinción de la humanidad, pero lo que veo en mis largas horas de guardia es que con todos nuestros antibióticos y nuestros cuidados intensivos no estamos haciendo nada más que prolongar la agonía a la que estamos sometidos. Y si no, que se lo pregunten a las dos señoras de esta mañana. Sí, están muertas, pero eso hoy en día ya no supone un obstáculo tan grande, ¿verdad?

Tras intercambiar las quejas de costumbre me despido de mis compañeros y me dirijo a la entrada del Parador, donde me han pedido que me encuentre con alguien que quiere hacerme unas preguntas. Malditas las ganas que tengo ahora mismo de atender a nadie. A saber qué quiere. Espero que sea rápido.

Al salir al exterior, vuelvo a notar el intenso frío del que estaba protegido gracias a la calefacción del edificio (alguna ventaja tenía que tener, somos los únicos a los que nos permiten gastar combustible en calefacción, por el bien de los enfermos). El sol se está poniendo, dando al cielo ese colorido tan especial que uno no puede apreciar bien desde la ciudad. Es una hora del día bastante melancólica, en la que hemos perdido el sol pero aún no podemos ver las estrellas. Por algo será que es la hora del día en la que mayor es el índice de suicidios entre los supervivientes. Busco con la mirada y ahí encuentro a mi entrevistador, envuelto en un abrigo militar que parece hecho para alguien dos o tres veces más grande. Al acercarme, veo que se trata de una chica bastante joven. Y bastante mona, también. Quizás no me venga mal pasar un ratito hablando con ella, en estos días en los que uno no ve nada más que cosas desagradables a donde quiera que mire.

-Hola, ¿eres el médico con el que iba a hablar?

-Bueno, sí. Estudiante, no soy médico aún –respondo, mientras me acerco a darle los dos besos de saludo –Me llamo Alejandro.

-Encantada de conocerte. Yo soy Tara.

-¿Tara? ¿Eso qué es, guanche?

-No -responde medio molesta –es el nombre de la diosa de la Tierra según mitos paganos. Y desde luego, suena mejor que "Josefina Cabeza de Vaca"

-¿Te llamas Josefina Cabeza de Vaca?

-Eso pone en mi DNI –responde riéndose.

-Vale, Tara suena bien. Vamos a sentarnos por ahí, ¿vale? Estoy molido. ¿Qué querías preguntarme?

-Estoy intentando recoger las historias de los supervivientes. Ya sabes, dónde estaban cuando todo empezó, que hicieron… todo eso. Pondré la grabadora, si no te molesta, para transcribirlo más tarde.

-No habrá ningún problema, claro. ¿Llevas mucho recopilando historias? – ella niega con la cabeza mientras nos sentamos en el suelo. No es el sitio más cómodo pero sí el que más cerca tenemos.

-No, la tuya es la primera. Necesitaba un comienzo interesante, ya sabes, para demostrarle a la gente que no ando con demasiadas chorradas.

-Bien, pues empiezo.  ¿Está grabando ya? Vale.  


  

"No a todos nos cogió por sorpresa. Algunos sabíamos que ese día llegaría. No sabíamos cuándo, ni siquiera si estaríamos allí para verlo, pero algo en nuestro interior nos decía que acabaría pasando. Pero eso no quiere decir que estuviéramos preparados. Por muchas películas que uno vea, por muchos libros que te leas, no puedes estar preparado para algo así.

        Mi historia, como la de casi todos, empieza ese martes por la mañana. La noche anterior había dormido fatal. ¿Sabías que todo el mundo durmió fatal aquella noche? No sé si sería el calor o algo más, pero nadie pudo conciliar el sueño tranquilamente. A la mañana del martes, nada más salir a la calle se veía que no iba a ser un día normal. Una intensa calima teñía el cielo de un color anaranjado. El polvo en suspensión se te metía por todas partes, dejándote toda la garganta seca y dolorida. Recuerdo coger el autobús hacia el hospital universitario, donde hacía mis prácticas de segundo ciclo de medicina desde las ocho de la mañana. Nada más llegar me llamó la atención la gran cantidad de ambulancias y coches de la policía que había a la entrada. No era la primera vez que lo veía, pero esas cosas siempre te dejan pensando en qué habrá ocurrido.

        El cambio de guardia de aquella mañana fue bastante peculiar. Todos los médicos que estuvieron de guardia por la noche contaban casos de pacientes histéricos y violentos, y más de uno venía con alguna venda, refiriendo haber sido mordidos por gente que hasta hacía unas horas estaban en cama y sin fuerzas para ponerse en pie. Por más que lo discutieron, ni los médicos más viejos y experimentados pudieron dar una explicación convincente a un fenómeno que muchos tildaron de "curioso".  Por supuesto, a estas alturas mi imaginación estaba rebosando de historias de zombis y muertos vivientes arrancando ferozmente las ristras de chorizo que hacían las veces de tripas en muchas de las películas que yo solía ver. Ya estaba pensando en las caras que pondrían mis amigos al hablarles del tremendo brote de pacientes zombis en el hospital, cuando vi al primero.

Era un varón de 52 años, con sida, al que habían operado de hace una semana de cáncer de colon izquierdo (lo sabía porque yo había estado en la operación). La operación no había resuelto gran cosa, y el pobre hombre estaba en las últimas. En tan solo una semana había perdido una cantidad brutal de masa corporal, y la última vez que le vi parecía apenas un esqueleto recubierto de piel, postrado en su camilla y enchufado a los goteros. Mi sorpresa fue mayúscula cuando esa mañana, al ir a la planta le vi salir de su habitación, deslizando torpemente los pies por el suelo, medio desnudo (las batas para pacientes sólo tapan por delante) y arrastrando su gotero, aún conectado a las vías que le habían cogido. Recuerdo que mi corazón se aceleró mientras pensaba algo así como "¡tío, es igual que un zombi!". La escena dejó de resultarme graciosa cuando una de las enfermeras fue corriendo a sujetarle para devolverle a su habitación y el paciente se le tiró encima y le arrancó media cara de un sólo mordisco. Las demás enfermeras empezaron a gritar histéricamente, y tras una pausa en la que me quedé abobado viendo cómo aquél tipo tan débil y delgado masticaba el trozo de piel y carne que acababa de arrancar, me lancé sobre él y apreté lo más fuerte que pude su cuello con mis manos, procurando dejarlo inmóvil de cara al suelo con mi rodilla sobre su espalda. Desde luego, su debilidad era sólo aparente, el tío empezó a revolverse y a lanzar dentelladas para intentar cogerme, pero afortunadamente los de seguridad aparecieron a tiempo y se encargaron de él. El subidón de adrenalina hace que recuerde vagamente lo que pasó a continuación, pero sé que dejaron al tipo atado y amordazado en su camilla y se llevaron corriendo a la enfermera a los quirófanos para tratar la horrible herida que le había quedado en media cara. Recuerdo haberme fijado, mientras jadeaba por el esfuerzo y la tensión, en que podía ver unas cuantas de sus muelas a través del agujero en la mejilla. También recuerdo ver a uno de los guardias de seguridad sujetándose la mano con un pañuelo lleno de sangre.

Mientras estaba ahí, en medio del pasillo, pisando el charco de sangre y observando todo lo que ocurría a mi alrededor con cara de tonto, me embargó una enorme sensación de urgencia. Todo me parecía tan irreal...pero sabía lo que estaba ocurriendo. Estaba dispuesto a creérmelo. Y sabía lo que tenía que hacer. Bajé corriendo las escaleras hasta llegar a la primera planta, donde estaba la salida. Por el camino puede escuchar varios gritos, pero no me detuve a ver qué pasaba. Al pasar por delante de la cafetería vi un grupito de policías salir corriendo y dirigirse hacia el interior del hospital, arma en mano. Fuera, en la calle, había un montón de gente con expresión preocupada, intentando llamar por teléfono, preguntando, gritando. Muchos se abalanzaron sobre mí a acosarme con preguntas, supongo que al ver mi bata. Procuré tranquilizarlos y decirles que no entraran en el hospital, que se quedaran fuera y esperaran a que la situación estuviera controlada. Pero no podía decirles lo que estaba pasando. Podía intentar hacérselo a entender a una persona, a dos, pero no a una masa de gente nerviosa y asustada.

Ya estaba corriendo hacia la parada del autobús para huir hacia  mi casa y cerrar puertas y ventanas cuando me dio por pensar en lo que había ocurrido. Si de verdad había llegado el día en el que los muertos vivientes se alzaran y reclamasen la tierra, todo el mundo en ese hospital iba a morir.  Yo no podía hacer nada por impedirlo, no podía ayudarlos a todos.  Pero había alguien ahí dentro a quien tenía que salvar."


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Por Azufre_Antimonio - 16 de Marzo, 2009, 22:21, Categoría: Departamento de información

Desde hace unas semanas todo lo que me rodea huele a muerte, a suciedad y a grasa putrefacta. Y no es sólo la isla en general la que contamina el ambiente con su olor, sino que ya se ha alojado en nuestra piel, en nuestro pelo y en nuestra ropa. La peste, tan nauseabunda se mete por la nariz hasta las entrañas y parece calar incluso en los huesos.

Por suerte, ya hace días que no vomito ni lo necesito. El ser humano es capaz de adaptarse hasta a los cambios más bruscos. En mi caso, ya ha desactivado el sentido del olfato.

Ya no me queda nada más que una grabadora que conseguí rescatar de una de las múltiples tiendas antes de que se incinerara y un montón de cintas de audio vírgenes dispuestas a ser llenadas con historias, para contarle al mundo lo que han vivido muchos de los supervivientes de mi campamento y que, como a mí, no les queda nada de lo que antes había abundado en su vida.

Aunque lo intentemos, no creo que nada vuelva a la normalidad. Aquí intentamos pasar los días como si fuera simplemente un campamento de verano, intentando seguir con la vida diaria, dudo que lo consigamos. Por mucho que nos esforcemos, no debemos olvidar que ellos son muchos más.

No sabemos nada del mundo exterior, no sabemos qué diablos ha pasado desde hace semanas… y dudo que lleguemos a saber algo de lo que ocurra fuera de las Cañadas.

Giro la cabeza y me fijo en la entrada de la tienda. Desde ahí consigo observar como un grupo de niños pasa corriendo ruidosamente enfrente de ésta. Hace días que no oigo una risa. Todo es tan… deprimente.

Tengo una entrevista concertada con el único medico que ha aceptado concedérmela: los altos cargos están demasiado ocupados para pensar en el tee se va apoderando de la población civil. Llevamos mucho tiempo sin tener comunicados de ningún tipo, si exceptuamos los que nos dan todas las mañanas sobre las horas de comida y las actividades organizadas para ese die nos informa de lo que ha pasado exactamente. Todos tenemos miedo, estamos aterrados. Aunque a ninguno de nosotros nos guste admitirlo, estamos hechos polvo: los asmáticos apenas pueden sobrevivir en este sitio tan frio y tan lleno de arena silbante que con sólo pestañear te puedes morir de dolor. Los psicólogos que quedan no dan abasto con los casos más graves, pero aún así siguen trabajando.

Es mi deber, por tanto, informar a la población de lo ocurrido. Necesito dejar constancia de todo, aunque el departamento de información que ha sido organizado con periodistas que han logrado sobrevivir no quieran que lo haga. ¿Acaso tener una titulación es algo tan indispensable como me quieren hacer creer?

En este campamento todas las personas están divididas de forma casi obsesiva en departamentos: sanidad, construcción, alimentación… gente como yo tan sólo es considerada un estorbo para la sociedad

Hemos vuelto a la edad de piedra y parece que nos hemos olvidado de cómo vivíamos en la época en la que ni la televisión ni el ordenador entraban por un cable en nuestra casa.

Lentamente, me bajo de la litera que me asignaron en el campamento, y la estructura de metal chasca con cualquier movimiento que hago. No me quejo, porque sé que muchas de las camas están peor que la mía. A caballo regalado no le mires el dentado, dicen, así que me limito a mirarme a un trozo de espejo que tengo, intentando adecentarme un poco para mi cita con el médico.

Odio no tener maquillaje para arreglarme un poco, pero el pensar que ninguna mujer más lo tiene me hace sentirme un poco mejor. Ya se sabe: mal de muchos, consuelo de tontos.

                        

Salgo de la caseta y me dirijo en dirección al Parador. El sol, aunque pega directamente, apenas puede calentar mi cuerpo. Me encojo debajo de una chaqueta varias tallas mayor de la que necesito, regalo del bondadoso ejército. ¡Qué irónico todo!

En el hotel se ha instalado todo lo referente con la sanidad: desde el pequeño hospital hasta el centro de investigación médica.  No se puede llegar  hasta allí sin un certificado del general, cosa que yo no tengo.

Me paro cerca del cordón policial que rodea las instalaciones, esperando a  un médico mientras rezo para que  no se haya olvidado de mí.

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